Patricia Brent, solterona. Herbert George Jenkins

Divertida descripción de la sociedad inglesa durante la Primera Guerra Mundial

Divertido retrato de la sociedad inglesa
Del escritor y editor británico Herbert George Jenkins nada sabíamos en España hasta que dÉpoca, la editorial que se ha marcado el objetivo de rescatar grandes novelas decimonónicas inéditas en España, o al menos, injustamente olvidadas, ha decidido recuperar una de sus obras: Patricia Brent, solterona.

Jenkins, que se formó como periodista, trabajó durante once años en una de las editoriales británicas de más prestigio, The Bodley Head, hasta que en 1912 decidió fundar su propia editorial, Herbert Jenkins Limited. A partir de ese momento compaginó su trabajo de editor y escritor hasta su muerte en 1923, a los 47 años.

Sus éxitos como editor quizás han hecho que su faceta como escritor haya quedado algo oscurecida. Tenía una especial habilidad para descubrir nuevos talentos rechazados por otras editoriales y ello le llevó en 1918 a lograr su mayor éxito editorial: convertirse en el editor del genial P.G. Wodehouse (y como devotos admiradores que somos del inefable canalla que es Harry Flashman, no podemos dejar de señalar que en 1969, “Herbert Jenkins Limited”, manteniendo la inteligente política de su fallecido fundador, tuvo el acierto de publicar la primera entrega de la estupenda saga de Flashman, que había sido repetidamente rechazada por otras editoriales).


un entorno terriblemente aburrido y convencional


Pero volviendo al libro que hoy nos ocupa, Patricia Brent, solterona, se trata de una muy simpática novela en la que se mezcla el humor y la sátira, a la vez que una divertida descripción de algunos aspectos de la sociedad inglesa durante la Primera Guerra Mundial.

Patricia es una joven de 24 años, que al quedarse huérfana opta por la independencia económica (no hay que olvidar que fue en aquel contexto histórico en el que se inició el acceso masivo de las mujeres de clase media al mundo laboral) y se coloca como secretaria de un miembro de la Cámara de los Comunes. Joven, guapa y soltera, no puede, según las convenciones de su época, vivir sola, por lo que se instala en la pensión Gavin. 

Y allí, en la pensión Gavin, nos encontramos con todo un abanico de los más variopintos personajes: desde el peculiar mayordomo, Gustave, hasta la terrible señorita Wangle, cuyas máximas credenciales en la vida son las de ser sobrina-nieta de un obispo…

Este es el entorno, terriblemente aburrido y convencional, en el que se desenvuelve Patricia, hasta que, enfurecida por una conversación sobre ella que ha oído a la señorita Wangle y su acolita, la señora Mosscrop-Smythe, se embarca en una mentira de inesperadas consecuencias.

Jenkins destaca especialmente en los diálogos brillantemente ingeniosos y en la descripción de ambientes. A lo largo de la narración, sus personajes nos irán mostrando los usos y costumbres de la clase media y de la clase alta británica, representada está última por el voluntarioso lord Bowen, la encantadora lady Tanagra y la muy vivaz lady Peggy.

Y mención especial merece, entre todos los personajes de esta novela, el señor Triggs. Se trata de un anciano encantador, con el que Jenkins consigue crear un personaje a la altura de los mejores de Dickens. El señor Triggs es el padre de la estirada y muy esnob señora Bonsor (la esposa del jefe de Patricia), descrita por su mismo padre como “… una de esas personas que no se conforman con tocar el timbre, sino que tienen que mantener el dedo pulsado sobre él”. 

Por boca del señor Triggs, Jenkins desarrolla una exquisita descripción del verdadero amor, eso sí, muy diferente a la caustica definición que del mismo sentimiento hace Peel, el mayordomo de lord Bowen, que dice en un momento de la narración: “El amor, milord, es como una enfermedad. Si anda en su búsqueda, lo encuentra; si lo ignora, no le causa molestias”.

A pesar de que la novela se desarrolla en plena I Guerra Mundial, las referencias al conflicto son escasas (apenas alguna mención en cuanto al racionamiento de alimentos y a la historia militar de lord Bowen y su amigo Godfrey Elton), excepto en uno de los capítulos finales, dedicado a los efectos de un bombardeo en Londres. Este capítulo, quizás uno de los mejores del libro, destaca por la profundidad psicológica con la que Jenkins consigue mostrarnos el efecto del miedo en cada uno de los habitantes de la pensión Gavin según sus variadas personalidades.

Está claro que la novela, publicada en 1918, buscaba fundamentalmente proporcionar un rato de evasión de los terribles sufrimientos producidos por los años de guerra. Y es su mérito el que hoy, casi 100 años después de su publicación, mantenga esas mismas virtudes de amenidad y amable distracción de los sinsabores cotidianos.

En definitiva, quien quiera pasar un placentero rato de lectura y acercarse, a la vez, a un mundo ya desaparecido, lo encontrará en Patricia Brent, solterona, con el siempre grato añadido de la preciosa edición, en la que hay que destacar la cuidada traducción, las acertadas notas a pie de página y las bellísimas ilustraciones a color de Iván Cuervo.

Y como despedida, nos atrevemos a hacer una sugerencia a la editorial: sería estupendo para los amantes del relato detectivesco que, quizás en su estupenda colección “Misterios de época”, pudieran rescatar a Malcolm Sage, el detective creado por Jenkins y que, aunque desconocido en España, figura en alguna antología de novela policiaca a la altura de clásicos como Sherlock Holmes o Poirot.

dÉpoca, 2016
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José María Sánchez Pardo


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