Años de sequía. Jane Harper

El recuerdo y las consecuencias de un hecho de su adolescencia 

El investigador de delitos financieros Aaron Falk regresa a Kiewarra tras haber estado veinte años ausente. Es la pequeña comunidad al sureste de Australia donde nació y pasó toda su adolescencia. 

Su regreso obedece a un motivo muy trágico: el que fuera su íntimo amigo de la adolescencia, Luke Hadler, parece haber matado a toda su familia y después haberse suicidado. El padre de Luke no puede comprender que su hijo haya cometido semejante atrocidad, por ello presiona a Aaron para que regrese e investigue las muertes. 

En esa localidad, Aaron Falk tendrá que lidiar, además de con la investigación de los asesinatos, con el recuerdo y las consecuencias de un luctuoso hecho de su adolescencia que les obligó a él y a su padre a abandonar el pueblo.

La narración se convierte en un auténtico paseo por terreno minado, pues es muy difícil contradecir las conclusiones oficiales sobre estas muertes y, además, la figura del investigador no es bien recibida por una pequeña comunidad que recela del extraño, y más cuando una sombra del pasado parece colgar sobre su existencia. Sus antiguos conciudadanos no le van a consentir que levante ninguno de los esqueletos que siempre hay en una comunidad, pero de los que siempre se calla o al menos se aparenta que no se recuerdan.


desenmascarar la maldad y la miseria


El relato nos permitirá conocer a diversos personajes de allí; especialmente al jefe de la policía local, el eficiente sargento Greg Raco, con el que Falk hará buenas migas, unidos, sobre todo, por su condición de extraños en una comunidad cerrada y por la sospecha de que los asesinatos de la familia de Luke encubren más de lo que la investigación inicial dejaba ver. Falk y Raco colaborarán estrechamente en la investigación de los crímenes hasta llegar juntos a un desenlace sorprendente. 

También tenemos la figura del médico, la del director del colegio, la de la amiga de la infancia… personajes casi tópicos en toda novela en la que se describe a una pequeña comunidad, y que como buena narración de este tipo suele descubrirnos relaciones viciadas, odios y enconos que tienen difícil o imposible digestión, y que suelen envenenar la vida de las gentes a través de los años y las generaciones.

Y, omnipresente, el escenario meteorológico. La región lleva años padeciendo una durísima sequía que está descomponiendo y alterando a los vecinos, que ven cómo sus haciendas y el trabajo de muchos años pueden acabar totalmente destruidos. Y no sólo los vecinos están al límite; la naturaleza también lo está. Es un escenario, humano y geográfico, en el que cualquier chispa, bien sea literal o metafórica, puede desembocar en un incendio que arrase los campos o las almas.

Una novela intensa, que nos transmite el agobio moral y físico por el que ha de pasar el protagonista pero que también tiene también algo de historia de redención, pues como bien se dice, la única forma de conjurar a los fantasmas es llamarles por sus nombres. Al indagar sobre los misterios del pasado y el presente, lo que se pretende, y a veces se logra, es desenmascarar la maldad y la miseria de algunos de los personajes que nos rodean, y así evitar que la pestilencia y la putrefacción pueda volvernos locos. Una estupenda novela desde el país de los koalas y los Wallabys.

Salamandra, 2017
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José María Sánchez Pardo
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