El crimen del ómnibus. Fortune Du Boisgobey

Misterio y romance a partes iguales

Cuando se publicó El crimen del ómnibus, la novela que hoy reseñamos, su autor, el francés Fortuné du Boisgobey (1821-1891) era ya un escritor consagrado. Tanta fama llegó a tener, con sus más de setenta “novelas criminales”, que hasta la aparición de Sherlock Holmes, en 1887, fue el autor de este tipo de literatura más leído en Gran Bretaña.

Du Boisgobey, en realidad este apellido era un seudónimo, inició su carrera como funcionario de rango medio del Estado francés. Como pagador del ejército, viajó por África, Oriente Medio y buena parte de Europa. Su inicio en la literatura fue, precisamente, relatar alguno de estos viajes en forma de Diario.

Pero fue su primera novela, Un asunto misterioso, de 1869, la que le dio verdadera fama y le convirtió, junto con su compatriota Émile Gaboriau en precursor de la novela policíaca moderna (de Gaboriau, publicado también por Editorial d´Epoca, hemos podido leer recientemente El crimen de Orcival).

Es la época del triunfo de la Revolución Industrial, triunfo indisolublemente unido a un desarrollo científico racional y pragmático. Es lógico, por tanto, que en la literatura se desarrolle una corriente que aúne el interés atávico del ser humano por los misterios con el interés por su explicación racional, ya sea de la mano de detectives aficionados (el Dupin de Poe) o miembros de los incipientes cuerpos profesionales de policía (el Monsieur Lecoq de Gaboriau).


siniestros hallazgos accidentales


En la obra de Boisgobey (también en la Gaboriau) están muy presentes las influencias de Edgard Allan Poe y Honoré de Balzac; incluso el título de la primera novela de Boisgobey deja patente, por un lado, que su trama se basa en un misterio y, por otro, su homenaje a Un asunto tenebroso, la obra de Balzac que se suele considerar la primera novela policiaca.

El crimen del ómnibus se publicó en 1881, cuando Boisobey tenía ya una gran experiencia como escritor de novelas de misterio por entregas (el tradicional folletín) como se advierte en la perfecta secuenciación de la trama, en la que, además, se une misterio y romance a partes iguales.

Un joven y muy prometedor pintor, de nombre Freneuse, viaja una helada noche del enero parisiense en un ómnibus. Diversos viajeros acompañan en el recorrido al pintor y van abandonando sucesivamente el ómnibus, hasta que Freneuse se queda solo con una jovencita a la que él creía dormida. Cuando llegan a la última parada, el pintor advierte horrorizado que la muchacha no duerme sino que está muerta

Unos siniestros hallazgos accidentales y la posterior conversación con su amigo Binos, ejemplo de pintor sin talento y de vida bohemia, le harán pensar a Freneuse que lo que inicialmente parecía una muerte súbita puede tener un cariz mucho más siniestro.

Freneuse se halla inmerso en la pintura de un cuadro para la Exposición universal de París de 1878 y prefiere mantenerse al margen del asunto, aunque la sucesión de acontecimientos impedirá este propósito. Será el fantasioso, desvergonzado y desocupado Binos el que tomará sobre sí la responsabilidad de resolver el crimen con la ayuda de un compañero de taberna, un presunto rentista llamado Piédouche.

Siguiendo las correrías de Binos, o de la mano del más sereno Freneuse, du Boisgobey nos hace conocer buena parte de Paris y de sus gentes. Así conocemos la vida bohemia de Montmartre y la Plaza Pigalle, donde se concentran los estudios de los pintores; y también visitamos el mísero extrarradio en el que malviven las jóvenes italianas, desarraigadas por la miseria de su tierra natal, que les sirven de modelos a esos pintores, ya que su belleza clásica es la adecuada para la temática historicista que está en boga en la época. 

Pero la historia de Boisgobey también nos lleva a ambientes burgueses como el teatro, o la mansión de Monsieur Paulet y su muy bella hija Marguerite. O nos describe los cementerios parisinos donde las diferencias sociales triunfan más allá de la muerte…

Historia muy entretenida, donde él interés no decae en ningún momento puesto que está sometida a las exigentes reglas de las novelas por entregas, que imponían mantener en todo momento la atención del lector (y del interés de este tipo de novelas dependía en gran medida que subiera o bajara la tirada del periódico en el que se incluían, por ello fue tan apreciada la obra de Boisgobey).

El estilo la novela es siempre ameno, dentro de un desarrollo lineal de la historia que basa su éxito en unos magníficos diálogos y en una trama en la que la sorpresas acechan al lector hasta el final, incluso cuando piensa que el misterio fundamental ha sido ya desvelado, de la mano de los más diversos personajes: un agente de negocios, una vendedora de naranjas, una adivina, un policía de la Sûreté, el notario Monsieur Drugeon…

Obra muy entretenida, que se lee de un tirón y deja con las ganas de conocer nuevas obras de este autor, tan admirado en su tiempo que influyó decisivamente en otros grandes escritores del género como Fergus Hume, Anna Katharine Green o la misma Agatha Christie, porque en El crimen del ómnibus encontramos la primera novela centrada en un asesinato perpetrado en un transporte público, nueva versión del “crimen en habitación cerrada”, tema que la inglesa desarrollaría con verdadero éxito en alguna de sus obras: El misterio del tren azul, Asesinato en el Oriente Express o Muerte en las nubes.

Y, por último, comentar lo cuidado de la edición, como siempre en el caso de d´Epoca, esta vez en una más asequible y cómoda pasta blanda, enriquecida con las hermosas ilustraciones de Charles Dana Gibson y Gottfried Heinrich Wilda.

d´Epoca, 2017
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José María Sánchez Pardo


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