La chica de Cassidy. David Goodis

Ese estado letárgico donde el fracaso es más llevadero

Filadelfia, ciudad natal de David Goodis, pero no la ciudad de los barrios buenos, de los de clase acomodada, no, para nada, aquí aparece otra Filadelfia. La Filadelfia de los muelles, de los apartamentos que se alquilan por semanas, de los almacenes que salpican las calles, la zona industrial donde la mugre lo cubre casi todo, incluso el Delaware se ensucia al pasar por aquí. 

Eso y un bar como el Boundy, un sitio destartalado, cochambroso, sucio y mugriento, lugar donde se sirve alcohol barato y donde la clientela no va a hacer vida social, va a beber, a beber de verdad. Incluso tienen una habitación para colocar a los que pierden el conocimiento o quieren seguir bebiendo tras cerrar. 

La descripción que hace Goodis del garito tendría que estar en todos los libros de literatura. Tras beber whisky de centeno, barato por supuesto, se pasa al estado dos, al whisky ya directamente en bruto, es decir, arrimar el hombro al coma etílico. Sumirse en ese estado letárgico donde el fracaso es más llevadero, donde la verdad se encierra entre paredes de cristal:

Pensó en lo que estaba ocurriendo; vio a Doris acercarse a la botella, vio la terrible calma reinante mientras la levantaba y el espantoso compañerismo que existía entre ella y la botella. Logró ver la botella elevándose a sus labios, y sus labios al rozar el borde, como si la botella fuera algo vivo y estuviera haciéndole el amor

Pero no sólo se habla de bebedores, aunque también, sino de una pareja que forma parte de ese grupo de amigos que frecuentan Boundy, los Cassidy, una mujer explosiva, Mildred, y el protagonista, Jim Cassidy. Ambos perdedores, bebedores y sobre todo conscientes de que la suerte siempre les va a dar de lado


territorio inconcreto donde no existe esperanza


Mildred más conformista, aunque de genio vivísimo, Jim pretende y cree que la vida le debe dar otra oportunidad pues no es justo que cuando estaba en el punto más alto de su trayectoria un accidente le enviará al fango. Entre ellos una relación rota, salpicada de violencia, de sexo, de frenesí, donde todo se junta con el whisky barato de centeno y termina… ¿cómo creen ustedes que termina?

Lo han adivinado, con violencia y no sólo una violencia del hombre sobre la mujer sino de todos contra todos, porque Mildred no se arredra y pelea, araña, patalea, lucha sin ceder en nada. Ambos están en el fondo, al final del camino:

―Como todos ―comentó Shealy―. Todos los borrachos, los fracasados. Llega un punto en que nos gusta lo de ir cuesta abajo. Hasta el fondo, donde todo está blanco, donde está el barro

Ese es el punto que quiere reflejar David Goodis, el fracaso y su final, ese territorio inconcreto donde ya no existe esperanza, donde todo es vano porque se ha jugado la última carta y se ha perdido. Ahí es donde quiere llegar el autor, es lo que le interesa, lo que importa, el resto es decorado, filigrana, atrezzo.

El protagonista lucha por escapar de ese fin, cree que todavía tiene una oportunidad, que el destino no puede ser tan cabrón, pero no sabe, o intenta olvidarlo, que pertenece a la clase de personas a los que siempre se les cae la tostada por el mismo lado, a los que la suerte les desprecia y que en lugar de ayudar les pone una zancadilla traicionera.

De intensa se podría describir la novela. Intensa y veraz, se percibe que el autor conocía esos ambientes, que probablemente también se sintiera como un perdedor, como un juguete roto por parte de la suerte, el destino o de otros. Todo se narra con una claridad meridiana, con una sapiencia narrativa encomiable, con un lenguaje sencillo y agradable, con ligeras gotas de calidad que sorprenden al contrastar con el ambiente opresivo que se respira en toda la novela.

Goodis escribe francamente bien, recrea a los personajes con una carnalidad enorme, incluso en sus afanes parecen rotundos, me ha encantado la sensualidad de partes de la obra, como, incluso en los peores lugares, puede surgir esa chispa de deseo que parece capaz de acabar con todo. En la obra hay mucha violencia y mucho sexo, no explícito, pero se respira que los personajes son de verdad y en esa verdad hay fragilidad y también suavidad:

Cassidy levantó la cabeza y la miró; vio sus pechos pequeños, la fragilidad de sus piernas, la suavidad infantil de su piel. Era suave, pálida, delicada, como una combinación de tenues pétalos de flores. Las curvas de su cuerpo eran suaves, apenas aparente, apenas sugeridas, y era tan delgada, tan lastimosamente delgada. Sin embargo, ese hecho en sí mismo estimuló su deseo de acariciarla, de transmitirle parte de su fuerza 

Cuando le puso la mano en el pecho, Cassidy se dio cuenta que la deseaba enormemente. Se sentía inmensamente feliz de que ocurriera. Y cuando se produjo, fue como una presión suave, muy suave, casi imperceptible, porque Doris era delicada y no debía hacerle daño. Ni el más mínimo incomodo, ni la más mínima indicación de conquista. Porque era algo que no tenía nada que ver con la conquista. Porque aquello era dar, un dar maravilloso, inmaculado, y mientras lo recibía, Doris suspiró. Volvió a suspirar. Una y otra vez

Versal, 1988
Compra en Casa del Libro

Sergio Torrijos


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