Sitges 2017 (I): Bailando sobre la tumba del Fantástico

La programación al peso dejaba al público perdido en murmuraciones...

Lo veníamos avisando: año tras año veíamos al festival de Sitges renunciar a su papel de faro de los aficionados al fantástico, adoptando en su lugar un perfil de macromuestra o escaparate comercial de títulos siguiendo el modelo del gigante Toronto. Semejante deriva era opacada precisamente por la gran cantidad de films proyectados, lo que permitía a cada aficionado diseñarse un itinerario de visionados a su gusto y, de paso, disimular las carencias de un programa más bulímico que reflexivo.



rave de críticos y empresas entre las ruinas del género


Lo que nadie esperaba era que el 50 aniversario del festival coincidiera con una crisis del terror como no se veía desde los 90, desustanciado bien como performance de sí mismo (It), bien como gastrobar de sensaciones intensas a la carta con un cuidado envoltorio estético (Llega de noche). Y ello ha hecho saltar todas las costuras. En lugar de sugerir rutas inexploradas lejos de este paraje lunar, la programación al peso —cuando no descarada exhibición de gustos personales de sus responsables— dejaba al público perdido en murmuraciones, acaso temeroso de ser señalado por no entender el protagonismo brindado a películas como Tesnota (drama ruso aplaudido en Cannes y San Sebastián) o Brimstone (western con hechuras de telefilm adquirido por Movistar+, patrocinador del festival). 

No es de extrañar que en esta rave de críticos y empresas celebrada entre las ruinas del género se llevase el premio Jupiter’s Moon, lo último de Kornél Mundruczó (White God). Su temática centrada en el trato inhumano a los refugiados por las autoridades húngaras, sublimada en metáfora religiosa —uno de ellos descubre su increíble capacidad de volar—, tentaba a la asociación fácil entre fantástico y política. Una lectura tan trivial que, servidas críticas y premios, apenas interesaba analizar el verdadero valor de la cinta, el cual no radicaba en su incursión instrumental en el género, sino en el tratamiento visual de las mencionadas escenas de vuelo, rayanas en la abstracción y cimentadas en efectos artesanales que permiten controlar la hipérbole y articular la poética. También cargada de mensaje político presentó Yayo Herrero su ópera prima, The Maus, hasta el punto de que la brusquedad expositiva de su relato, ambientado en Bosnia-Herzegovina y con referencias a la matanza de Srebrenica, llegó a ofender a personas con sensibilidad cercana al conflicto. Sobre su trabajo se vertieron acusaciones de xenofobia a mi juicio excesivas: no hay más que ver la tópica acotación (una vez más) del elemento fantástico como metáfora ad hoc, a la manera de Guillermo del Toro; o los continuos desenfoques y encuadres inestables, delatores de las narrativas vaporosas que actualmente castigan el género y las escuelas de cine. Lo que le pasa factura a The Maus no es violentar sensibilidades, sino precisamente su ingenuo empeño en no hacerlo.

Jupiter´s Moon





La barra libre reivindicativa de este camposanto fílmico alcanzó otra cota con M.F.A., que no es el rape & revenge más inspirado que se presentó en esta edición, pero sí el más explícito en términos ideológicos. Y hablo de ideología porque este revival del subgénero —de lo más estimulante de los últimos años, aunque apenas se hable de ello— empieza a encontrar un eco popular (al menos en redes) que recuerda al del cine de vigilantes de los años 70; esta vez, curiosamente, al albor de corrientes vinculadas a la izquierda como la última ola de feminismo mediático. La película de Natalia Leite se muestra tan consciente de su actualidad —los sucesos acontecen en el entorno de los campus universitarios y los estudios de Bellas Artes— que no para de verbalizarse a sí misma, sin tomar distancia expresiva de la esmerada interpretación de Francesca Eastwood y, por tanto, renunciando a posibilidades más allá de su recorrido como thriller psicológico con notas de humor negro. Más relevante, en cualquier caso, que la monótonamente festiva y festivalera Tragedy Girls, producto que no solo llega tarde a metadiscursos más elaborados sobre el slasher como Stage Fright o The Final Girls, sino incluso a la serie Scream, que ya ironizaba en los 90 sobre los mismos clichés que pretende atacar el canadiense Tyler MacIntyre. Su actualización del subgénero a la percepción popular de los millenial como una generación basada en su autoexplotación en redes no va más allá de su propio gimmick, obviando que si una comedia negra no reflexiona sobre lo que se ríe, solo le queda jugar con lo más difícil: el gag, el tempo cómico o la experimentación con el público.

Por último, pese a atesorar más méritos en ciertos aspectos que los arriba comentados, algunos títulos exhibidos evidenciaron el síntoma más doloroso de crisis, que no es otro que contemplar el talento y el entusiasmo refrenados por inercias propias o ajenas. Es el caso de Errementari, debut de Paul Urkijo Alijo tan confinado como el diablillo de su película en las dinámicas de producción de Álex de la Iglesia. Imposición, inseguridad o mera afinidad creativa: acaso algo de todo esto haya tras el acomodo de una historia tan sugerente, enraizada en el folklore vasco y sin miedo a exhibir su particular imaginario, a una personalidad cinematográfica en horas bajas como la del director de El bar. El antinaturalismo de Urkijo, basculante entre el teatro y el cuento popular, no puede crecer en los rígidos moldes formales y narrativos que aquejan el cine de su mentor y que acusa la producción, acaso con miras a un público amplio al que no se confía en seducir con los valores intrínsecos de la obra. Ninguna excusa, en cambio, puede esgrimirse para defender Musa de Jaume Balagueró. En pleno bache del fantástico, cuando más necesitábamos de la audacia del autor de Frágiles o Mientras duermes, este nos entrega un ejercicio que aúna lo peor del terror Filmax de horneado rápido y la elegancia impostada e inofensiva de las actuales producciones de las cadenas de televisión. Partiendo de un argumento que ofrecía extraordinarias posibilidades para escrutar nuestro presente cultural y espiritual —unos sueños y asesinatos conectados con musas legendarias que inspiraron a poetas de todos los tiempos—, Balagueró se instala en los esquemas trasnochados que hace dos décadas definían el thriller sobrenatural de prestigio, subordinando a estos desde la monocromática fotografía a los hitos del guion, pasando por una realización cautelosa, diríase que aún convaleciente del desastre de [REC] 4: Apocalipsis

Con Musa el director catalán se unía a la fiesta del cementerio del fantástico, que la edición 50 de Sitges remató consecuentemente con un montaje de La Fura dels Baus. Mientras tanto y lejos del ruido, otros autores continuaban su exploración de nuevos caminos en el género que ahora a nadie interesa transitar, pero que con el tiempo todos hollarán en tropel reclamando para sí el mérito de su cartografía. En la próxima entrega hablaremos del mundo de los vivos

Álvaro Peña


Continuará...



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