Barba Azul (1944)

Incontables tratamientos de sombras

Un peligroso asesino en serie aterroriza a todo el París fin de siècle. Sus víctimas propiciatorias son mujeres jóvenes, por lo que la alarma social se circunscribirá a ese target, presa desde el primer instante de una psicosis generalizada que interiorizará alteraciones en su conducta cotidiana, como por ejemplo pasear por las calles de la capital francesa al caer la tarde… 

Así arranca Bluebeard, el retorno del director austrohúngaro Edgar G. Ulmer al terror puro tras la imprescindible Satanás, realizada diez años antes. Como ocurriese en esta, y anticipándose en más de una década a las adaptaciones inverosímiles de otro mago de la serie B más sobrecogedora como fue Roger Corman, Barba Azul se toma infinitas licencias respecto a la historia original. 

Basada remotamente en el caso de Henri Désiré Landru: un asesino de carne y hueso que, a principios del siglo XX, tenía como objetivo estafar a viudas de posición desahogada de las que luego se deshacía por los medios más expeditivos. Su juicio fue uno de los más publicitados de la época. El encargado de encarnar en la gran pantalla tan escalofriante personaje no será otro que John Carradine, que venía de interpretar a otro villano insolente y desgraciadamente real: el sádico dirigente nazi Reinhard Heydrich en Hitler’s Madman de Douglas Sirk. 


sensación constante de opresión


Carradine es en Barba Azul Gustave Morrell, presumible variación fonética inspirada en el pintor Moreau, ya que Morrell es igualmente en el film un heterodoxo artista del lienzo no del todo comprendido. Su principal ocupación, por la que le conoce el público parisino, es la de marionetista, a través de la cual Ulmer acentuará las pulsiones manipuladoras —hasta extremos altamente coercitivos— del presunto criminal. Todo cambiará al conocer a Lucille (Jean Parker), que representa la valentía, la sensibilidad y lo más alejado de la mediocridad: todo un reto para Morrell. 

Adscrita a la más incondicional serie B (por obra y gracia de la productora subterránea PRC), Bluebeard se beneficia del paciente esmero de Ulmer frente a las mil y una adversidades que supone trabajar con un mísero presupuesto: suple las deficiencias en los decorados a base de incontables tratamientos de sombras —resultado del conocimiento de primera mano de soluciones expresionistas—, logrando de paso una constante sensación de opresión e impenetrabilidad a lo largo y ancho de la cinta. 

La planificación secuencial se solventará con puntuales movimientos de cámara utilizados de manera magistral, únicamente ahí donde la acción y el suspense lo reclaman. El reparto, pese a tantos inconvenientes, saldrá airoso del envite con actuaciones discretas pero no por ello menos efectivas. En definitiva, y como era acostumbrado en el director de Detour: sacando petróleo a partir de unos recursos irrisorios. Teñida de alusiones (con un punto de erudición) a la Margarita de Goethe o a Juana de Arco para simbolizar indistintamente las pasiones e idealizaciones arrebatadas del personaje principal, Bluebeard hace del asesinato —como dejó tan bien dicho De Quincey— un más que bello arte a través de este Morrell que tan pronto nos puede recordar a Landru como al mismísimo Jack el Destripador.

Jesús Fernández

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Tit. Orig: Bluebeard. Año: 1944. País: Estados Unidos. Director: Edgar G. Ulmer. Guión: Pierre Gendron (Historia: Arnold Phillips, Werner H. Furst). Música: Leo Erdody. Fotografía: Jockey Arthur Feindel, Eugen Schüfftan. Intérpretes: John Carradine,  Jean Parker,  Nils Asther,  Ludwig Stössel

El crimen no necesita de mayor justificación. Simplemente nos fascina e hipnotiza, nos atrapa, nos obliga a seguir mirando… 

El equipo PRÓTESIS te trae el comentario crítico de las mejores películas célebres y sangrientas. Este ensayo colectivo ha sido realizado por el equipo para el monográfico Crímenes Célebres, editado por Reino de Cordelia en 2018

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