Sitges 2017 (II): Continuar nuestra historia

Paradigma de coronación y derrocamiento de autores 

The Endless



Después de dar cuenta del abandono programático de la última edición de Sitges en la entrega anterior, lo normal sería pasar a reseñar las perlas autorales que, a pesar de todo, podían hallarse entre la ingente cantidad de títulos proyectados. Sin embargo, antes de la foto fija de estrellas fugaces del firmamento cinéfilo que suele devenir toda crónica de festival, merece la pena centrarnos en otro tipo de autores, lejos de la tipología cahierista pero consustanciales a la historia del fantástico: aquellos que no solo inscriben su personalidad en unos esquemas de género, sino también su propuesta para la evolución de estos en el devenir historiográfico. Son cineastas tan estimulados por las limitaciones del presupuesto como, sobre todo, por la conciencia del impacto de su trabajo en legados que aspiran a extender más allá del horizonte de los propios aficionados, siempre desde el respeto no reverencial a tradiciones que, en definitiva, no son más que puntos de partida para continuar nuestro camino a tientas en el presente


también celebramos la Historia del cine fantástico


Y si hay algún subgénero definitorio de nuestros días es el de muertos vivientes, tan imbricado en las conjugaciones del audiovisual popular (Guerra Mundial Z, The Walking Dead o la todavía alargada sombra de Zombies Party) que ha perdido la distancia necesaria de la sociedad para recuperar un potencial revulsivo ya perdido en vida de Romero. Sin atreverse a coger el testigo de la audaz The Girl with All the Gifts, la canadiense Les affamés es, por lo menos, ese primer paso atrás imprescindible para tomar de nuevo perspectiva. Aunque diera lugar a comparaciones hiperventiladas con el cine de Robert Bresson, su economía narrativa —acotada en unos días y en el medio rural—, la exhibición controlada (es decir, efectiva) de la violencia y el uso del humor negro como puntuación, en vez de gancho fácil, remiten más bien a una extrema depuración del cine de Lucio Fulci; director etiquetado (con cierta pereza crítica) como excesivo y chapucero, y sin embargo de enorme intuición para apuntalar imágenes en la memoria colectiva vía montaje de planos cerrados y atrevidas angulaciones de cámara que, en realidad, buscaban una esencialización gráfica de la mitología zombi sin coartada satírica. Las formas de Robin Aubert actualizan dicha búsqueda de las esencias al público sofisticado de 2017, si bien les resta contundencia su sumisión al peaje de lo metáforico.

Sin complejo alguno, en cambio, volvieron a comparecer en esta edición Justin Benson y Aaron Moorhead, aún con el recuerdo fresco de la hermosa Spring en 2014. Su último trabajo, The Endless, es genuino cine independiente: producida, escrita, dirigida, montada, interpretada y con efectos especiales por ellos mismos, su trama de ecos lovecraftianos —dos hermanos regresan a una inquietante secta de la que escaparon de niños— se desarrolla en clave de misterio espoleado por lo afectivo y la búsqueda de uno mismo. Como en su película anterior, los directores compensan la falta de organicidad dramática del relato dotándolo de imágenes únicas, emanadas de un sentido propio del fantástico no solo capaz de medirse en términos visuales a productos de diseño como, por ejemplo, la serie Channel Zero, sino con una carga emocional que parece provenir a partes iguales de una honda reflexión generacional y de simple y llano amor al cine. Una pasión que podemos asimismo detectar en otro viejo conocido del festival, David Bruckner, quien presentaba su primer film en solitario. Aunque sus propuestas siempre destacaban sobre el resto en cualquier edición en la que participara —Southbound prácticamente salvó la de 2015—, esta vez The Ritual fue particularmente agradecida por el aficionado de a pie, que llevaba días sin echarse a la boca lo que antes se entendía como una película de terror. Bruckner parte de una sencilla premisa: unos amigos de vacaciones en Suecia para homenajear a otro recientemente asesinado y que, en el curso de su accidentada marcha, deciden cruzar un bosque. El mejor ejercicio que se puede hacer para dar cuenta del talento de Bruckner es comparar la película con la fallida secuela de Adam Wingard de The Blair Witch Project. Sin recurrir al formato found footage y su impacto fácil —pero evitando asimismo caer en un ejercicio de estilo como The Witch—, las armas del director para filmar este cruce de horrores ancestrales y psicológicos son un el fino control de la gradación lumínica de la fotografía, un montaje contenido para aposentar el impacto de cada terrible descubrimiento y, lo más importante, mantener el plano frontal confiando en la fuerza ontológica de lo mostrado, sin degradar la imagen fantástica a mero tropo festivo.

Happy Death Day 


Otro tipo de confianza es la que, a pesar de algún tropiezo reciente (The Gallows, Martyrs), sigue inspirando el sello Blumhouse. Como adelantaba al inicio, más allá del paradigma de coronación y derrocamiento de autores que promueve la rueda anual de festivales, conviene no olvidar que el cine es un arte colectivo en el que interviene el entendimiento de muchos de sus artífices —no solo el director— de las coordenadas genéricas e industriales en que se ubica el producto. Por ello, a pesar de la indiferencia de parte de la prensa y del público hacia una realización de Akiva Goldsman —productor y guionista asociado a éxitos de Hollywood como Una mente maravillosa o El código Da Vinci—, la conjugación de este perfil mainstream en un marco de producción tan orientado al aficionado como el de Blumhouse hacía de Stephanie uno de los visionados a priori más interesantes de este Sitges. La apuesta reedita el esquema de The Twilight Zone basado en establecer el misterio en unos enérgicos primeros compases y rematar con un final sorpresivo y aleccionador, pero con una diferencia subversiva: dicha lección no es moral, sino social, al detonar varias cargas de profundidad contra el modelo familiar y generacional en boga —temática que significativamente compartían varios títulos de esta edición—. Las patentes insuficiencias de la propuesta (entre otras, la puesta en escena de Goldsman no logra retener el tono pesadillesco del comienzo) no debería impedir el reconocimiento de su vocación de universalidad a nivel de discurso e incluso de lenguaje fílmico, fundamental para que la vuelta del terror a las salas comerciales trascienda la cultura del evento y vuelva a plantear preguntas incómodas a un amplio espectro de la sociedad.

Y menos tenebrosa, pero más afinada en términos genéricos se reveló otra Blumhouse, la comedia de terror Happy Death Day de Christopher B. Landon. El autor de una de las entregas más autoconscientes de la serie Paranormal Activity (The Marked Ones) logra hacer suyo un registro tan difícil —recordemos el sonado fracaso de un especialista como Joe Dante en Burying the Ex— como despreciado por la crítica, que acostumbra a confundirlo con lo paródico (Lo que hacemos en las sombras) o la comedia negra (Cheap Thrills). Happy Death Day ilustra las exigentes condiciones que, a diferencia de los subgéneros mencionados, demanda la comedia de terror: un elevado control tonal para combinar suspense y tempo cómico —aquí fundamental, presentándose como una suerte de versión macabra de Atrapado en el tiempo—; y un ajuste continuo del grado de explicitud, jugando con el shock visual pero sin sobrepasar el punto de no retorno de agresividad hacia el espectador. El status de cult movie que parece haber alcanzado a estas alturas entre los fans estadounidenses no redime su corta pegada ni sus imágenes de escasa pregnancia; sin embargo, refleja el apetito por un terror fresco y respetuoso con el aficionado, cansado de falsa experimentación a su costa por cineastas y productores oportunistas. Un contraste asimismo presente entre la fría recepción de la película por el público Meliá del Auditori, espacio pretendido por autores que confunden la liquidez del género con la de su cuenta corriente, y el aplaudido pase en el Retiro, uno de los cines del centro del pueblo donde comenzó el festival hace medio siglo. Una vieja sala nutrida de espectadores que antaño podían identificarse con un conservadurismo nocivo para el género, pero que ese sábado noche tan solo celebraban algo de lo que forman parte y que, para su asombro, veían continuar: la historia del cine fantástico.

Álvaro Peña
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