El asesinato de mi tía. Richard Hull

Un accidente que le libere de la terrible opresión de convivir con su tía

A menudo oímos hablar de “brecha generacional”… pues ese concepto bien pudiera servirnos para hacer un escuetísimo, y un tanto sardónico, resumen de la magnífica novela que ahora comentamos, El asesinato de mi tía, de Richard Hull (1896-1973).

Aunque, realmente, lo que el joven Edward Powell, protagonista de la novela, siente que le separa de su tía es, más que una brecha, un abismo inconmensurable. Porque Edward tiene unos gustos costosos y refinados, su tía pedestres y anticuados (todo esto según Edward, claro); él odia el pueblo de Gales donde viven (y ya puestos, todo lo galés) y sueña con una sofisticada vida urbana en Paris o Roma, mientras que su tía adora Gales y la placentera vida rural que disfruta; él sueña con desayunar en la cama y con una vida de holganza, su tía se mantiene en constante actividad y pretende empujar a su sobrino a lo mismo; él odia la sociedad de los lugareños, ella goza con ella; Richard tiene un pekinés, su tía dos fox terrier; a él le gusta la literatura francesa subida de tono, a ella Dickens y Thackeray; él admira a Oswald Mosley, ella al primer ministro Stanley Baldwin… 

En fin, demasiadas diferencias para que la convivencia entre tía y sobrino pueda ser placentera o, siquiera, pacifica. Y lo malo es que Richard depende económicamente de su tía y no está dispuesto a emanciparse de ella si ello significa tener que ganarse la vida de una manera dura o, tan siquiera, rutinaria. 


en cuerpo y alma, librarse del yugo familiar


Así que la opción es obvia para el joven Edward… organizar un accidente que le libere definitivamente de la terrible opresión que le supone la convivencia con su tía. Y a ello se dedica en cuerpo y alma, y nos relata sus esfuerzos en un apasionante diario que va poniendo en evidencia las diferentes personalidades de tía y sobrino y los intentos de éste por librarse del yugo familiar. 

Hull utiliza en su narración un tono en el que se mezcla humor, costumbrismo y un gran conocimiento de la naturaleza humana. Y culmina su obra con un giro tan sorprendente como inteligente del que nada podemos comentar para no desvelar al lector neófito más de lo conveniente.

En fin, todo un placer la lectura de esta necesaria reedición de la primera novela de Richard Hull, que a pesar de haber sido una de las elegidas por Borges y Bioy Casares para su colección canónica de novela policiaca, El Séptimo Círculo, los lectores españoles hasta ahora sólo podíamos conseguir, cual tesoro codiciado, en librerías de viejo y en ediciones poco cuidadas.

Porque esta novela es eso, un verdadero tesoro para cualquier amante del género, que tiene asegurado el disfrute con su lectura. Con su publicación, en 1934, Richard Hull (cuyo nombre real fue Richard Henry Sampson), alcanzó, muy merecidamente, fama inmediata como escritor policiaco. De esta manera, pudo dedicarse a tiempo completo a la escritura, abandonando su profesión de contable hasta que, durante la Segunda Guerra Mundial, volvió a ella como auditor del Almirantazgo, ocupación que ya mantuvo hasta la década de los 50 y que compaginó con la escritura. 

Quince fueron las novelas que Hull escribió entre 1934 y 1953, fecha en que se retiró de la escritura, aunque siguió colaborando con el Club de Detección, presidido en aquella época por Agatha Christie. Ahora, el gozoso placer que nos ha producido el reencuentro con El asesinato de mi tía, nos hace confiar, anhelar, que alguna otra de las novelas inéditas en castellano de Richard Hull sea traducida y debidamente difundida en nuestro país. Seguro que los amantes del género lo agradecerían, tanto los que ya han tenido la oportunidad de conocerlo anteriormente como aquellos que ahora tengan el gratísimo placer de acercarse por primera vez a su obra.

Alba, 2018
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José María Sánchez Pardo
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