Fuerzas ocultas

Un eterno retorno que parece guiar a toda la ciudad...



No hay peor horizonte que un atardecer que nunca acaba. Comenzó hace tanto tiempo que se pierde en el recuerdo... Aunque en el calendario de tu dormitorio llevas las cuentas y sabes que solo son 12 años, 7 meses y ¿21 días? Lo ves cada día desde tu mesa, en la recepción del almacén donde trabajas. Tendrías que mirar ese calendario para asegurarte. Pero que lo miras a diario y tachas una jornada más, eso es seguro. Tratas de quitarle hierro, te convences a ti mismo de que tienes cosas mejores en las que pensar antes que marcar la raya cada día. Como si fueses un reo esperando el final de una condena... Pero sabes que esa condena no acabará. 



algo fallaba y no sabías decir lo que era


Piensa en las cervezas que te quedan por beber, gente nueva a la que conocer, planear algún viaje para bañarte en las aguas del mar… Pero no son más que espejismo, asumes, un oasis en el desierto de la única realidad posible: este trabajo inútil que cumples, un trabajo que ocupa casi todas tus horas de vigilia, con el que pagas las facturas y algún que otro vicio, como el whisky destilado de rata segoviana que, junto con las pastillas administradas mes a mes —dosis justas, no te emociones—, te ayuda a conciliar un sueño espeso, inerte, del que despiertas apático e indiferente, como si no hubieras dormido más de quince minutos seguidos. 

Ese trabajo es inútil para ti, para los demás y también para tus jefes. Un limbo del que no puedes huir aunque su razón de ser se te escapa. Un eterno retorno que parece guiar a toda la ciudad, abandonada toda idea de cambio en el horizonte, envuelta en nubes de polución que convierten el cielo en manchas de tinta naranjas, algunas brillantes, otras ensangrentadas, incluso negras, que evolucionan muy despacio, apenas se mueven. Cuando eras joven, algo más joven, mirabas al cielo con ilusión y tratabas de adivinar figuras en esos formas de colores violentos. Fue ese otro de los pasatiempo que con el paso de los meses se reveló completamente inútil. Otro camino a la enajenación que quisiste evitar. Bastante tienes con lo tuyo.

Te licenciaste en Geografía e Historia. Acababa el siglo XX y con él se iban muchas cosas. Empezaste a trabajar con lo que tenías más a mano: medias jornadas que te dejaban tiempo para tus oposiciones. Te veías como profesor de bachillerato. Pero aquella época te arrasaba, no podías dormir. Inconformista desde la cuna, te resistías a acomodarte y no dejabas de frecuentar asociaciones, manifestaciones, acción social directa: Guerra de Irak, 11M, luchas civiles, protección de datos, precariedad laboral, empobrecimiento… Siempre había motivos para elegir. Salías a la calle a protestar. 

Pasabas noches enteras bebiendo cerveza y vino barato con tus amigos, sufriendo la deriva de los acontecimientos, temiendo la implantación del Nuevo Orden Mundial, pensando que existían alternativas. Verdaderas alternativas que la prensa y los medios oficiales escamoteaban a los ciudadanos para continuar con el show. Erais además vosotros los portavoces, quienes tirarían de la manta. Ya verían todos de qué manera. Iba a ser algo sonado. Acojonante. Todo estaba bastante claro y bastante bien pensado. Aportabais vuestra energía, vuestros músculos, vuestros sueños, vuestro odio. 

La juventud os dio fuerzas para aguantar las detenciones. No os asustaba pasar dos o tres días en comisaría. ¿Cuál era vuestro truco? ¿Cómo soportabais el ayuno, la falta de sueño, los golpes...? ¿Acaso aquello no iba con vosotros...? ¿En qué demonios pensabais? ¿Cómo lo hacíais, cabrones?

Han pasado unos cuantos años desde entonces. ¿Qué ha sido de ti, luchador? ¿Qué tripa se te ha roto? Tus movimientos son más lentos, tu mirada no brilla, tu cuerpo está reblandecido, estás anestesiado... Por momentos parecía que ibas a llegar a lo más alto. Ni los golpes más certeros consiguieron que doblaras la rodilla. ¿Dónde quedaron esas noches? ¿Qué ha fallado en tu sistema operativo, en tu puta cabeza, tan acostumbrada a encajar? Decir que ya no eres el mismo sería obvio, cruel e innecesario. Todos lo sabemos, incluido tú. Todavía frecuentas los parques y los bares de entonces pero tanto tú como tus colegas sois otros. Como si os hubieran echado un candado invisible que limitara vuestros movimientos, no pasáis de una nostalgia ingenua, inofensiva, los años de vuestra juventud. Orgullo panzudo, codazos animosos. ¡Parecéis personajes de teleserie, cuarentones recordando los tebeos de Spiderman! Te has comido con patatas tu propio slogan, ese que coreabais, que pintabais en las paredes y susurrabais cada vez que os detenían: «¡Si cedemos en esto es mejor estar muertos!»

Habías cumplido entonces el cuarto de siglo y decidiste que tu madre no limpiaría más tu ropa sucia. Esos trabajos basura eran perfectos para ir tirando: como segurata te pagabas una habitación, sacabas horas para la oposición y tenías calderilla para cervezas. Tu grupo de activistas en la sombra había crecido y se había mezclado con otros grupos de todas partes de Madrid, conectados con cualquier punto de España. El éxito de vuestra revolución se basaba en ser invisible —casi invisible— para cualquiera que no participase directamente.

Sabías perfectamente que tú y cualquiera de los tuyos podía caer en el momento menos pensado. Hay mil formas de justificar una muerte por error. Sabías que la justicia funciona así: unos obtienen su regalo diario y otros se esconden como leprosos para recibir escupitajos. Después la televisión dejaría bien claro que fuisteis unos radicales antisistema. La gente que viera la noticia en sus casas o en los bares la aceptaría literalmente. Que cambiaran o no de canal dependía de la carnaza que ofreciera la próxima noticia. Forma parte del juego y no caerías en el error de pedir cambio de reglas. Lo que tuviera que venir, que venga.

Pero eras inteligente e imaginabas que las nuevas reglas eran cada vez más complicadas y peligrosas. Morir era una posibilidad remota porque el ataque de la opinión pública también podía acabar con todo. ¿Y un tratamiento y filtración de la información gestionado a través de las tecnologías? ¿Un aislamiento en lo laboral, lo social, lo económico, ejercido mediante un control constante, ejecutado desde la Red de Redes? La primera vez que lo pensaste, te acojonaste vivo, eso seguro. Imaginaste tu cuenta bancaria permanentemente bloqueada, ¿verdad?... Recordabas cómo las empresas privadas de los centros comerciales de Inglaterra colaboraban con la policía vendiendo grabaciones de cámaras ocultas para dar caza a determinados delincuentes. Quisiste pensar que se te estaba subiendo la importancia a la cabeza y dormiste unas horas para evadirte de los problemas. Recordaste el dicho del remedio y la enfermedad. De momento la mejor solución fue cerrar los ojos y dormir algo.

Todo sucedía a destiempo, ¿verdad, joven? Te acostumbraste a la velocidad y ahora que vivías solo, que empezabas a batirte el cobre en diferentes trabajos y eras dueño y señor, todo parecía ir a cámara lenta. Algo estaba fallando. Te perdías entre la multitud esperando que nadie te reconociera, ni siquiera tus amigos. Pasabas las noches en vela preparando esa oposición que nunca aprobaste. Algo fallaba y no sabías decir lo que era. Te examinaste varias veces y aunque te habías preparado a fondo, estabas muy lejos de conseguir un resultado adecuado.

La crisis era inminente y tenías que hacer cualquier cosa por seguir manteniendo esos trabajos basura que antes conseguías con facilidad. Pasaste meses con el cinturón apretado, sometido a entrevistas de trabajo en lejanos edificios de oficinas, recepciones de hoteles, desangelados espacios de coworking… Quien concertaba esas reuniones no solía acudir. A veces pedían al conserje que tomara nota de quienes habían asistido. ¿Se premiaba la constancia en la búsqueda de empleo o la desesperación pura y dura? ¿Perjudicaba o ayudaba en algo identificarse y dejar constancia de la visita?

Los de recursos humanos eran cada vez más creativos: dinámicas de grupo en las que costaba trabajo adivinar qué esperaban de ti, cuestionarios confusos en los que no sabías si la parte ofendida eras tú…

También ibas a tirar la toalla en la búsqueda de subempleo. Pero un día saltó la alerta de tu móvil y acudiste al polígono donde llevas más de 12 años trabajando. Todo fue muy fácil. De hecho, ni siquiera había otros aspirantes a ese puesto de trabajo.

Se trataba de un almacén de materiales médicos. Trabajabas, como siempre te ha gustado, en turno de tarde, para no tener que madrugar. Disponías de todas las horas posibles para contemplar ese atardecer contaminado. Tu única tarea era dar acceso a los trabajadores en función de las autorizaciones. A primera hora de la tarde acudía la furgoneta de reparto para llevar los materiales a hospitales, clínicas y farmacias. El conductor solía ser diferente. Que recordaras, rara vez uno había repetido la ruta.

Han pasado 12 años, 7 meses y ¿21 días? desde tu primera jornada en el almacén y anotas cada día en el calendario de tu dormitorio porque es lo único que te ayuda a marcar el paso del tiempo. Ninguna novedad, ninguna diferencia, ningún acontecimiento es diferente en lo sustancial como para recordar un día cualquiera. Esperas la llegada del repartidor para dar las buenas tardes y continuar la jornada. Cuando llega, con el reglamentario mono azul y la gorra, empieza a apilar las cajas convenientemente embaladas en la carretilla. Quedan sueltas un par de cajas y te pide que las lleves a la furgoneta.

—¿Puedes echar un vistazo mientras voy al baño? Ya sabes que luego no paro ni un minuto...

—Claro, descuida —estiras las piernas y enciendes un cigarro del que no darás más de tres caladas mientras el conductor entra.

Con zancadas ágiles, el conductor se acerca al vehículo. Una mirada intensa. Le reconoce.

—«¡Si cedemos en esto es mejor estar muertos!» —sonrisa retadora.

De algún rincón del pasado emerge su rostro. Uno de los policías del turno de noche. La época de las comisarías. Sé lo que estás pensando: si sigo siendo policía o voy de por libre. Me he cuidado mejor que tú, chaval, me conservo como entonces. Con un movimiento rápido te arranco del cuello la tarjeta identificativa y con una sola mano la parto en mil pedazos. Ahora no puedes volver a entrar en el almacén. Tendrás que subir conmigo a la furgoneta porque este, y no otro, es el momento de la revolución.

David G. Panadero
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