Joakim Zander: el sueco que leía novelas de espías

Nuevos cambios en las agencias de espionaje

No es Suecia un país muy dado a la intriga, ni tampoco Escandinavia en toda su amplitud. Más bien se dedican a novela negra debido, casi sin duda, al clima tan horrible que sufren y que provoca más asesinatos que ganas de guardar secretos. Tampoco Joakim Zander es un islote aislado en este gran mundo.



Zander, como otros muchos compatriotas, no han cultivado el género sino que lo han bordeado, han bebido de la narrativa más clásica del género y han evolucionado a una variante anglosajona, el thriller internacional. Es esa variante, muchos ni la consideran así, que tiene más vida, más ajetreo, se adapta mejor a la ficción. El mismísimo Henning Mankell ha hecho alguna alusión a ese campo, como por ejemplo El hombre inquieto, y como prima hermana de la novela criminal también se podría recordar que Los perros de Riga tienen toques, más que sutiles, del género. 



la disección de los nuevos cambios


Sin duda Leif G.W. Persson, otro sueco, tiene más trabajo en ese campo, su trilogía “El declive del estado del bienestar” aborda, con fruición, ese campo, aunque lo hace en clave doméstica y este tipo de novelas tienen que poseer mucho más espacio.

Quién más ha aportado a ese campo en Suecia ha sido Jan Gillou, con otra variante de las novelas de espías, el thriller político que sin duda le auparon a cierto grado de maestría en el género, seguramente por atacar la ficción desde una óptica completamente diferente.

Podríamos citar también otros autores que coquetean con ciertos elementos del género, como el vecino Jo Nesbo, pero tendremos que ir a Dinamarca para hallar una verdadera referencia en el campo, Leif Davidsen, un escritor que se puede considerar verdadero padre de la novela de espías nórdica y que con seguridad ha influido en Joakim Zander, aunando en un escritor la acción de una novela de espías y al mismo tiempo el ritmo propio de una narración pausada y detallada muy típica del mundo escandinavo.

Pero lo más interesante de Zander no es su ascendencia, ni tampoco su forma de afrontar el género, lo más destacado es la modernidad de sus ideas, la disección de los nuevos cambios en las agencias de espionaje y como esos cambios se interrelacionan con un nuevo factor, el económico.

Muchos pensarán, y no será un error, que tras la caída de la URSS el espionaje sufrió un gran cambio, ya no había oponente de nivel a quién enfrentarse, los grandes presupuestos se acabarían y entraríamos en otra dinámica muy diferente tanto a la hora de guardar secretos como de descubrirlos, pero no fue así. Las agencias de inteligencia siguieron prosperando, ganando peso en el presupuesto porque eran capaces de dotar de influencia a los estados, pero un buen día, unos señores se les ocurrió lanzar un avión contra unos edificios y eso sí que produjo un cambio absoluto. Existía un enemigo, tan taimado que había estado escondido, tan escurridizo que se escondía en montañas lejanísimas con nombres como Tora Bora, con unas maneras y formas que no se llegaban a entender y que hicieron que el mundo del espionaje diera un gran vuelco, una Apocalipsis incontrolada. Había un enemigo del que se desconocía casi todo.

Tan ajeno a lo que se estilaba, a lo que se acostumbraba que provocó que las propias agencias tuvieran un límite para tratar con ellos, que los métodos que usaban en esa lucha fueran considerados inadecuados, que no fueran suficientes, de ahí surgieron lugares como Guantánamo o lo que era lo mismo esquivar la legalidad vigente. El siguiente paso, ya estaba creada la necesidad, fue crear empresas capaces de hacer frente a esas nuevas necesidades. Ya teníamos un capitalismo de la inteligencia y unas empresas capaces de proveer conocimiento y recursos que hasta la fecha eran propiedad del estado. Una gran ayuda o un riesgo inasumible para nuestras sociedades. 

Para añadir el último ingrediente tenemos que hablar de un señor llamado Snowden, un tipo peculiar cuyo legado fue el conocimiento de que la red de redes no era segura, que los estados espiaban a todos, tanto sus ciudadanos como los que no, y se hacía desde la más absoluta impunidad. 

Ya no sólo se dejaban secretos al alcance de una empresa privada sino que también se espiaba a sus propios ciudadanos y no lo hacía el estado, que ya estaría mal, sino que buscando la eficiencia económica se subcontrataba, un cóctel curiosísimo, tan curioso que escritores como Zander se dedicaron a ficcionarlo y lo que eran locas historias de conspiraciones ya podían tener una base real.

La base real se asienta en el dinero, el beneficio que se obtiene de un estado débil que en su incapacidad privatiza, capta empresas, deja hacer a un capitalismo cuyo único propósito es el beneficio económico, si por medio atrapa a un honrado ciudadano es una víctima más de semejantes cambios y en ese espacio hay hueco para una buena novela de espías.

Zander juguetea con esos productos, con esa realidad, lo hace en su primer libro “El nadador” anteponiendo los nuevos tiempos con los viejos, mostrando claramente como un viejo espía observa las nuevas prácticas y con un tono equinoccial nos va mostrando el desmantelamiento progresivo de las grandes agencias de espionaje. Como las purgas internas, la propia dinámica culpabilizadora de esas agencias van sembrando el desánimo en sus empleados, como esos mismos empleados son meras víctimas de decisiones tomadas en otros niveles y que en su vida diaria pueden pasar por amables amas de casa o padres complacientes.

El escritor sueco aborda ese sendero de ficción con buen pulso, mostrando como la realidad obliga a pasar de una alianza y una promesa de ayuda a combatir a aquellos que se les prometías alianzas, como los juegos de poder van sembrando la esquizofrenia en los agentes puesto que llegan a un punto en que son incapaces de distinguir a quién sirven o por qué lo hacen.

Todo es así confuso en las novelas de Zander, los intereses van mucho más allá de los protagonistas, se alejan dirigiéndose a altas esferas donde se toman decisiones impensables, pero siempre se evita la conspiración, se huye de ella, como si fuera un terreno minado para la ficción, porque sin duda es donde las grandes novelas de espías pierden mucho sentido.

Zander nos obliga a pensar, a plantearnos los hechos que esconden cambios mínimos, pequeños retazos que crecerán y serán de enorme envergadura, nos obliga a plantearnos si nuestra sociedad y nuestro estado está preparado para poner coto a los intereses económicos. 

La respuesta está entre las páginas de sus dos novelas: 


Publicar un comentario