La escena. Clarence Cooper Jr.

El mundo de la heroína, sus estructuras de poder, sus relaciones con la policía

A Rudy Black, un chaval negro de 21 años, adicto a la heroína, y que ya se vale como chulo de putas, le interesa estar a bien con el Hombre, el mandamás del tráfico de heroína de La Escena, un ficticio sector de una gran ciudad norteamericana en los años 50. Para ello deberá hacerse cargo del destino de Andy Hodden, de quien la organización sospecha que puede ser un confidente de la policía.

Siguiendo las peripecias del protagonista, el autor nos introducirá sin complejos en el mundo de la heroína, sus estructuras de poder, sus relaciones con la policía, y nos ofrecerá un dantesco retrato de las gentes que pululan alrededor del mismo, y que como moscas ante la mierda, mantendrán una relación de desesperada y brutal competencia para conseguir su tajada diaria.

La relación de los heroinómanos con la droga queda expresada en este párrafo de la novela: 

Su vida cabía en un instante. No había días en su mundo de yonqui. Solo había momentos para pillar y momentos para ponerse y momentos para amuermarse y volver a pillar

o en este otro: 

—Mañana es domingo. El día de la muerte 

(porque no se vende los domingos).

Las idas y venidas de Rudy Black nos llevarán a conocer muchos otros ámbitos de la zona oscura de la sociedad norteamericana: el proxenetismo y la prostitución, con las singulares y terroríficas relaciones de dependencia que generan


desesperación y horror entre los adictos


Otro tema que trata la novela es el de la relación de los políticos con este mundo, del que fundamentalmente quieren que no se vea, que no tenga visibilidad para el resto de los ciudadanos. 

Y como un tema poco habitual en este tipo de novelas, aparece el del mundo de las rateras, las mujeres que se dedican a robar, sobre todo ropa, y que tienen unos códigos algo distintos de las prostitutas pero que comparten en muchos casos con ellas una brutal dependencia de sus chulos.

Unos personajes que no podían faltar son los policías, encarnados fundamentalmente por Davis y Patterson de la Brigada de Estupefacientes, pero aparecerán muchos más, que servirán para protagonizar las muy diversas actitudes que el fenómeno de la drogadicción provoca en aquellos que se supone están encargados de su erradicación.

Pero si la parte novelística está muy conseguida por la brillantez del estilo, la fuerza de los personajes, y la viveza de diálogos y escenas, no podemos dejar de lado el valor documental de este gran libro, en el que entre otros momentos memorables, está la pavorosa descripción del pánico ante la ausencia de heroína de las calles, y la desesperación y horror que este hecho provoca entre los adictos.

Además es muy destacable que la visión que nos transmite de este fenómeno social, no se reduce a los bajos fondos y las zonas deprimidas y degradadas por el tráfico y consumo de drogas, sino que trata al fenómeno de la adicción a las drogas como un asunto transversal entre distintas clases sociales y razas

Y a lo largo de toda la narración una pregunta se nos va proponiendo continuamente y es intentar entender el poder de la dependencia al consumo de drogas (aunque esto sería ampliable a las relaciones de algunas mujeres con sus hombres), y que cristaliza en el diálogo final que tienen dos yonkis: 

—No lo sé, tío. ¿Tú lo sabes? ¿Me podrías decir por qué no deberíamos ponernos? 
—No —responde con impotencia Phil. 
El negro se echa a reír. 
—Ese es exactamente el tema. Nadie es capaz de decirnos por qué no deberíamos ponernos.

Una novela sobrecogedora y apasionante.

Sajalín, 2016
Compra en Casa del Libro

José María Sánchez Pardo




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