Pólemos

Una operación de comando, en plena noche, con una precisión milimétrica

Para que nadie lo olvidara; para que a nadie le cupiera la menor duda de por qué estaban haciendo lo que hacían, de cuáles eran sus motivos.



Habían salido pertrechados con todo lo necesario para llevar a cabo la acción. Lo llevaban planeando desde hacía tiempo. Una acción sonada. Una operación de comando, en plena noche, con una precisión milimétrica, que debía ejecutarse de manera meticulosa. No querían dejar nada al azar. Quedaron en la colectiva Nosotros, a las dos de la madrugada. Desde Exarchia bajarían hasta su objetivo, la avenida central de Atenas. Arrancaría en Panepistimiou hasta desembocar en la plaza Sintagma, delante del Parlamento Ahí iban a dejar su marca coincidiendo con el primer aniversario.


se trata de una acción anónima


Se pasaban una botella de cerveza, Alpha, hacía tiempo que beber Fix estaba mal visto en ciertos ambientes, para calmar los nervios. Eran cinco y ninguno de ellos tenía más de veinte años. Extrema juventud y arrojo. Inconsciencia. No necesitaban más dadas la circunstancias. Material demasiado inflamable e imprevisible. Figuras homogéneas. Un mismo patrón físico. Vestidos de manera idéntica: vaqueros, sudadera ancha y zapatillas, ropa oscura para moverse por la ciudad al amparo de la noche. No demasiado altos, pelo muy corto, delgados, acostumbrados a echar a correr a las primeras de cambio, en cuanto vieran aparecer a los maderos. Incluida ella. Podría pasar desapercibida, pero bajo ese uniforme se detectan unas formas inequívocas a pesar de todo.

A sus compañeros les incomoda que vaya con ellos. Una chica y todo eso. Pero en más de una ocasión les ha demostrado que, llegado el momento, tiene más cojones que ellos. Ha impuesto su criterio en la reunión. Tiene su derecho, sus razones y los ha hecho valer. No había lugar para más discusiones. Iban a tener que tragársela les gustara o no.

Los cinco llevaban una mochila en la que guardaban el material para llevar a cabo la acción. Al día siguiente, esperaban, todos se preguntarían quién había hecho aquello.

Desde el primer momento, quedó muy claro que lo que menos importaban eran las individualidades. Que se trata de una acción anónima. Que no habría lucimiento personal. Que ningún grupo iba a reivindicarlo como propio. Sólo importaba una cosa: que no cayera en el olvido. Hacer algo que se removieran las entrañas. Dar una patada en la boca a la gente que pasara por allí, para que despertaran propios y extraños.

Eso sólo debía ser el primer acto. La primera traca para empezar el espectáculo.

Llega la hora. Los cinco se miran y echan a andar. Es la chica la que lleva la voz cantante y el resto la sigue como un rebaño de mansos corderos. Cualquiera diría que se trata de cuatro chavales fogueados en varios enfrentamientos. Uno de ellos luce con orgullo una cicatriz sobre la ceja izquierda. Es el líder desplazado que deja hacer, esperando a que llegue su oportunidad. A que ella se queme, aunque por el aplomo con el que va andando, con la mochila colgada, sin mirar atrás para comprobar si la siguen o no, parece improbable. La chica es consciente de lo que tiene entre manos.

Caminan en silencio. Concentrados. Algunos se han puesto los auriculares y van escuchando música. Rap. Las canciones de Killah P, asesinado por un nazi de Chrisi Avgi, son un himno para todos ellos. El aura del mártir que los protege cuando entran en acción, una forma de comunión laica. Parecen una columna que se introduce tras las líneas enemigas para dar un golpe de mano. Se mueven por un terreno conocido. Esas calles les dan seguridad. Es su territorio. Lo conocen. Saben que si las cosas se tuercen y toca huir, encontrarán una puerta abierta. Un refugio seguro hasta que se calmen las aguas.

Cuando abandonan la seguridad del barrio se tensan. Los pasos se hacen más cautos. Se echan las capuchas y se cubren los rostros con las palestinas. Buscan fundirse con las sombras, esquivando los haces de luz anaranjada o amarillenta de las farolas. Pasar desapercibidos. Pasos amortiguados sobre el asfalto. Rara, Atenas sin tráfico, sin ruido. La chica sigue encabezando la marcha, atenta al silencio y sólo oye el batir de la sangre en sus sienes, la emoción que le agarra la garganta, la rabia y la nostalgia que le mojan los labios a partes iguales.

Los músculos se paralizan cuando se oyen voces que los increpan. La primera que se detiene, sobresaltada, es la chica. Todo se va al carajo, piensa. Tan cerca ya de su objetivo. Es el instinto del soldado que se sabe en campo enemigo y por ese motivo tiene que extremar las precauciones si quiere volver a luchar al día siguiente. El resto la imita por inercia. Algunos de ellos ni siquiera se han percatado de nada. Miran a la figura menuda y tensa de la chica preguntándose qué coño le pasa a ésa. Hasta que se dan cuenta y se tragan los reproches. Cinco rostros cubiertos se giran al mismo tiempo que se enfrentan a un grupo de sin techo o tal vez refugiados, es difícil distinguir a unos de otros, que deambulan por las calles en busca de un lugar en el que cobijarse. Tardan todavía un rato en darse cuenta de que la jarana no con va con ellos. Que ni siquiera se han percatado de la presencia de la columna de encapuchados en avanzadilla, que cruza ahora los jardines buscando el resguardo del muro trasero de la Biblioteca Nacional.

Se reprimen gritos de alivio. Sólo se ve reflejado en los cinco pares de ojos que llamean por encima del filo de las palestinas, avivados por la adrenalina del momento. Una adrenalina que les hace temblar y reír, nerviosos, bajo el trapo blanco y negro. La inminencia del combate. Es ella la única que en apariencia mantiene la calma, controlando la euforia silenciosa que se contagia de unos a otros. Tiene claro el porqué está allí esa noche. Motivos propios, muy alejados del subidón que buscan sus compañeros de partida, más allá también de un supuesto compromiso político o lo que coño fuera a esas alturas del partido.

Se cabrea cuando huele a hierba. Uno de sus compañeros está liándose un porro con la intención de fumárselo entre todos. Para darse valor. Para que la euforia no decaiga en ningún momento. Se pone en pie de un salto. La luz anaranjada le da un aspecto fantasmal. No les lanza reproche alguno. Es más que evidente lo que piensa de ellos, no hacen falta palabras. El modo en que se da la vuelta y reemprende la marcha, con la mochila a la espalda, es más efectivo.

Sabe que está sola en aquéllo y no le importa. Que la sigan o no, no es asunto suyo. Ella estaba allí. Era lo único que contaba.

Erguida delante de la estatua de Charílaos Trikoupis, frente a la Biblioteca, calibró las posibilidades que tiene. Calcula a ojo distancias, esfuerzo, puntos de escape si las cosas se tuercen. Sonríe por primera vez en toda la noche aunque nadie la pueda ver. Sabe que ha llegado el momento y, extrañamente, se siente muy tranquila. Nada que ver con los nervios previos mientras avanzaban desde Exarchia. Va a saldar una deuda pendiente.

Giró sobre sus talones. El resto del comando aguardaba la orden. Se espera a que el de la cicatriz tome el mando llegados al escenario. Cuestión de experiencia a pesar de su juventud. Sin embargo, todos aceptan el liderazgo tácito de la chica. Su aplomo los convenció.

Dejó que la mochila se deslizara desde sus hombros huesudos hasta el suelo. Seguía el ritual en silencio, como si estuviera sola, sin reparar en la presencia de sus acompañantes. La abre y saca el material para ejecutar la acción. No hay órdenes, todo se lleva a cabo como estaba planeado. Los mira uno a uno. Ya sabéis a qué hemos venido, parece decirles. Los chicos se muestran torpes, indecisos, sin saber por dónde empezar.

Estudió con detenimiento la estatua del prócer de la patria. Calibra la posibilidad del pie de la estatua. Cambia de opinión. Echa a andar ante la mirada atónita de los muchachos. Sobre la escalinata de la Biblioteca Nacional coloca la plantilla y agita el aerosol rojo. Tiene la certeza de que el ruido de la bola metálica agitando la pintura en el interior del bote se oye en toda Atenas y que de un momento a otro, la ciudad volverá de golpe a la vida, sorprendiéndola. Le aterra sólo pensar que no podrán llevar a cabo la acción. Que le fallará.

Pintura roja sobre fondo blanco. La cara de él. Su nombre, el de él, para que no caiga en el olvido. Y debajo la silueta de un AK-47 con un eslogan para que nadie se llame a engaño: stáseis, revolución. Eso último podían habérselo ahorrado, piensa, pero es el peaje que debía pagar.

Cuando ves caer a tu novio con la cabeza abierta por una bala de goma, lo que menos te preocupa es cambiar el mundo. A partir de ese momento, todo idealismo se va a tomar por culo y con él, toda certeza y esperanza. Sólo quieres que el mundo arda. Que alguien pague. Culpable o inocente, eso da igual. Nadie le preguntó a ella. Nadie le pidió perdón o le dio una explicación. Se quedó sola en mitad del combate, sin saber qué hacer, sin entender nada de lo que pasaba a su alrededor. Una vida más que menos, una pieza que se pierde sobre el tablero, tiene poco peso.

Notó el filo de la palestina húmedo sobre sus pómulos. Con un gesto rápido, para que sus compañeros no notaran nada, se limpió los ojos. Suspiró y apretó los dientes. Había prendido la mecha.

En cuestión de segundos el escuadrón se dispersó por la avenida para ejecutar el bombardeo. El siseo de la pintura saliendo por las boquillas de los aerosoles se convirtió en banda sonora. Pasaban de un lado a otro con extrema rapidez y precisión, sin pararse demasiado a pensar dónde colocaban la plantilla y hacían la pintada. Sin escrúpulos. No se libró ni la puerta de la iglesia católica de San Dionisio. Esa noche las paredes de Atenas se llenarían con la cara de aquel chico muerto, multiplicada, como prólogo de lo que estaba por venir. Ella ya no estaría. Cuando llegaran a Sintagma habría cumplido y podría retirarse. Supo que se engañaba cuando en dirección contraria brillaban las sirenas de la poli.

Carlos Martínez Carrasco


Publicar un comentario en la entrada