La cajita de rapé. Javier Alonso García-Pozuelo



Madrid en 1861 era una ciudad desordenada, sucia, de grandes desigualdades sociales

Es Javier Alonso García-Pozuelo un tipo peculiar. Cirujano y diplomado en cooperación internacional, meticuloso, perfeccionista, humilde y, a pesar de lo poco que le conozco, me atrevo a decir que muy tozudo, te arrolla con su energía, predisposición y amabilidad, te escucha con interés, te contagia de su entusiasmo y te ofrece espontáneamente su apoyo en caso de necesitarlo, de modo que, cuando te despides de él, lo haces sintiéndote mejor que cuando le saludaste.

José María Benítez, el inspector jefe del madrileño distrito de La Latina en 1861 que protagoniza La cajita de rapé, ópera prima de Alonso García-Pozuelo, es, en muchos sentidos, muy parecido a su creador. Valiente, concienzudo, leal, trabajador y honrado, comparte con él tantos rasgos que, a pesar de ser yo poco dado a especular, aseguraría -insisto, ¿nos habremos visto tres veces?- que es el alter ego del autor en una época por la que, como él mismo confiesa, siente un profundo interés.

Y eso se nota en la novela. Vamos a hablar de ella de una vez, que a estas alturas todavía no he dicho una palabra, ni para bien, ni para mal. Valiente reseñador estoy hecho.


Madrid, capital de un reino de tercera categoría que siglos ha fue un imperio, ciudad en la que usureros y mendigos de levita, doctores en jurisprudencia y analfabetos, agentes de bolsa, ingenieros y artistas, viven puerta con puerta o, por mejor decir, techo con suelo.

Madrid en 1861 era una ciudad desordenada, sucia, de grandes desigualdades sociales. Capital de un reino que aún se debatía entre los rescoldos de su antigua grandeza y la incertidumbre ante lo que traerá el futuro. Un reino que dudaba entre apostar de modo definitivo por arrimar el hombro todos a una en pos del progreso y el conocimiento, o regodearse en la contemplación de su propio ombligo y lamentar la grandeza perdida. El eterno problema nacional. O uno de ellos. El inspector Benítez, al frente de uno de los distritos más céntricos y conflictivos de la ciudad, deberá investigar el robo que se ha producido en casa de los Ribalter, una familia acomodada, y el salvaje asesinato de Lorenza, una de las sirvientas de la casa.


esta ciudad se merecía un personaje así


Decía que se nota en la novela el interés que el periodo del reinado de Isabel II suscita en el autor. Él mismo lo reconoce en la nota del autor que cierra el libro -por cierto, una estimable edición por parte de Maeva que se percibe en detalles como el plano de Madrid que adorna el interior de la cubierta-, de modo innecesario, ya que, a lo largo de las poco más de cuatrocientas páginas que tiene La cajita de rapé, el lector se da cuenta del mimo que el autor ha puesto en reflejar los usos y costumbres de la época, en las expresiones, en la ambientación. El cuidado de los detalles es exquisito y se hace fácil visualizar el Madrid decimonónico mientras seguimos las andanzas del inspector Benítez en pos de la verdad, en una intriga policial que se sigue con interés y se resuelve con las dificultades que entraña la ciencia criminalística de la época, tan en pañales que casi ni debería llamarla por ese nombre.

Javier Alonso García-Pozuelo ha tardado siete años en terminar esta novela -ya decía yo antes que es tozudo y meticuloso-, y ello se nota en el resultado final. Es un placer comprobar el acierto con que el autor maneja las palabras para aproximarnos a los distintos giros y expresiones del siglo XIX madrileño, tanto al lenguaje basto y espontáneo que empleaba el pueblo llano como al elegante y siempre medido del que hacían gala las clases adineradas. Así mismo, retrata con expresiva claridad los despachos y tabernas, las calles y plazas, los palacios y corralas en los que se desarrolla la acción. Y lo que uno debía sentir al encontrarse en aquellos ambientes.

El figón huele a garbanzo y fabes. A callos, morcilla y tocino. A sudor, vino bautizado y tabaco de picadura. Una intensa mezcolanza que no resulta del todo desagradable.

De igual modo que muestra con atinada agudeza la vida y los ambientes madrileños, destacan las descripciones de los personajes, tan visuales y precisas como si en lugar de pluma y papel, el autor estuviese manejando pinzas y bisturí.

…un cochero de rostro tostado, patillas de contrabandista y nariz socrática dormita en el pescante de un destartalado simón.

Por si todo lo anterior fuese poco, Alonso García-Pozuelo no se conforma con servirnos una buena novela policiaca, sino que se marca otro tanto al exponer con incisiva claridad la incertidumbre que el país en su conjunto vivía en aquel periodo, dejando al descubierto las eternas dos Españas y una forma de hacer política que, me temo, seguimos sufriendo en la actualidad. Y lo hace con tan buen tino que la lección de historia queda integrada a la perfección en la novela, sin desentonar ni distraer en lo más mínimo, aportando visión de conjunto y amplitud visual que ayudan al lector a ubicarse con nitidez en el barrio de La Latina -tan bullicioso entonces como ahora-, en la inestimable compañía del inspector Benítez. Un hombre honrado, trabajador, generoso y leal que, seguro, volverá a ver impresas en celulosa sus andanzas por las calles de Madrid. Esta ciudad se merecía un personaje así. Esperemos, eso sí, que esta vez no pasen otros siete años.

Maeva, 2017
Compra en Casa del Libro

Alberto Pasamontes


Publicar un comentario