Los casos de Horace Rumpole, abogado. John Mortimer


Una ironía feroz, un cierto nivel de histrionismo, y un humor bastante negro

Este volumen recoge seis historias de un abogado en la Inglaterra de finales de los sesenta. Cada uno de ellos está formado por las peripecias procesales, profesionales y personales que llevan al abogado Horace Rumpole a desplegar toda su artillería legal, trapacería profesional, astucia personal e inteligencia en el razonamiento y en el desvelamiento de personalidades y causas, en la defensa de sus clientes.

Este bravo picapleitos se hará cargo de los más variados delitos: robos, tráfico de drogas, asesinatos, violaciones, incluyendo un hilarante y despiadado paso por un tempestuoso divorcio. De todos ellos hará una descripción implacable, y nos ofrecerá una visión tan completa de causas y circunstancias, que nos obligará a enfrentarnos a inéditas paradojas por las que colará sus argumentaciones de defensa.

Este luchador abogado parte de la idea de que todo el mundo tiene derecho a ser defendido ante las acusaciones de la sociedad, y nos muestra como su labor es algo más que importante, pues sus oponentes, bien sean los jueces, fiscales o policías no siempre están por la labor de ejercer la justicia.



rebelde ante la estupidez y la injusticia


En este sentido es muy destacable la visión llena de sorna, cuando no directamente cargada de mofa, que hace de buena parte de los jueces que presiden los tribunales ante los que defiende a sus clientes. Así nos encontramos con magistrados llenos de prejuicios, manías, cuando no directamente despreciativos de todo presunto delincuente, y por supuesto de aquellos que intentan defenderlos ante la Ley de Su Majestad.

Pero aún peor papel se deja a las fuerzas policiales. Al menos buena parte de los que aparecen en estas páginas parecen guiarse más por la desidia, estupidez, rapacidad o directamente malevolencia, lo que da razón al papel de la defensa, y justifica algunas prácticas, que parecen más bien propias de la lucha guerrillera sin cuartel. Y para seguir dejándonos estupefactos, nos encontramos como en algunos juicios la acusación pública (que en nuestro país es ejercida por la Fiscalía), es encargada a abogados privados .... que pueden formar parte del mismo bufete que el abogado defensor, lo cual puede llevar a situaciones bien comprometidas.

En la defensa de sus clientes, Rumpole echará mano de cualquier resquicio de la legalidad para evitarles el destino fatal de la condena, e incluso llevará a cabo intervenciones fuera de la ley para desmontar las acusaciones que tienen en vilo a los mismos, que en demasiadas ocasiones están montadas sobre prejuicios, coincidencias o sencillamente mentiras. 

Todo esto lo logra con una ironía feroz, un cierto nivel de histrionismo, y un humor bastante negro, sustentado en una ardorosa defensa de los derechos de cada persona, y así da sentido a la necesaria separación de poderes, que permite una mejor defensa del acusado, y que cuestiona la imagen popular de un gran Poder judicial-policíaco que pretendidamente defenderá paternalmente los derechos de los ciudadanos.

Su relación con los defendidos es singular, pues cree más en sus derechos a defensa que en la valoración que hace de ellos como personas, porque en algún momento de la narración se define como un forajido de corazón. Y además nos sorprenderá con el relato de las reacciones, alguna de ellas chocantes, de sus defendidos ante los logros de este bravo abogado, que no siempre coinciden con la labor del mismo.

El Reino Unido que nos muestra es el de finales de los sesenta y setenta, muy lejos del glamour victoriano. Nos muestra un país bastante más pobre y austero, que pese a pretender mantener determinado formalismo de clase, no le da para sostener cierto estatus. Es muy significativo de esta situación que cuando festejan un éxito profesional, lo celebran con champán .... de cocinar. En esta línea se mofa de esa clase elegante que copa el poder, y que esconde bajo sus bien cortados trajes, una desidia y un desprecio por la justicia y la libertad. De ahí que no se esperen una novela victoriana, ni de demostración de inteligencia en la resolución de enigmas, todo eso, en ambientes de rentistas, que por supuesto se han de vestir para la hora de la cena.

Pero si el personaje brilla en cuanto a la parte de novela de intriga y acción, el hombre que sustenta ese personaje profesional resulta aún más interesante. Nos encontramos con un hombre de vida sencilla, muy inteligente, luchador y capaz, rebelde ante la estupidez y la injusticia, pero que acata en su vida hogareña los dictados de su esposa Hilda, a quien él apoda «Ella, La que Ha de Ser Obedecida», que muestra un gran cariño ante su hijo, y soporta con estoicismo la decisión del mismo en ser profesor universitario en los EE.UU., y casarse con una americana que recuerda mucho a la temible Hilda. Pero es un hombre que muestra una lucidez, una agudeza y un juicio brillantes, y que pese a tener dolorosa conciencia de los aspectos más sórdidos, mezquinos y canallas de la naturaleza humana, sigue luchando desde su ironía y retranca con objeto de hacer de este mundo un lugar más habitable. Y éste es uno de los grandes logros de esta novela, el que un personaje que podía caer en el cinismo más amargo, nos da una lección de como poder introducir sensatez, justicia y gracia de vivir a un mundo tan lleno de contradicciones, ignorancia y sufrimiento.

De esta forma nos encontramos con un personaje que, en su faceta de abogado penalista es un luchador lleno de triquiñuelas legales como el mejor Perry Mason de Erle Stanley Gardner, pero sin el estupendismo del americano; que nos muestra la parte más sórdida del sistema judicial anglosajón como el combativo Sebastian Rudd de John Grisham, pero sin la pose radical de éste;y que como extraordinario conocedor de las más diversas facetas del alma humana nos recuerda al gran Maigret de Simenon, o al muy agudo padre Brown de Chesterton. Una de esas novelas que nos permiten reencontrarnos con lo mejor de uno de nuestros géneros favoritos.

Impedimenta, 2017
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José María Sánchez Pardo


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