Las casas de los rusos. Robert Aickman

Profundidad psicológica, ambigüedad y misterio


La historia de fantasmas hace uso de la mente inconsciente
 del mismo modo que lo hace la poesía
Robert Aickman


Historias de fantasmas. Ni lógica ni moral
Ha valido la pena esperar cinco años para poder seguir leyendo en castellano, en una edición impecable como las que nos tiene acostumbrados Atalanta, la obra fantástica de Robert Aickman. Como señala Chris Power en The Guardian: “a la muerte del autor británico siguió el abandono, sólo bastantes años después comenzaron los aficionados a reclamar la reposición de los trabajos de uno de los mejores autores del siglo XX”. Esperemos que la recepción del público sea lo suficientemente intensa para proseguir con una mayor rapidez la publicación de su obra.

Los seis relatos que constituyen este volumen son excelentes. El que le da título, Las casas de los rusos, es una peculiar historia de fantasmas localizada en Finlandia, con una cualidad enigmática y un contenido espiritual de gran profundidad y belleza... perfectamente equilibrado y sorprendente, agotando en él esos queridos recursos que tan bien sabía manejar relacionados con la sugestión subliminal

Profundidad psicológica, ambigüedad y misterio, junto con dramatizaciones contundentes de la interposición de lo siniestro en lo cotidiano (en ocasiones de una sutileza casi imperceptible), son algunas de las marcas de fábrica de este arquitecto, devenido escritor, que tanto amaba la Ópera y los canales de la vieja Inglaterra y que afirmaba que las historias de fantasmas no necesitan aportar lógica, ni moral alguna. 



dos misteriosas hermanas que habitan la casa


Ravissante es una exquisita y perversa fantasía sobre un artista, con toques de attrezzo que nos recuerdan a David Lynch a quien obviamente antecede, que toma como referencia al pintor inglés Charles Sims (1873-1928) el cual acabó cometiendo suicidio tras una etapa mística. Junto con No más resistente que una flor[1] muestra la cara oscura de lo Femenino en diversas y manifiestas modalidades mortíferas. En ambas narraciones “queda claro” que para ocultar es preciso despistar dando mucha y errónea información.

Como señala Matt Sampaio-Hackney, con relación a Ravissante, aunque pueda aplicarse a gran parte de la obra de ficción de nuestro autor: 

Aickman estaba comprometido en una búsqueda de naturaleza fáustica: la construcción de una historia que pudiese reflejar la irreductible complejidad de lo real, donde todas las interpretaciones son provisionales. Quizás andaba a la búsqueda de crear una ficción que eludiera la ominosa ciencia del análisis textual. Desarrollar una historia más allá del compás de lo humano

La tolvanera es una historia perfecta de fantasmas, enmarcada en una mansión con un jardín y unas vistas especiales, a fuer de dos misteriosas hermanas que la habitan, de la cual no están ausentes elementos mordaces. Siguiendo en esta línea de solapamiento de lo satírico-sarcástico con lo monstruoso nos encontramos un relato absolutamente intempestivo e imprevisto en su obra: En crecimiento. Terrible y gratificante historia de “niños perturbadores”, como diría Iria Barro, que irá llevando al lector a lugares cada vez mas sombríos y tenebrosos; todo ello en un contexto hilarante de intensísimo humor negro y ambiente surreal.

Advertirá el lector lo borrosas que son mis descripciones de las tramas, no quiero en modo alguno privarle de ninguna de las sorpresas y las sensaciones que contienen estas pequeñas obras maestras. Estas “historias extrañas”, como gustaba calificarlas su autor.

Sin duda el plato fuerte lo constituye el relato: Las manchas, una historia maravillosa de amor entre un funcionario público que ha quedado viudo y una joven y misteriosa muchacha, de inquietantes orígenes, a la que encuentra en un paseo por el campo. Las manchas[2] de una delicadeza, complejidad y fuerza incisivas, pleno de astucia y ajeneidad, recibió el British Fantasy Award of Short Fiction en 1981; año en el cual el autor falleció victima de un cáncer. 

Como ha señalado Boyd Tonkin: Aickman escribe con una prosa elegante y precisa plena de agudas percepciones sobre el mundo ordinario, tan penetrante que un sentimiento persistente de incomodidad se va desarrollando en nosotros sin que nada de lo que ocurre en el exterior pueda llegar a justificarlo

Para terminar, recalcar que era un hombre rabiosamente antimoderno[3] y posiblemente difícil en sus relaciones con el bello sexo; su primera esposa se hizo monja tras el divorcio y su amante, futura mujer de Kingsley Amis y coescritora con él (fifty fifty) de su primera antología, Elizabeth Jane Howard, tiene para él en una reciente entrevista solamente palabras de resentimiento.

Fue blanco, varón y súbdito de un gran Imperio que aun vive, con cierta dignidad, su irreversible crepúsculo. Fue, y aun permanece, con Nosotros

We are for the Dark…

Atalanta, 2016
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Frank G. Rubio



[1] Este relato había sido ya traducido al castellano por Miguel Jiménez Sales, en una de las antologías de la colección “Terror” de la editorial Molino, con el título: Tan fugaz como una flor. Procede de una antología de Christine Bernard publicada por Fontana Books en 1966. Entre 1964 y 1972 Aickman “editó” ocho volúmenes recopilatorios de historias de fantasmas: “The Fontana Book of Great Ghost Stories”. En ellas publicó seis de sus relatos. 


[2] El relato había sido publicado, un año antes, por Ramsey Campbell en una de sus antologías. 


[3] La pintura y la música con connotaciones humanas han muerto y la literatura agoniza. Incluso el amor, como hasta ahora se entendía, romántico y fiel en proporciones variables, está cediendo su lugar a lo que podríamos llamar “una aproximación veterinaria”. No significa esto otra cosa que un acercamiento mecánico, como cualquier animal de granja puede confirmar. Robert Aickman: River Runs Uphill.



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