The Nile Hilton Incident (2017)

El club donde la muchacha interpreta una balada árabe inmensamente hermosa

Sólo al final de The Nile Hilton Incident asoma un ligeramente forzado “deus ex machina” que parece un hilo rasgado de debilidad, con Nouredine encarando sin concesiones a su tío en los asientos traseros de un vehículo policial que se abre paso entre los enjambres airados de las multitudes en las calles de un Cairo a punto de estallar; todo lo demás es muy potente, las hechuras de quizá el más ambicioso thriller del año. Excelente sin duda, comiéndose a dentelladas la película, Fares Fares en el papel de detective en la segunda línea de las fuerzas de orden de Egipto, sobrino de un alto cargo de la seguridad del Estado, lleno de dudas en relación con la actitud que debe adoptar frente al caso que se le ha asignado de una cantante, bailarina, asesinada en una habitación del hotel Hilton, junto al Nilo: o seguir la investigación y hundirla en el marasmo de la pasividad previa al archivo del caso, para no comprometer a un diputado acaudalado, o buscar apoyo en la rehén, la chica sudanesa que ha sido testigo del asesinato, y tirar de los hilos hasta localizar al diputado y llegar a descubrir que fue su propio tío el que cometió el asesinato. Todo ello contra el trasfondo de los disturbios iniciales y los tormentosos balbuceos de la primavera árabe en Egipto.


no hay más violencia que la lucha por la supervivencia


Fares Fares, actriz sueco de origen egipcio, como el director Tarik Aziz, tiene un poco el aire de un Ibrahimovic que hubiera leído mucho a Boris Vian, definido por la estrecha corbata que recorre su largo tórax, caudalosa y metafísica nariz, estrechos pantalones negros también. Corbata desgastada, largas noches de insomnio, una televisión que funciona horriblemente, peor aún que una televisión en Cuba, cigarrillo tras cigarrillo colgando de la boca (uno va descubriendo que esos cigarrillos no están ahí por placer ni por vicio, sino como una forma de acelerar una muerte que no sería mal recibida, que de algún modo se espera como un alivio, una desesperación que tiene mucho que ver con la foto de la mujer muerta que corona la mesita de noche de su caótico apartamento, y de la que en algún momento sabemos que era su mujer, y que ha fallecido en un accidente de tráfico, fragmentos de información que el Nilo va depositando como sedimentos sobre la pantalla: un hombre que no intenta cambiar las circunstancias, se acomoda pragmáticamente a ellas. 

Sueco su actor principal, Fares Fares, sueco Tarek Aziz, suecos que visitan el país de sus orígenes, Egipto, con una acuidad que en muchos momentos recuerda y evoca a Lawrence Durrell, porque la historia, muy genuinamente negra, en la tradición del negro clásico, tiene una potente base de glamour cinematográfico que remite a la Alejandría de Justine, y desde la distancia, también a los pesares de Michael Curtiz y Bogart en Casablanca. Cuando Nouredine entra en la habitación para entrevistar a la empleada de camas sudanesa que ha visto al asesino, el Cairo entero entra por esa ventana. Soledad de la chica sudanesa en un pasillo de hotel, con asesino, y una película que de pronto respira con el vago aroma mítico del Chinatown de Polanski iluminado por el espíritu de Nagib Mahfuz; el asesinato queda anclado en un Nilo ancestral, el Nilo rojo que llega desde Sudán. Por la ventana de ese primer interrogatorio policial entra el sabor de una mañana en el Cairo, que de algún modo trae consigo, además de una extraña quietud, el inmenso crisol de sabores que puede esperarse de un amanecer en el Cairo: ese Cairo durrelliano se hace posible en el club donde la muchacha interpreta una balada árabe inmensamente hermosa, y de pronto el espectador se siente súbitamente trasladado de nuevo a Casablanca. 

El director del festival de cine policiaco de Beaune donde en marzo se vio esta película, el prestigioso Jean Paul Rappenau, se manifestaba sorprendido por el grado de violencia desplegado en las películas del festival. Incidente en el Nilo no se adscribe a más violencia, aparte el asesinato, que la de la existencial pugna psicológica de su protagonista y de la historia y el presente del país, apuesta en todo momento por una intensa tonalidad clásica: Fares Fares recorre las calles de El Cairo como Marlowe recorría las calles de Los Angeles, y a su paso la ciudad se abre en todas las dimensiones de Mafouz: se abren las puertas de cuchitriles donde malviven los trabajadores sudaneses explotados, se abren las puertas de los palacios flanqueados de palmeras en los que viven los potentados, se abren las puertas de nightclubs. Y si precisamente tras una de esas puertas, y en uno de esos nightclubs, la película alcanza su grado más Durrell, más cercano a los climas de Justine, en la voz de Heda Amar cantando la bellísíma balada árabe, un tema que eriza la piel, en la escena siguiente la misma actriz le confesará a Nouredine, tras haber hecho el amor sobre un lecho de hotel:. “Los ricos nos encierran en una caja dorada y ni siquiera con la llave es posible salir”. No hay más violencia que la de la lucha por la supervivencia, en una sociedad gangrenada por la corrupción, en un viejo país abrumado de historia, en una ciudad sofocante que la cámara de Aziz recorre febrilmente. 

The Nile Hilton Incident llega a las pantallas después de haber triunfado en Sundance, de haber maravillado en Berlín, de haber superado en el festival de cine policiaco de Beaune a otra selección de películas en las que sí es más evidente la cohabitación del horror y la venganza: desde La cólera de un hombre tranquilo hasta la potente incursión en Los Ángeles de Mensaje del Rey de Fabrice de Welz, pasando por la austriaca Cold Hell, cuya protagonista Violetta Schurawlow obtendría el premio a la mejor interpretación. 

Convierte a El Cairo en una ciudad de referencia para el cine negro de 2017. La imagen final de la multitud invadiendo la pantalla, tomando la calle donde desparece el vehículo policial de Nouredine y su tío, es premonitoria y candente como los tres años en que Egipto se debatió con la sucesión de Mubarak. La espléndida fotografía de Philippe Aim se corona con este broche perfecto para una película, casi, redonda. 


Ramón García



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