Festival de cine policiaco de Beaune 2018

Sirva esta crónica sobre Beaune, ciudad donde Stéphane Audran deja huella, de despedida



Con la muerte reciente de Stéphane Audran, la visita al festival de cine policiaco de Beaune 2018 (creado por quien fuera su compañero y esposo de tantos años, Claude Chabrol), fue una especie de homenaje y despedida, por todos los lugares donde la mirada de Stéphane Audran había dejado su huella, había escrito ese escalofrío del que sus ojos habían tenido el secreto: la capacidad para contemplar el vacío como absorbida por una metafísica sensación de horror interno que abre la puerta de otro universo. 

varias películas este año llevaban el sello de Chabrol


Stéphane Audran descendiendo la escalera de la gran mansión burguesa en La mujer infiel, Stéphane Audran mirando atemorizada en El carnicero a Jean Yanne desde lo alto de la ventana de su apartamento de maestra en la noche de Tremolat, sabedora al fin de que el carnicero es de hecho el asesino, y sin embargo dueña de una extraña comprensión hacia el asesino y sus circunstancias, Stéphan Audran en la doble existencia de Betty, ya madura y desinstalada en la realidad firme y tangible, pero segura en el limbo de la conciencia. Stéphane Audran y su maestría del silencio, Stéphane Audran y esas incomparables miradas del adiós, como en Días tranquilos en Clichy, Stéphan Audran y esa emoción repentina que de pronto desgarra el velo de los enigmas de Chabrol, Stéphane Audran y la modulación inconfundible e inolvidable de su voz, tan apta para arrastrar en medio de una indifeferencia burguesa el peso de supremas rupturas. 

Con Stéphane Audran muerta hacía 11 días, con su Mademoiselle Hélène impregnando el aire mismo de los callejones medievales de Beaune, fue posible recoger en día y medio un parte sumario y un sabor del festival, aureolado este año por una retrospectiva completa de David Cronenberg. Y fue de algún modo un consuelo que varias de las películas de este año llevasen un fuerte sello de Chabrol. Es el caso por ejemplo de Petit Paysan (El aldeano), dirigida por Hubert Charuel, con una sólida interpretación de Swann Arlaud. A Chabrol no le hubiera disgustado que fuese la película galardonada con el premio que lleva su nombre. Si Chabrol radiografió película tras película una Francia intangible, en muchos casos rural, que se desvanece, Charuel muestra en su película una imagen tétrica de esa gangrena. 

Su protagonista, Pierre, en la treintena, es ganadero. Su vida está organizada en torno a su granja, y aunque consciente de que es una vida imposible (tiene 30 años, vive aun con sus padres, su futuro es incierto) luchará por mantenerla y por sobrevivir cuando se declara una epidemia que termina con la vida de cientos de bovinos, una epidemia que lentamente se acerca a su propia granja hasta infectar a varias cabezas de ganado. Pierre ha heredado la granja de sus padres, no tiene ninguna otra cosa en la vida, e incapaz de aceptar la pérdida de sus vacas, hará todo lo posible por salvarlas: incluso mentir a su hermana, veterinaria, y mentir a la policía. No tiene otra cosa, e irá hasta el final para salvarlas. En un claro homenaje a Rundkop de Michael Roskaem, un clásico ya del cine negro en entorno rural y ganadero, viaja hasta Lieja para ver a un agricultor belga que cuelga vídeos en youtube para que se cobre conciencia del problema: “es la única forma de que nos escuchen”, le dice. Pero nadie escucha. La crónica de Pierre es la crónica de una batalla perdida



La enfermedad, una variante de la encefalopatía espongiforme, se lleva a sus vacas, penosamente intenta engañar a los servicios sanitarios. Las quema, luego inventa cualquier historia para distraer de su desaparición - la policía no le cree, su hermana tampoco. No interesa que las vacas sobrevivan. No interesa saber qué es lo que está acabando con el mundo rural; y tras el mundo rural, con la vida de ganaderos supervivientes como Pierre, y lo que su vida y su actividad representa para el mantenimiento de unos ecosistemas económicos, paisajísticos y culturales. La película es seca, dura y no incurre en sentimentalismos; en la última imagen Pierre abandona, sabe que ha perdido la batalla, se aleja de su granja, cruza una mirada de despedida y desesperación con una de sus vacas en el prado, continúa su camino: hacia otro lugar, hacia otra vida. 

No hubo tiempo para ver Río Negro, de Eric Zonka, con estreno previsto en Francia el 18 de julio, y que se anuncia como una de las películas negras más intensas de 2018.

La película británica Jersey Affair, opera prima de Michael Pearce, devuelve el sabor de otro costado en la obra de Chabrol, el Atlántico como trasfondo de obsesivas historias negras en la vena de La bestia debe morir de Nicholas Blake. El Atlántico es poderoso y moldea las vidas de quienes viven junto a él con una fuerza de algún modo primitiva, tal vez neolítica. Esa fuerza está presente en la película, servida por excelentes interpretaciones de la joven actriz irlandesa Jessi Buckley y del joven y brillante cantautor folk británico Johnny Flynn. 

Es desbordada la pasión que la empuja a ella a huir de una tiránica y acrisoladamente heráldica familia enraizada en la tierra y el lugar para unirse a él, con algo primitivo en su interior, pero también con experiencia carcelaria y sospechoso de los asesinatos en serie que asolan a la isla. Hay algo paralelo en las extrañas corrientes del Atlántico y las extrañas corrientes que pasan por la mente de Jessi Buckley (guía turística de profesión) en la vida real. Sin embargo el guion no siempre logra atar en un diagrama lógico los diversos elementos de la narración. Y si uno comprende que el personaje de la chica está marcado por un mar cruel, sobre todo cuando comparece ante los policías que la van arrestar, no resulta del todo convincente su emergencia de las cenizas (tras el accidente del coche en el que huyen), como un fénix alzándose sobre el mal, para dejar una brutal explicación de cuál es en realidad la bestia, el asesino en serie, que asola el lugar. Esta deficiencia no es óbice para no disfrutar la energía y la frescura que despide la película. 

El tercer asesino (Kore Eda Hirokazu)



Tras la maravilla el año pasado de Después de la tormenta, Kore Eda Hirokazu entra en el género negro con El tercer asesino, película que en muchos sentidos puede considerarse un tour de forcé. Lo es porque presenta desde el principio con toda claridad el asesinato, y despeja toda duda sobre quién es el asesinado, y quién el asesino. Pero cuando un brillante abogado asume la defensa de Misumi, el asesino, poco a poco la película, con un milimétrico guión que ama cada una de las palabras pronunciadas, se desplaza hacia el vértigo que entraña despejar “la verdad” y en particular la culpa. Y si terminamos sabiendo que el asesinado violaba y martirizaba en realidad a su hija, el asesinato aparece aureolado en realidad por un altruismo en una dimensión muy superior a la de la justicia humana. Ese es el territorio donde Hirokazu destila toda la fuerza de su cine, donde se mueve más a gusto. Resulta dramático el sincopado diálogo final entre el abogado y el asesino - Hirokazu explora la búsqueda de la verdad hasta el límite.

The looming storm 

Galardonada con el premio Beaune a la mejor película del festival, The looming storm, La tormenta inminente, de Don Yue, ratifica la fuerza del cine asiático y nos transporta a una ciudad de China en 1997, a pocos meses de la cesión de Hong Kong. Es una época turbulenta, Ya Guowei, jefe de seguridad de una gran empresa siderúrgica en el sur del país, investiga una serie de asesinatos de jóvenes obreras. Uno se pregunta si este cine chino no es el que mejor retiene el sabor del cine negro en sus orígenes. Esto es lo que podría haber sido Hammett en sus orígenes: lugares remotos de Estados Unidos, como Butte, en Montana (que inspiraría la ciudad infernal de “Cosecha de sangre”), donde mineros y obreros que sostienen la pujanza industrial del país hacen huelgas bajo la vigilancia de los detectives de la Pinkerton. Traspasado a China, el fruto podría ser por ejemplo esta película, que nos transmite una imagen de la China convertida en una potencia industrial, a qué precio. Una lluvia incesante, fatídica, subraya el precio humano, y ecológico, pagado por China para fabricar productos, acero en este caso, mientras el resto del mundo especula. La investigación se malogra, Yua no da con el auténtico asesino de las obreras. Muere un inocente, él es procesado. Y la película se vuelve épica cuando Yua sale de la cárcel años después. Vuelve a esa ciudad bajo la lluvia, y encuentra que la siderúrgica va a cerrar, de hecho la van a volar, y con ella vuela el sentido de toda una vida: el lugar donde recibió el premio al mejor obrero del año 1997. Y ese año, 1997, parece tan lejano. Como el suicidio de la mujer a la que quiso, en esa ciudad siderúrgica, bajo la lluvia. 

El jurado del festival coronaba la fuerza del cine asiático otorgando el premio especial del jurado a la coreana “La memoria del asesino”, de Won-Shin-Yu. 

The guilty



Cierra esta rápida reseña la película sorpresa del festival: la danesa El culpable, de Gustav Möller, con una memorable interpretación de Jakob Cederberg. La película se resuelve con un espléndido respeto a la unidad de tiempo, escenario y acción. Una mujer llama al servicio de emergencias 112 de la policía. La versión que cuenta es que la han secuestrado. El policía lo cree todo. Hará todo lo necesario para salvarla, armado únicamente con el casco de escucha del servicio 112, la posibilidad de poner en contacto a los diversos servicios, el manejo del GPS, y sin abandonar en ningún momento la sala donde se reciben las llamadas de emergencia. Magníficamente dosificado el guión, el vuelco total llega sin sobresaltos, pautado pero no menos sorprendente. Hay un crimen atroz y el asesino no es ni mucho menos quien a todos luces lo parece. Desde ese teléfono, consigue localizar el lugar donde se encuentra. Se limitan a felicitarle: buen trabajo. Espléndida película sobre la soledad del trabajo policial, sobre la violencia que entra en el cerebro como un meteorito caído desde una galaxia remota, y que de algún modo es preciso encajar en un marco humano, para darle sentido, para amañar un sucedáneo de justicia. 

Los premios literarios de Beaune recaían en Peter Farris, Last call for the living, mejor novela extranjera; Jacky Schwartzman (Demain c`est loin) mejor novela negra francesa; Charlotte Cahné (Fatale Descente) premio a la mejor primera novela de autor emergente.

Ramón García
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