Y eso fue lo que pasó. Natalia Ginzburg

Las honduras del otoño propician un entorno idóneo para la lectura

Aunque rescatada por Acantilado al comienzo del verano, quizá son las honduras del otoño —la estación en que las avenidas de los parques se cubren de hojas secas, el alma de oscuros presagios las que propician un entorno idóneo para la lectura de Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg: un disparo en mitad del otoño, una sorprendente novela negra que constituye un vertiginoso e ineludible regalo para el lector.

Yo le dije: dime la verdad
Me contestó: ¿qué verdad?
Dibujó algo a toda prisa en su cuaderno y me lo enseñó: un tren muy largo con una gran nube de humo negro y él asomándose por la ventanilla y saludando con un pañuelo
Le pegué un tiro entre los ojos



precursora de la más original novelística policiaca


Imposible imaginar un comienzo más directo y envolvente que este disparo con que se inicia Y eso fue lo que pasó. Se justifica casi como un relato en sí mismo. Imposible no acercarse al banco solitario de una solitaria avenida en un parque de Turín, cubierto de hojas otoñales, para tomar discreta e imaginariamente asiento junto a la uxoricida de Y eso fue lo que pasó y escuchar el soliloquio de una mujer que recapitula, en cien tensas páginas, antes de acudir a presentar deposición ante la policía, los acontecimientos de toda una vida, lo que pasó, antes de que descerrajase a su marido ese disparo entre los ojos.

Natalia Ginzburg publicó E stato così en 1947, tras un proceso de escritura entre octubre y diciembre del año anterior: el primer otoño después de la guerra. Y es un Turín anguloso, desvencijado, frío y desolado de posguerra el que aflora de las páginas del libro. Pavese todavía estaba vivo. Se suicidaría tres años más tarde, en una habitación que Ginzburg visitaría varios años después, para recordar a su antiguo amigo de la editorial Einaudi. 

La novela no tiene nada que ver con Pavese, pero sí tiene que ver con el Turín de Pavese, y con la guerra, y con la persecución y el sufrimiento, con años de hambre y exilio. Hay un oscuro y terrible trasfondo en las 100 apretadas páginas de Y esto es lo que pasó. Natalia Ginzburg desarrollaría minuciosamente ese trasfondo casi dos décadas después, en su libro más celebrado: el autobiográfico “Léxico familiar”, crónica familiar, personal e intelectual que recorre desde la infancia palermitana hasta la adolescencia y la juventud en Turín, y se demora especialmente en los vertiginosos años 30 en Turín, el ascenso del fascismo, las leyes raciales, las expulsiones, los “confino”, (destierro de intelectuales antifascistas a otros lugares de la península itálica, del que Carlo Levi retornaría con el extraordinario “Cristo se paro en Eboli” que Francesco Rosi transpondría al cine en 1979). Para ese otoño de 1947, Natalia Ginzburg había traducido ya toda la obra de Proust (para Einaudi, la editorial en la que trabajaría y a la que estaría ligada de por vida), había sufrido el “confino”, acompañando a su marido León Ginzburg en una pequeña localidad de los Abruzzo, había conocido que su esposo había sido encarcelado, torturado y asesinado por los nazis durante el periodo que siguió a la caída de Mussolini, había sobrevivido a la deportación refugiada en un convento para monjas de las afueras de Florencia, había descubierto y editado a escritores como Italo Calvino. De algún modo queda sincronizado todo ello en el trasfondo de Y eso fue lo que pasó: pero Ginzburg desarrollaría esos temas más tarde, se supedita en esta su segunda novela a una trama y una evolución precursora de la más original novelística policiaca. 

Desde nuestra tradición, la voz de Carmen Laforet, o el soliloquio de Cinco horas con Mario en Miguel Delibes, nos predisponen para que de algún modo nos resulte familiar el tono de la uxoricida de Ginzburg. El registro recuerda a Nada: esas apretadas, sumarias, lacanianas voces de las mujeres que han pasado una guerra, y viven sobre los restos humeantes de los años inmediatamente posteriores, llenos de silencios, cuando la voz sale como un lamento. Basta que la mujer relate fríamente los hechos desnudos de cuatro años de matrimonio en medio de un frío Turín de posguerra, la arbitraria infidelidad de un marido intelectual que además de traducir a Rilke mariposea entre los vaivenes de la voluntad como representación, desea abiertamente a otras mujeres y establece las reglas de campos de juego alternativos, basta la descripción de la muerte de la hija de la uxoricida en una pensión de San Remo, para comprender la brutalidad de un gesto: “le dispare entre los ojos”, e imaginar los posibles descargos. 

Scerbanenco, también de origen ruso, había abierto la primera veta de su narrativa negra en 1940 con sus Seis días de preaviso; en el Pavese de Paesi tuoi late, como vería años más tarde Visconti, la influencia del McCain de El cartero siempre llama dos veces. Escritores como Alessandro Varoldo, Ezio d`Errico o Augusto de Angelis venían nutriendo durante los años 30 las publicaciones del sello “Giallo” fundado en 1929, y Carlo Emilio Gadda se había adelantado ya con Quel pasticciacio brutto de Via Merulana.

Pero es muy original presentar la narración como el monólogo de una asesina que recapitula, y prepara, su próxima deposición frente a la policía. Ginzburg era tenazmente behaviourista en términos más radicales que Simenon y su hilo narrador se apoyaba firmemente en postulados de Gertrude Stein y de los clásicos franceses que amaba: Maupassant y Flaubert, además de Chéjov. 

Si va a ver en esa exposición a la policía hechos que la disculpen ante la justicia formal, es dudoso. Ante la justicia humana, está disculpada. Y frente a la justicia literaria, está más que exculpada: el relato arrastra. Y es tal vez una de las más originales y brillantes novelas negras publicadas en este 2016

El Acantilado, 2016
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Ramón García


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