Una dirección equivocada. Elizabeth Daly

Henry Gamadge, escritor, experto bibliófilo y detective aficionado

Una de las novedades más interesantes con la que nos hemos encontrado últimamente los amantes de la novela policiaca clásica es Dirección desconocida, de la norteamericana Elizabeth Daly (1878-1967).

Realmente, no sería apropiado hablar de “novedad” al referirnos a esta autora, que fue una escritora neoyorquina apreciadísima en el mundo anglosajón (una de sus fans más entusiastas fue Agatha Christie). Pero si es novedad, y muy grande, para los lectores españoles, a lo que, incomprensiblemente, su obra nos ha sido totalmente desconocida hasta que Siruela ha tenido el gran acierto de editar uno de sus libros en su colección “Libros del tiempo”.

Daly escribió dieciséis novelas, todas ellas protagonizadas por un personaje de lo más atractivo: Henry Gamadge, escritor, experto bibliófilo y detective aficionado. Publicó la primera entrega de la serie en 1940, cuando ella ya contaba con sesenta y dos años, y entre esa fecha y 1956 culminó la serie de Gamadge, que le dio inmensa popularidad en Norteamérica y Gran Bretaña.


exquisitos modales, siniestros secretos


En sus novelas, Daly retrata el mundo de la alta burguesía neoyorquina, que ella conocía muy bien, como hija que fue de un juez de la Corte Suprema del Condado de Nueva York. La autora, a juzgar por lo que hemos leído en Dirección desconocida, fue una virtuosa a la hora de retratar esa sociedad, refinada y elitista, a través de los personajes que presentaba en sus novelas, gentes de clase alta y exquisitos modales bajo los que podían ocultarse los más siniestros secretos.

En Dirección desconocida, y al parecer en el resto de sus libros, se aprecian claramente lo que fueron las pasiones vitales de Elizabeth Daly: el gusto por los rompecabezas y puzles y su interés por la adecuada utilización del lenguaje (se licenció en la Universidad de Columbia y fue profesora de inglés y francés).

A juzgar por la novela que ahora hemos podido conocer, fue una gran escritora, un poco en la línea de su paisana Edith Wharton, en cuanto a su capacidad de retratar a todo un estrato social, y a la altura, limitándonos a la novela de misterio, de la que fue la mejor escritora policiaca de la “Edad dorada”, Dorothy Sayers. El estilo de Daly es impecable y muy ameno y tiene la virtud de dosificar la intriga de la manera más inteligente y efectiva.

En Dirección desconocida, el séptimo de la serie, Gamadge recibe unos crípticos y anónimos mensajes que le alertan de que algo extraño está sucediendo en la mansión de una de las familias de más antiguo y respetable linaje de Nueva York, los Fenway.

Utilizando sus relaciones familiares (Gamadge pertenece también a esos círculos elitistas) y sus conocimientos bibliófilos, nuestro detective aficionado consigue introducirse en el cerrado círculo familiar de los Fenway para desentrañar, de manera totalmente altruista, lo que inicialmente se presenta como un curioso acertijo y finalmente se muestra como una verdadera conjura criminal.

En sus pesquisas, Gamadge cuenta con la colaboración de Harold Bantz, su ayudante habitual en tiempos de paz y que en esos momentos (la historia transcurre en 1944) está de permiso en Nueva York, ya que sirve como sargento de marines en alguna isla indeterminada del Pacífico.

Los ecos de la Segunda Guerra mundial están muy presentes en la novela, aunque sea de la manera atenuada por la lejanía con los frentes con la que la población civil estadounidense vivió la Segunda Guerra Mundial.

El racionamiento de alimentos y combustibles, el alistamiento de los jóvenes en edad militar… son realidades que están presentes en la novela y que influyen incluso en la vida de los más pudientes.

De Gamadge, al contrario que otros detectives famosos (Sherlock Holmes, Poirot), sabemos que tiene una muy dichosa y acomodada vida familiar y que comparte una espaciosa casa en Manhattan con su encantadora esposa Clara y su criado negro Theodore (además de con el chow chow de Clara y con Martin, su propio gato). 

En cuanto a la guerra, Henry Gamadge contribuye al esfuerzo bélico de alguna manera que no queda muy clara, pero que se puede suponer relacionada con el contraespionaje y con sus habilidades de criptógrafo.

Con la ayuda del intrépido sargento Bantz y la colaboración ocasional de la amiga de este (o quizás esposa de guerra, no se llega a saber), la pizpireta Arline Prady, Gamadge consigue desentrañar, para verdadero placer de los lectores, los siniestros crímenes que conforman la trama de la novela.

Lo que queda como gran enigma sin resolver, para los que ahora hemos tenido la oportunidad de acercarnos a las obras de Elizabeth Daly, es saber si llegaremos a tener en un futuro la suerte de poder leer alguno más de sus libros.

Siruela, 2017
Compra en Casa del Libro

José María Sánchez Pardo


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