El legado de los espías. John Le Carré

Cuestionando el sentido y la necesidad del espionaje

El antiguo agente del Servicio Secreto Británico, Peter Guillam, es requerido por la actual dirección para responder a una demanda interpuesta por los hijos de varias personas que murieron durante una actividad de espionaje británico en plena Guerra Fría.

Para poder defenderse de las acusaciones que vuelan sobre él y los demás protagonistas de los hechos, Guillam tendrá que desenterrar algunos secretos que él conocía, pero también tendrá que exhumar algunas actividades de las que apenas tiene información. De esta forma, a través de la lectura de documentos y de los encuentros que va teniendo, Guillam nos completará detalles no conocidos de antiguas acciones del Circus, y nos dará información sobre el paradero de variados personajes de aquella época.

Pero además de rellenar algunas lagunas que quedaban de novelas anteriores, el enfrentamiento con las demandas judiciales obligará al protagonista, en su boca o en la de otros personajes, a preguntarse por el sentido y la necesidad de las prácticas que desde los servicios secretos se llevaron a cabo durante aquellos años y también de la misma necesidad de la existencia de esos servicios. 


el espionaje es eterno


Los hechos que se nos relatan permiten completar y dar una nueva interpretación de los acontecimientos relatados en El espía que surgió del frío, que significaron el triste destino de sus protagonistas, Alec Leamas y Elizabeth Gold, cuyos vástagos reclamarán la razón de sus muertes.

En el trascurso de esta investigación, reaparecerán personajes fundamentales de esta serie; comprendiendo un ámbito temporal que discurre entre los sucesos narrados en Llamada para un muerto, primera aparición del mundo de George Smiley, y los descritos en El topo. De esta forma nos volvemos a encontrar, por supuesto, con Alec Leamas y Elizabeth Gold, con el inspector Mendel, el sombrío Fawn, la estoica cancerbera Millie McCraig y, en la trinchera enemiga, el malvado jefe de los servicios secretos de la RDA, Hans-Dieter Mundt y, sobre volando a todos estos, al maestro de espías George Smiley y a su jefe, Control.

Pero el protagonista de esta novela no es George Smiley, sino Peter Guillam, alrededor de cuyas cuitas se ordena la narración, lo mismo que ocurre en otras entregas de esta serie, como la de Ned en La casa Rusia y El peregrino secreto, o la de Jerry Westerby en El honorable colegial, lo que no es óbice para que la presencia del gran Smiley impregne todo el desarrollo de la narración.

Otro gran tema que recorre el desarrollo de la novela es el de la identidad de los agentes que participan en esta terrible lucha. El hecho de que parte de su sangre no sea británica, o la profunda xenofilia de algunos de ellos, es un asunto fundamental y muy común en buena parte de estos protagonistas que rodean la figura de Smiley, como el propio Peter Guillam, Ned, Jerry Westerby o Jim Prideaux. 

Este preguntarse por las razones que llevan a estos personajes a embarcarse en esta ingrata y dura tarea, engarza con el otro gran tema de esta novela, que es el preguntarse por el sentido y la necesidad del espionaje.

Ya en El peregrino secreto Smiley afirma:

—Es totalmente cierto que la mayor parte de nuestro trabajo o es inútil o es duplicado por fuentes oficiales. La cuestión es que los espías no están para iluminar al público sino a los Gobiernos.

—Y los Gobiernos, como todo el mundo, se fían de lo que pagan y desconfían de lo que no pagan
El espionaje es eterno. Si los Gobiernos pudieran prescindir de él, no prescindirían. Lo adoran. Si llega el día en que no queden enemigos en el mundo, los Gobiernos los inventarán para nosotros, de modo que no se preocupen. Además, ¿quién dice que sólo espiamos a los enemigos? La Historia toda nos enseña que los aliados de hoy son los adversarios de mañana. La moda puede dictar prioridades, pero la previsión, no. Mientras los bellacos lleguen a gobernantes, espiaremos 
Mientras haya en el mundo tiranos, embusteros y perturbados, espiaremos. Mientras las naciones compitan, y los políticos engañen, y los dictadores lancen campañas de conquista, y los consumidores necesiten recursos, y los sin patria busquen una tierra, y los hambrientos, comida, y los ricos, lo superfluo, la profesión que ustedes han elegido, tiene futuro, puedo asegurárselo

Y en algún lugar de este libro que ahora comentamos, Smiley dice también sobre las motivaciones de su trabajo:

—¿Por la «paz mundial», sea lo que sea? Sí, claro. «No habrá guerra, pero en la lucha por la paz no quedará piedra sobre piedra», como decían nuestros amigos rusos.  
¿O lo hicimos tal vez en nombre del grandioso capitalismo? Espero que no. ¿O de la cristiandad? ¡Dios no lo quiera! 
—Entonces ¿fue todo por Inglaterra? —dice a continuación—. En su momento, sí, por supuesto. Pero ¿la Inglaterra de quién? ¿Qué Inglaterra? ¿Inglaterra sola, perdida en ninguna parte? Yo soy europeo, Peter. Si alguna vez he tenido una misión, si he sido consciente de alguna responsabilidad más allá de nuestros contenciosos con el enemigo, ha sido con Europa. Si he tenido un ideal inalcanzable, ha sido el de sacar a Europa de su oscuridad para llevarla hacia una nueva edad de la razón. Todavía lo tengo.

En definitiva, una gran novela de espías esta última de Le Carré, aunque creo que sería más atinado calificarla, meramente, como una gran novela de un gran escritor.

Planeta, 2018
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José María Sánchez Pardo
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