Diarios de campo

Nos hemos despedido con un efusivo abrazo, digno de toreros


Lunes 14 de Marzo

Hoy, por ser el primer día, la madre de Miguel ha quedado conmigo en la parada, para así presentarme como responsable a la monitora del autobús.





(La madre de Miguel tiene miedo del cruce que va de la parada a su casa. Lo cierto es que es un cruce muy largo, con isleta en el medio, y dos semáforos que difícilmente se pueden pasar de golpe. Para más inri, según ella Miguel pasa sin mirar apenas los semáforos. En el día de nuestra presentación, por ejemplo, hubo que indicarle al llegar a la isleta que se detuviera, porque en el siguiente semáforo ya estaba poniéndose en rojo y él se disponía a cruzar.)


me ha ganado, pero por los pelos


Tras presentarme a la monitora del autobús, ha aparecido Miguel, y al verme me ha saludado por mi nombre y ha sonreído para sí con cierta timidez.

Le hemos dicho en la acera que nos avisara para cruzar cuando estuviera verde, y en cuanto así se ha puesto nos lo ha dicho y ha salido disparado a buen paso. Hoy, a diferencia del otro día, nos ha dado tiempo a pasar todo el cruce de un tirón. Al llegar a la entrada de su casa le he pedido que me enseñara la cancha de baloncesto, ya que el otro día, como hacía bastante aire, fuimos hasta arriba sin ver apenas el entorno del edificio. Me la ha enseñado con cierto orgullo (es una buena pista y él es, por lo que sé, un buen deportista), pero hemos subido pronto porque hoy también hacía bastante frío.

Una vez en el piso se ha quitado el abrigo, se ha puesto cómodo (es totalmente autónomo) y hemos merendado en su cuarto. Luego hemos jugado a diversos juegos de ordenador (la mayoría de coches de carreras), que al parecer le encantan. Después hemos pasado a juegos de mesa tradicionales. Hemos echado una partida a las damas, y me ha demostrado que controla el juego bastante. De hecho, hemos terminado en tablas, y eso que me he esforzado en ganarle. Luego hemos jugado al parchís, y también domina las reglas y cuenta correctamente. Me ha ganado, pero por los pelos.

La verdad es que jugando se ha pasado la tarde volando. Al despedirnos nos hemos dado un afectuoso abrazo.


Martes 15 de Marzo

Hoy también ha bajado la madre de Miguel a la parada. Al parecer, van a cambiar el lugar de la parada (la de ahora es provisional por unas obras que hay en la rotonda), y así ella me indicaba dónde estaría finalmente. Cuando ha llegado Miguel, nos hemos saludado, hemos pasado el cruce cuando él nos ha indicado (en cuanto se ha puesto verde) y hemos ido a la esquina donde teóricamente parará el autobús. Hay unas buenas obras, así que el cambio de parada será (suponemos) para dentro de unos días. En cualquier caso, ya nos avisarán cuando así sea. Si es la parada en la misma esquina, no tendrá ningún cruce hasta llegar a casa, por lo que su madre creo que se alegrará bastante.

Una vez en casa, Miguel se ha quitado el abrigo, se ha descalzado y ha ido al baño. Hemos merendado juntos en su cuarto, ha puesto un CD de música y luego le he preguntado si le apetecía jugar al billar. Me ha dicho que sí y hemos ido a otra habitación, donde hay un billar muy coqueto, de un metro por medio metro o algo así. Había dos palos sobre el tapete y le he preguntado que cuál era el suyo. Ha mirado las puntas de los dos y ha escogido el que la tiene bien. “Este es el mío”, ha dicho. El otro palo tiene la punta totalmente destrozada. Se ve que a Miguel le gusta ganar. Le he dejado empezar, y como no ha metido ninguna bola de salida, cuando iba a tirar de nuevo, le he dicho que no, que no le tocaba repetir, que ahora era mi turno. Lo ha comprendido perfectamente y ha respetado los turnos de cada uno. Sin embargo, cuando no le venía muy bien darle a la bola (por las reducidas dimensiones de la habitación) movía la bola según le convenía, como los jugadores de billar un poco tramposos, vamos. Me ha ganado la partida (en este caso por los palos, pues el suyo es mucho mejor que el mío) y al acabar le he dicho que teníamos que meter la bola blanca tras dar en tres bandas. Lo ha entendido a la perfección y lo ha intentado como un profesional, pero no la ha metido por poco, ya que la trayectoria había sido la correcta pero le ha faltado algo de fuerza. Cuando en su turno lo ha intentado de nuevo, le ha pegado con toda su alma y la bola ha salido volando del tapete y se ha metido con estrépito debajo de la cama. Cuando me he tenido que meter debajo de la cama para sacarla, Miguel se ha partido de risa. He dejado lo de las tres bandas para otro día (tampoco es cuestión de romper nada) y le he pedido la revancha. Por supuesto me la ha concedido y me ha ganado de nuevo. No hay manera de ganar a este chico, está visto.

Por otro lado, le encanta la música. Tiene montones de cintas, discos y cedés. Le he preguntado si me enseñaba a probar el karaoke, y ha accedido encantado. Nos hemos hartado de cantar y cantar. Miguel canta fatal (peor incluso que yo, lo cual ya es decir mucho), pero le encanta hacerlo, y sin ningún tipo de vergüenza. Al cabo de bastante rato de cantar y cantar (pobres vecinos, pensaba yo), cada vez que se acababa una canción, le preguntaba si lo quitábamos o si seguíamos. Seguimos, seguimos, insistía. Y así nos podían haber dado las uvas. Finalmente, nos hemos despedido con un abrazo.


Miércoles 16 de Marzo

Hoy, por vez primera, lo he recogido yo solo en la parada. Cuando ha llegado nos hemos saludado, le he preguntado qué tal todo y me ha contestado que muy bien. Hemos pasado el cruce cuando se ha puesto verde y él mismo ha abierto la puerta de su casa. Al pasar por los buzones ha cogido las cartas que sobresalían de un cajetín, con la intención manifiesta de llevarlas arriba. Le he indicado que no eran suyas, puesto que no estaban en su buzón, y las ha devuelto a su sitio con cierta pena (los días anteriores ya había advertido que le encanta coger folletos de publicidad de cualquier cosa; los papeles le vuelven loco, vamos).

Hoy decidimos bajar a jugar a la pista de baloncesto. Desde la línea de tiros libres, lo cierto es que Miguel es un hacha. Nos pasamos, lanzamos en jugada, la echa por detrás... En fin, no somos de la NBA, pero nos defendemos bastante bien. En cuanto Miguel mete una, le dejo repetir, y cuando la mete seguida se alegra un montón... Cuando yo hago el ridículo, o alguna tontería, también sonríe abiertamente... Al poco llegan un montón de chicos y se ponen a jugar al fútbol a lo largo de todo el campo de baloncesto, con unas porterías improvisadas, con lo que el jugar a baloncesto se convierte en toda una aventura. Aun así, nos apañamos todos perfectamente y hay cuidado por ambas partes. Somos un patio de colegio muy disciplinado y respetuoso. Al cabo de una hora, algo sudados y agotados, nos sentamos en un banco a descansar un poco.

Tras un pequeño lapso de tiempo, seguimos jugando a un gran nivel. Pasada la hora nos subimos a casa, le felicito por su excelente actuación, y nos despedimos hasta mañana.


Jueves 17 de Marzo

Hoy, como ya decidimos ayer, hemos ido al cine. Concretamente, hemos ido a los cines Palafox, que nos venían bien por el horario. Hemos cogido las entradas, las ha guardado Miguel, le he preguntado qué le apetecía tomar y me ha dicho que palomitas y limonada. Tras coger todo, Miguel le ha entregado las entradas al encargado y hemos entrado en el cine. Durante la película nos hemos tomado las palomitas y las bebidas, por supuesto, y hemos visto la película en silencio, disfrutando del espectáculo. Lo cierto es que no sé si le ha gustado mucho la película o no, pero al finalizar me ha dicho que le ha parecido bien. No se ha levantado del asiento hasta que no se han acabado los últimos títulos de crédito (como debe ser), y al salir ha cogido una revista gratuita con los próximos estrenos de películas. Después hemos parado en diversas tiendas para coger folletos y demás papeles publicitarios y nos hemos ido a la parada del autobús. Una vez dentro, nos hemos sentado al fondo. Allí nos hemos leído la revista del cine durante el trayecto.

Al rato hemos bajado y, una vez ya en su casa, nos hemos despedido.


Viernes 18 de Marzo

Hoy, al bajar Miguel en la parada, nos vamos directamente para el centro comercial, a jugar en la bolera, como ya decidimos ayer al despedirnos. Al llegar a la bolera, hay bastante cola en la zona de control –un montón de chicos esperando-, así que para hacer tiempo a que se despeje la cola nos vamos un poco a la zona adyacente de recreativos. Miguel se monta en una moto de carreras y la pilota con gran pericia.

Al poco veo la zona de control libre y cogemos pista. Nos pregunta la encargada nuestros números (es obligatorio llevar las zapatillas de allí; no saben cómo sacar el dinero) y se lo indicamos: Miguel, 39, y yo, 45. Nos calzamos en nuestra pista y le pregunto a Miguel que cómo se ponen los dedos en la bola: Miguel me lo explica pacientemente (es todo un profesional de los bolos). Le sugiero que empiece él y lanza como un maestro consumado. Lo cierto es que hacemos varios plenos y varios semiplenos, y vamos muy reñidos. Finalmente, gana Miguel (pero no por mucho, eh). Nos lo hemos pasado de maravilla, tirando y haciendo posturitas en plan chuletas.

Después hemos entrado en una cafetería y él ha escogido para sentarnos una mesa que estaba vacía al fondo del local. Han venido a atendernos y él ha pedido una limonada y unas papas bravas. Mientras tanto, me ha comentado que a la semana que viene se va de vacaciones de Semana Santa a la playa, y la playa le encanta. Tranquilamente, nos hemos tomado las bebidas y las papas, he pagado y nos hemos ido. De camino a la parada hemos seguido charlando de las vacaciones. “Mira, Rafa, te voy a decir una cosa”, me ha dicho, solemne, “A mí lo que más me gusta es el mar, por encima de todas las cosas. Lo demás... son tonterías. Lo demás... son cuentos”. Hemos tomado el autobús y de nuevo ha elegido sentarse al final del todo, en dos asientos libres.

Ya en casa, como no nos vamos a ver en una semana, nos hemos despedido con un efusivo abrazo, digno de toreros.


19 de Marzo, Sábado

Hoy me ha llamado Rafa, ¡por fin!, y hemos quedado en ir al cine. Hemos quedado en una cafetería del centro, y Rafa —mal empezamos— ha llegado como un cuarto de hora tarde. Se ha disculpado cortésmente por el retraso, eso sí, y yo, como una tonta, le he dicho que acababa de llegar. No tengo remedio, desde luego.

Le he comentado la película que me apetecía ver, y él me ha salido con que ya la había visto y que si no me importaba ver otra. “¿Y con quién la has visto?”, le he soltado de sopetón, sin pensar lo que decía. “Con Miguel”, me ha respondido llanamente, y a continuación me ha explicado quién es el tal Miguel y la ocupación —me resisto a denominarlo trabajo— que al parecer ha comenzado esta misma semana. Según he podido entender, Rafa está al cuidado de discapacitados, aunque, por lo que me ha contado que hace con el tal Miguel, más que cuidador, a mi modo de ver, parece un señorito de compañía. Un chollo de ocupación, desde luego: van los dos al cine, juegan a los bolos, al baloncesto, al billar… Y encima le pagan.

Como soy una tonta —y no me sabía la cartelera—, le he dejado elegir la película —gran error, que espero no repetir—, y él ha escogido ver una comedia descerebrada sin ninguna gracia. Y lo peor de todo: Rafa rompía a reír de pronto en escenas en las que absolutamente nadie lo hacía, como si de alguna manera vislumbrara chistes que a los demás se nos escapaban. Creía por momentos que la película no acababa nunca. Cuando por fin lo ha hecho, y yo me he levantado abochornada para salir del cine, Rafa me ha pedido que esperara a que se acabaran los títulos de crédito. Me he quedado de piedra. ¿Quién se queda a ver todos los títulos de crédito?

Luego hemos entrado en un bar y Rafa me ha contado su vida, de cabo a rabo. Me ha dicho que lo más le gustaba era dormir y soñar, por encima de todas las cosas. Me ha vuelto a dejar de piedra, desde luego.

Después, cuando se aproximaba el momento tenso de la despedida, me ha dado un besazo en la boca, ¡por fin!, que ha conseguido eclipsar positivamente todo lo anterior. Una vez roto el hielo, nos hemos metido mano como si nos fuera la vida en ello. Y, en lo mejor del asunto, Rafa me ha preguntado si querría ir con él mañana a la bolera, y yo, como una tonta, le he dicho que sí. 


Roberto Malo
(el más y mejor cuentista de la banda)

**relato perteneciente a Los soñadores



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