Prólogo: La estrella de la fortuna

Otros rincones del paraíso

La fatalidad de un William Irish
No empezaré diciendo que Carlos ha sido uno de mis mejores amigos. El azar quiso que uno de mis escritores más admirados pasara a ser gran amigo y consejero. De él aprendí lo poco o mucho que sé acerca de cómo contar una historia. El crimen —de ficción, se entiende— era el telón de fondo de nuestra amistad, el hogar y el lugar al que siempre volvíamos, del que ni siquiera intentábamos escapar. Esto lo teníamos muy claro y asumido.


Una agradable coincidiencia significativa me lleva a prologar esta novela. Los editores, Alicia Arés y Carlos Augusto Casas, me lo solicitaron, y no lo he pensado dos veces. No sé decirles que no, y además La estrella de la fortuna es mucho Merinero. En sus páginas encontraréis sus mejores hallazgos, sus más inesperados golpes de intuición y esa melancolía, ese tono poético que tan bien entronca con la fatalidad de un William Irish.



La estrella de la fortuna nació para ser una película. Sería mediados de los 90 cuando Carlos Pérez Merinero ideó esta historia y escribió el guión, que llegó a leer con mucho agrado Fernando Fernán Gómez, con tanto que quiso asumir el protagonismo y la dirección de una película que desgraciadamente nunca se hizo




un azar que escapa al control de los protagonistas



Diferentes personas cercanas a Carlos aportan versiones opuestas y ninguna es concluyente: no sabemos a ciencia cierta si él escribió esta novela antes de convertirla en guión o si fue al revés. Sin asegurar nada, yo apunto que posiblemente la escribió “por hacer manos”, como él mismo decía, ya que él valoraba la escritura en sí misma, incluso al margen de la posible publicación. Durante largas temporadas, como si fuera un notario o un oficinista, “un mandao de sí mismo”, como él se definía, se marcaba un horario que solía respetar escrupulosamente. Hasta la hora del fútbol o los toros.



Es verdaderamente refrescante leer esta novela en la actualidad, disfrutar las peculiaridades de su escritura, por el contraste que marca con lo que ahora se estila. Carlos planificaba sus novelas con bastante solidez en tanto que definía muy bien la línea argumental, dejando a la improvisación los detalles que encontraba por el camino. Le interesaba más la sensación de conjunto de la novela que la verosimilitud de un dato puntual. Dada su repulsa a la documentación, él solía hablar de “cubrirse”, escamotear la información necesaria para que la trama fluyera, sirviéndose a menudo de generalidades o ambigüedades. 



Además sabía crear personajes realmente intrigantes, inmersos en situaciones imprevisibles. La lógica narrativa, como en tantas otras novelas de Carlos, venía impuesta por un azar que escapa al control de los protagonistas, marionetas tercas como la mula más terca, en una representación de Teatro de la Crueldad cuyo desenlace nos sigue atrapando aunque lo veamos venir desde el principio.



Carlos hablaba mucho de esos azares de la vida que tan bien cuadran con la ficción. Quizás el hecho de haber pasado una vida entera fabulando le otorgaba este punto de vista tan especial: ver la vida desde el prisma coherente y dramático de la ficción. También en esto he sido aprendiz de Carlos y me alegra prologar esta novela suya, que, por cierto, cuenta la historia de dos amigos que encuentran en el crimen su telón de fondo, un hogar y un lugar del que nunca escaparán.


Cuadernos del Laberinto, 2016
Próximamente a la venta


David G. Panadero


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