Análisis estilístico de David Goodis

Escritor claro, generoso y creativo

D. Goodis fue una rara avis del noir americano, pues poseía la insólita habilidad de combinar las convenciones del género negro con temas de todo el espectro literario. Dicha temática giraba invariablemente en torno a temas más propios de la filosofía existencial que de la literatura, como la incapacidad del individuo para elevarse por encima de una angustia atávica o lo absurdo de convivir con un mundo indiferente al sufrimiento. La veracidad con la que Goodis habló de estas cuestiones y su talento para convertirlas en un tipo de ficción de masas es lo que hoy día le confiere un aura de genio incomprendido. Veamos algunos aspectos recurrentes de su obra.

En lo referente al desarrollo de la historia, Goodis es un escritor claro, generoso y creativo. Sus historias se despliegan con la típica linealidad del género pero, quizás, con más limpieza de lo habitual. Uno siente que la historia avanza por bloques bien diferenciados que colocan al personaje y al lector en nuevos horizontes y nuevos retos. La superación de cada etapa deja saciado al lector (y hasta un poco exhausto) y con la convicción de que no puede quedar mucho más que decir. Pero al final de la misma siempre sucede un giro totalmente inesperado pero convincente que imprimen un impulso brutal a la historia que le hacen a uno sentirse delante de un prestidigitador que encuentra una y otra vez la forma de intensificar la historia. (Cuántas veces leemos estas valoraciones estilísticas en las reseñas literarias y qué pocas veces son ciertas.).


privados de todo prestigio social


Esta facultad de meter al lector en la historia pasa por meterle en la piel del protagonista a golpe de escenas propias del género (persecuciones, etc.) combinadas con otras escenas poco convencionales, que son las buenas y las goodisianas, por así decirlo. Podríamos dividir las últimas en dos grupos bien diferenciados: surrealistas y ultra-realistas. Goodis, en su afán por encontrar nuevas formas de narrar una historia, saca al personaje (y al lector) del apartamento, el tugurio, la calle oscura, etc. y les hace recorrer paisajes imposibles que sumergen al segundo en la vida psíquica del primero. Estos momentos oníricos (como hablar con un muerto o con personajes distantes con los que aparenta comunicarse en momentos de angustia) suelen presentarse sin transición alguna, cosa que no genera en el público problemas para deslindar los hechos más materiales de la imaginación del protagonista. Esto, además, es una forma excelente de renovar los escenarios habituales del género y el paisaje mental del lector; de ampliar el mundo inmediato que todos conocemos mediante flashbacks, escenas de ultratumba y delirios del protagonista que no dejan de ser oportunidades de revelar sus inquietudes más profundas.

Contraponiéndose a este tipo de escenas y a las de acción encontramos otras escenas (bastante largas, además) aparentemente superfluas para la trama, pero indispensables para seguir la evolución mental del personaje. En ellas se habla de temas sociales y filosóficos, como las expectativas vitales del individuo o la dificultad de mantener relaciones auténticas y duraderas con la pareja; temas de exigua presencia en cualquier época y género, no digamos ya, en un momento y en un lugar que se pretendían impulsar un optimismo engañoso como forma de sepultar los traumas de la guerra y los conflictos sociales anteriores a la misma.

La trama, las escenas y los temas planteados en la obra de Goodis no podían sino supeditarse en la elección de los personajes. Por extraño que pueda sonar, podríamos decir que los conflictos a los que estos se tienen que enfrentar son un tanto superfluos, en la medida en la que suelen servir para intensificar conflictos ya existentes en sus vidas. Como ya se habrá dicho mil veces en los diversos artículos de este monográfico, Goodis siente debilidad por los personajes marginales. Pero no marginales de cartón, sino marginales al estilo de J. London, S. Fitzgerald, Tolstoi, etc. Es decir, tipos que, teniéndolo todo -el intelecto, el atractivo, la inquietud y el hambre por la vida, los recursos económicos, incluso-, se las ven y se las desean para enfrentarse a ese reto titánico que es una vida a la altura de sus expectativas.

Los personajes de Goodis son doblemente marginales, pues suelen estar privados de cualquier elemento que otorga prestigio social. Se pasan la vida deambulando al margen de la sociedad siendo muy conscientes de que, aunque consigan volver a entrar en ella, nunca recuperarán una normalidad con la que fantasean pero que nunca tuvieron. Esta consciencia de sus propios límites les vuelve trágicos y derrotistas, y les induce a conformarse con encontrar un rincón que les haga soportable lo que les resta de existencia. Por lo general, los acontecimientos amenazadores que generan la trama son un catalizador de otros condicionamientos que ya hacían estragos en la vida del prota antes de empezar la historia. Cuando la trama estalla, estos individuos ya se hallan previamente malditos debido a una cotidianidad con la que nunca aprendieron a lidiar. Lo que está en juego a partir de ese momento (el inicio de la historia) es la caída en la marginalidad más absoluta o la adquisición de una existencia humilde pero segura. Por todo esto, en los libros de Goodis seguimos algo más que las frenéticas andanzas del típico protagonista del género; también asistimos a una lucha casi mitológica de un individuo marcado contra un monstruo mayor que es el destino.

Algunos artistas dicen que no hay nada tan difícil como mostrar lo invisible, aquello que no sucede más que a niveles muy sutiles. Goodis coge lo invisible y lo encaja en un género de masas. Ese es su logro. No hay muchos escritores que hayan conseguido algo así.


Antonio Pérez



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