El crimen de la calle Bordadores (1946)

Entre la comedia, el folletín y la novela policíaca

Versión libérrima del primer crimen mediático de la historia más o menos reciente de España («El crimen de la calle Fuencarral»), forma junto con La torre de los siete jorobados (1944) y Domingo de carnaval (1945) la triada nevillesca por antonomasia adscrita a lo intrigante y detectivesco. Entre la comedia, el folletín y la novela policíaca, El crimen de la calle de Bordadores nos traslada a un Madrid finisecular (1888) adicto a la verbena y la canción popular española —chotis, flamenco y zarzuela, cuya potencialidad era perentoria en el momento de la realización del film—; una capital de aires canallescos donde traperos y serenos se confunden con personajes de discutible catadura moral, aves de rapiña sobrevolando a ras de suelo unas calles céntricas sin apenas asfaltar. 

Sustentada en dilatados flashbacks, cuenta los acontecimientos previos y el proceso judicial resultante referentes al asesinato de Mariana (interpretado por la gran Julia Lajos, actriz talismán de Neville que participó en todas las películas memorables del director), una viuda de posición social desahogada: mujer presumida y cortejada hasta el momento del crimen por Miguel (Manuel Luna), un playboy insolvente y sin escrúpulos que se aprovecha económicamente de Mariana para mantener su vida disipada, mezclada además en asuntos un tanto turbios. 


una pica en nuestra crónica negra


Completan el plantel principal la criada y Lola la Billetera, tan claves en la ficción como en el hecho real en el que se asienta. Paralelamente al curso sumarial, Neville hace especial —y conveniente— hincapié en el tratamiento informativo de la prensa del momento respecto al caso con líneas de guión tan esclarecedoras como «¡esto es periodístico!» o «es preciso conseguir que en el país no se hable de otra cosa», sentando las bases del morbo, la manipulación y el amarillismo que décadas más tarde se convertirían en ingredientes habituales para este tipo de sucesos tanto en la vida real como en la gran pantalla. 

Ello condicionaría a partir de ese mismo instante la implantación del debate escabroso en la vida pública. Conviene alertar a quienes no estén del todo familiarizados con el cine de Neville —ilegítimo representante de la generación del 27, apartado como otros dramaturgos y hombres de cine de aquella consideración artística por alinearse al régimen franquista— que El crimen de la calle de Bordadores está ante todo salpicada de costumbrismo castizo y humor inteligentemente dosificado —y nunca soez o gratuito—, donde los aspectos más truculentos o inquietantes quedan rebajados de tensión u horror en pos de una mayor ligereza y accesibilidad de cara a un público amplio y sencillo, auténtico destinatario de la obra. 

Lastrada por un deficiente montaje en el apartado sonoro —patente en aquellos momentos musicales combinados con la trama, llegándose a distinguir a duras penas algunas frases— , y resuelta con un par de giros argumentales de ultimísima hora, El crimen de la calle de Bordadores termina funcionando gracias al prestigioso plantel actoral —a los que habría que sumar actrices de teatro legendarias como Antonia Plana o Julia Caba Alba—, a lo edificante de sus diálogos y a unos personajes arquetípicos expuestos con gracia y estilo. Una pica en la crónica de la España negra, profunda y premediática.

Jesús Fernández


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Tit. Orig: El crimen de la calle Bordadores. Año: 1946. País: España. Director: Edgar Neville. Guión: Egdar Neville. Música: José Muñoz Molleda. Fotografía: Henri Barreyre. Intérpretes: Manuel Luna,  Mary Delgado,  Antonia Plana,  Julia Lajos

El crimen no necesita de mayor justificación. Simplemente nos fascina e hipnotiza, nos atrapa, nos obliga a seguir mirando… 

El equipo PRÓTESIS te trae el comentario crítico de las mejores películas célebres y sangrientas. Este ensayo colectivo ha sido realizado por el equipo para el monográfico Crímenes Célebres, editado por Reino de Cordelia en 2018
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