Cuando sale la reclusa. Fred Vargas

Investigador opuesto al estilo cartesiano y documentalista

La muerte de tres ancianos en el Midi atrae la atención del comisario Jean-Baptiste Adamsberg. Tiene sospechas de que puedan esconder algo muy turbio, pese a que las muertes son oficialmente atribuidas a la picadura de una araña, la Loxosceles rufescens, más conocida como la reclusa, que, aunque es venenosa, no suele producir muertos. 

La intuición de Adamsberg no es respaldada por buena parte de los integrantes de su brigada, que se enfrentan a él, considerando que es una más de sus ideas poco sólidas. A lo largo de la narración veremos como Adamsberg irá atrayendo a su partido a los distintos miembros de su grupo, empezando por su hermanastro Veyrenc, que será prontamente acompañado por la teniente Retancourt, una fuerza de la naturaleza, o por la teniente Hélène Froissy, una mujer cuidadosa y cuidadora. Sin embargo, Adamsberg tendrá que sortear el cerril enfrentamiento con el comandante Danglard que, siendo un gran admirador del comisario, no soporta ni entiende sus nada racionales métodos de investigación, tan opuestos al estilo cartesiano y documentalista del comandante.

Junto a la investigación principal, Adamsberg y su gente se ocuparán de otras dos historias de intriga, marcadas por la violencia explícita o implícita que se lleva a cabo sobre mujeres.


apalear nubes y meterse en el barro de los hechos


Las pesquisas que el protagonista ha de llevar alrededor del caso principal son complejas y espesas. Adamsberg ha de remontarse en el tiempo, desde lo más cercano hasta épocas más antiguas para, por un lado, entender cuales son las motivaciones y causas de todos estos hechos y, por otro, conseguir informaciones precisas sobre los delitos y sus causantes.

Como hemos señalado anteriormente, la investigación se verá lastrada por la necesidad que tendrá el protagonista de ir despejando las dudas y obstáculos que su propio equipo de investigación le irá poniendo, pues no siempre comprende y acata su muy peculiar estilo investigador, que le lleva primero a apalear nubes y meterse luego en el barro de los hechos, todo esto de forma metafórica, lo cual no siempre es entendido por sus agentes.

La narración le sirve de paso a la autora para dar un buen repaso a ciertos aspectos sociales; así los aguijones que lanza sobre algunos personajes, y sus actitudes, del mundo de la investigación científica, o el aviso que nos da sobre el mal uso de ciertas tecnologías que desnudan nuestras vidas privadas, y que pueden, y suelen, caer en manos de facinerosos.

Y así la narración va transcurriendo de la mano del peculiar estilo de Adamsberg, que va alcanzando intuiciones tan premonitorias como dolorosas sobre aspectos y hechos de la investigación; y por ello nuestro comisario necesita de vez en cuando volver a la tierra, y nada mejor para ello que hacerlo sentado a una buena mesa y disfrutando de un plato de garbure, la contundente sopa de los Pirineos, hecha con hortalizas varias, patatas y carne, tan sólida que la cuchara permanece recta al hundirse. 

Y con todos estos elementos, la autora nos irá conduciendo a algunas de las más horrendas facetas del ser humano; a las distintas versiones del mal de las que dispone para hacer daño a sus semejantes y también de su capacidad autolítica (es decir, de autodestucción), porque esa es la manera en que algunas personas metabolizan ciertas experiencias traumáticas: infringiéndose a sí mismas un daño irracional.

De la mano del gran soñador que es Adamsberg, nos metemos con él en el fango de la maldad humana y conocemos algunas de las más horrendas facetas de los seres humanos, esas que normalmente no queremos ver, aunque sintamos su presencia, pero que ahora debemos observar sin tapujos, aunque nos provoque un intenso rechazo y una profunda desazón.

Con todo esto, la narración resulta una extraordinaria obra criminal, con el singular toque de su autora, ese que la ha convertido en uno de los referentes fundamentales de la novela negra contemporánea.

Siruela, 2018
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José María Sánchez Pardo
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