Historia de un detective (1945)

Incesantes y contundentes contrastes de luz y oscuridad



Temprana adaptación de la segunda novela de Raymond Chandler —Adiós, muñecaa cargo de Edward Dmytryk. El guión fue supervisado por John Paxton, mano derecha del director canadiense en su periodo más noir, contando con dos experimentados baluartes tanto en la banda sonora como en la fotografía como fueron Roy Webb —habitual de las producciones de Val Lewton- y Harry J. Wild, bregado en todo tipo de propuestas negras— respectivamente. Cada uno en su campo consiguió aunar inspiraciones en una de las incontestables obras maestras del género. Por una parte Webb, conformando una partitura subyugante que va a entrar como un guante en cada uno de los diferentes clímax sobre los que va avanzando la acción; en el caso de Wild logrando una plasticidad inolvidable a base de incesantes y contundentes contrastes de luz y oscuridad, modelando en ese empleo a los personajes como si de esculturas vivientes se trataran. En este último aspecto habría que añadir una disposición de escenarios —pasillos, pasamanos, habitaciones— dominados por sombras a veces proyectadas con exageración, llegando a recordar por momentos la alargada herencia del cine expresionista alemán.


ambivalencia extrema de personajes y situaciones


Al tratarse de una aventura de Philip Marlowe conviene estar advertidos de que nos vamos a encontrar con el entramado de tramas y subtramas a los que nos tiene acostumbrados Chandler, muchas veces rizando el rizo de un argumento donde se van entrelazando diferentes casos a los que se va enfrentando a la vez el famoso detective. En el caso de Historia de un detective éste insiste en aceptar casi cualquier caso que le reporte lo mínimo para poder seguir tirando algún tiempo, por lo que los problemas le van a llegar en tiempo real desde todos los flancos. Fundamentalmente dos: el primero hace referencia a una desaparecida, y el segundo al robo de una joya. El protagonista Dick Powell carece de la aplastante sobriedad escénica de Humphrey Bogart —el mejor Marlowe—, quedándose en algunos momentos un tanto fuera del papel a la hora mostrar sorpresa o aprensión, rozando en ellos el histrionismo (quizá como remanente de su amplia experiencia previa en la comedia). Al contrario que en el caso de la gran Claire Trevor, una habitual en este tipo de filmes, que borda su papel de femme fatale a medio camino entre la pura maldad y el patetismo, como haría de igual manera en otros trabajos fundamentales tipo Born To Kill de Robert Wise, Raw Deal de Anthony Mann o Cayo Largo de Huston.

Otras de las improntas de Chandler, como son por un lado la constante ambigüedad del terreno que va pisando el detective y por otro la ambivalencia extrema de los personajes y situaciones, están perfectamente reflejadas en la pantalla, llegando a exasperar al propio actor principal que, atrapado en una confusa tela de araña de juegos e intereses —convenientemente explicitada en las secuencias donde Powell es secuestrado—, llegará a preguntarse si está ayudando o estorbando, si está del lado correcto o todo lo contrario, y si se puede fiar o no de cualquiera de los demás personajes. Constante equívoco que queda igualmente plasmado en el interrogatorio que inicia la cinta, entremezclado con la trama hasta tal punto que llegados a la mitad del metraje no sabemos por qué continúa exactamente el yo omnisciente. Todo un encaje de bolillos perfectamente conducido por Dmytryk en una de sus producciones más estilizadas, en este caso para la legendaria RKO. Recordemos que el director venía de bregarse en cierta serie B fundamentalmente adscrita al fantastique The Devil Commands, con Boris Karloff o Captive Wild Woman, con el inefable John Carradine y la exótica Acquanetta—, teniendo sus mejores logros en el cine negro —Murder, My Sweet a la cabeza, pero también Obsession— y desembocando en el bélico —El Motín De Caine— y el western. Historia de un detective tuvo el correspondiente remake treinta años después con un Robert Mitchum crepuscular y, en líneas generales, una factura vocacionalmente anacrónica.

Historia de un Detective (como se la conoce en el mercado hispano) sabe compaginar con envidiable ductilidad escenas oníricas y pesadillescas con otras puestas de indudable sapiencia en su composición, como aquella en que varios personajes y objetos —padre, madrastra, hija y piano— situados frente a Marlowe se distribuyen en rigurosa armonía dentro del encuadre. Una oportunidad de lucimiento personal —con un elenco técnico y artístico a la altura del reto— que el director de El hombre de las pistolas de oro no desaprovechó, ya que poco después vendrían verdaderos tiempos negros para él con la persecución maccarthiana y paso por la cárcel, dejando en injusto suspenso un talento que, años más tarde, vería renacido.


Jesús Fernández

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Tit. Orig: Murder, My Sweet. Estados Unidos, 1944. Director: Edward Dmytryk. Guión: John Paxton. Música: Roy Webb. Fotografía: Harry Wild. Intérpretes: Dick Powell, Claire Trevor, Anne Shirley, Otto Kruger


Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.


Este monográfico sobre Detectives Raros en el cine se ha publicado originalmente papel, en la revista Prótesis, nº9 (Reino de Cordelia, ed.), en la primavera de 2017. Pide tu ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.


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