Falcó. Arturo Pérez-Reverte

Antiguo traficante de armas, intermediario y comisionista reciclado en servicios de inteligencia

Una operación de otoño del 36
Se toma la lectura de un autor tan reconocido como Pérez-Reverte con cierta prevención, entre el grato recuerdo de alguno de sus mejores títulos y el no tan grato de otros títulos fallidos, quizás por su propio desacierto, quizás por las presiones editoriales que a veces pesan sobre algunos de los autores con más tirón comercial y tanto se notan a los ojos de los lectores. Pero en este caso vamos a olvidar muy pronto esos recelos porque, casi desde la primera página, vemos apuntar las mejores características del mejor Reverte: agilidad en el relato, acción casi cinematográfica, cuidadosa construcción de los personajes y una ambientación histórica exhaustiva que, con las mínimas licencias impuestas por la narración, despliegan un detallismo milimétrico desde la canciones de la época hasta la ropa, las marcas y modelos de relojes, encendedores, sombreros, automóviles, armas y un larguísimo etcétera que incluye perfumes, tabaco y hasta maquillajes femeninos.

Precisamente por esa obsesión por la reconstrucción histórica tan cuidada, llama la atención algún pequeño desliz como el de hablar del “general Moscardó” en el asedio del Alcázar cuando, por aquellas fechas, Moscardó no era más que coronel. Pero choca aún más que el autor haya recogido la teoría conspirativa, históricamente muy poco rigurosa (aunque fueran más que ciertos, tanto la animadversión personal entre los dos personajes como el indudable provecho que el general obtenía de la desaparición del fundador de la Falange) que achaca a Franco la autoría del fracaso de la operación de rescate de José Antonio Primo de Rivera de la cárcel de Alicante. Porque esa operación del otoño de 1936 es la que nos cuenta Pérez-Reverte de la mano de su nuevo personaje: Lorenzo Falcó. Esa operación y las consecuencias de su supuestamente inducido fracaso.


la guerra de Lorenzo Falcó era otra


Pero no nos engañemos por las consideraciones históricas. Falcó es una novela ambientada en la Guerra Civil pero no es otra novela más sobre la Guerra Civil. Aunque esté desarrollada en ella, podría haberlo estado en cualquier otro tiempo y lugar. Porque ésta es una novela de personajes y de relaciones personales, de reflexión sobre la naturaleza humana, capaz de lo mejor y de lo peor en las circunstancias propicias. Novela de reflexión sobre las miserias de la guerra, de la gente que mueve los hilos de la guerra, más bien, pero también -y mucho- novela de acción llena de golpes de efecto, con el ritmo trepidante de un thriller que el autor impone, sin ahorrarnos abundantes detalles de toda crudeza con asaltos, torturas, asesinatos o sexo explícito, a un relato que va creciendo en intensidad al tiempo que crece nuestro interés.

Estamos, además, ante una novela de buenos y malos. No porque Reverte elija (¡bien al contrario!) bando, sino porque hace desfilar por las páginas del libro, bajo su inmisericorde juicio, todo el catálogo de tipos humanos que, en las especiales circunstancias de la guerra, da rienda suelta a lo peor de la especie humana. Especialmente crítico se muestra con quienes, en la retaguardia, lejos de la dura realidad del frente, se sirven de la impunidad que les proporciona un carnet, un uniforme o cualquier otra condición para aprovecharse miserablemente en sus venganzas personales o en su impúdica codicia de poder, sexo o dinero. Pero no sólo se ceba en los aprovechados; tampoco escatima desdén hacia los apasionados idealistas cuyo ciego entusiasmo no comparte en absoluto:

-“¿En qué habría de creer?, ¿en unos generales llamados por Dios a salvar a España?, ¿en una República proletaria, bondadosa y honrada?... Eso os lo dejo a vosotros. A los muchachos con fe”. “Soy hombre de negocios. La guerra dificulta unos y facilita otros”, nos había dicho ya en la segunda página del relato.

Ése es Falcó. Antiguo traficante de armas, intermediario y comisionista reciclado en agente de los servicios de inteligencia de la joven República en el Mediterráneo oriental, para servir ahora al Alzamiento. Nuevos amos, mismos beneficios. Entre tanto dolor y tanto idealismo político se alza impávida la figura del protagonista, a quien no altera más sentimiento que sus propios fines: “la guerra no era asunto suyo (…), la guerra de Lorenzo Falcó era otra y, en ella, los bandos estaban perfectamente claros: de una parte él y de la otra todos los demás”. Falcó no tiene más lealtades que las personales ni más pasiones que su conveniencia y sus placeres: la vida, las armas y las mujeres. Es un lobo solitario, cínico y depredador si se tercia, para el que su misión en la guerra, como antes en la paz, no es más que “un trabajo” en medio de los terrores y las ilusiones de los otros; un trabajo que él ejecuta con la limpia frialdad del profesional, ajena a cualquier emoción, incluida la amorosa, centrada aquí en el personaje de Eva Rengel, casi tan fría y aún más enigmática que el propio Falcó, casi… o eso parece. Porque el tramo final de la obra, que se centra en la compleja relación entre estos dos personajes marcados por sentimientos contradictorios, nos lleva a un desenlace con dos últimos golpes de efecto consecutivos. Dos hechos que producen un giro sorprendente rematado por el autor con ese aire cinematográfico que tiene toda la novela, dejando así abierta la historia.

¿Continuará? Sospechamos que sí… y lo esperamos ansiosos.

Alfaguara, 2016
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Ángel Luis Pastor


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