El molino de momias. Petr Stancik

La cultura checa, con esa ironía despiadada, un humor muy negro, una aplastante inteligencia...

En la nochevieja de 1865, mientras en el recién restaurado reloj astronómico de la plaza de la Ciudad Vieja de Praga, aparecen a trompicones por dos ventanucos los doce apóstoles y Jesús, y La Avaricia agita la bolsa, la Muerte gira el reloj de arena, y tira del hilo y señala el inicio del año 1866, y la masa de ciudadanos festeja el acontecimiento, el suelo se levanta en un estallido y aparece el cadáver de un cartero con evidentes visos de haber sido torturado.

Con este impactante preludio, se inicia una trepidante historia, en la que se nos mostrarán muy diversas tramas, que se irán intercalando a lo largo de la narración, que nos propondrán, entre otras muy variadas cuestiones, una misteriosa cadena de asesinatos en serie, las tensiones y anhelos de la población checa, no muy cómoda bajo el dominio de los Habsburgos austríacos, las tensiones militares entre el Imperio austríaco, y el agresivo expansionismo de la Prusia de Bismarck, o una descripción de la vida social de la Praga del momento, en la que no falta durísimos daguerrotipos de la miseria de las clases populares.



tramas detectivescas, sociales, políticas, realidades duras


La narración se articula alrededor de las peripecias policiales y no policiales del comisario Durman, de la policía de Praga, joven investigador, inquieto, disfrutador de la comida y especialmente de las magníficas cervezas de su ciudad, así como de los muy diversos encuentros sexuales que le surgen en el transcurso de la narración, que nos propone un personaje inteligente, vital, y vividor, pero con una lucidez irónica y pesimista, que nos recuerda al extraordinario comisario Eberhard Mock, de Marek Krajewski (quizá el checo menos esperpéntico que el polaco), pero como él un investigador todoterreno, que arrostra peligros y situaciones imposibles para desentrañar los misterios que se le plantean, pero eso sí, con una visión de la vida mucho más disfrutona y menos dramática que algunos personajes de ficción. En esa línea podríamos afirmar que este vehemente, perspicaz y hedonista comisario Durman está más cerca de personajes más dionisíacos, como el Monsieur Lecoq del gran Emile Gaboriau, que del apolíneo Holmes de Conan Doyle, y para este estereotipo busca a un compañero de pesquisas el detective Egon Alter, que hace de contrapunto al escesivo y a veces alocado Durman.

El estilo de la novela nos trae al mundo cultural checo, con esa ironía despiadada, un humor negro, pero que muy negro, una aplastante inteligencia trufada de un hedonismo sencillo y poco morboso, que nos recuerda a autores como Bohumil Hrabal. Pero ese relato de línea clara, siempre tiene un punto fantástico, es como que aunque se rija por principios realistas, en una visión periférica siempre hay elementos chocantes, fantásticos, que en esta novela nos regalan momentos extraordinarios como una escena en un campo de túmulos, que podría haber firmado el propio Clark Ashton Snith. Y como muy bien se nos recuerda durante la narración, no podemos olvidar que la acción transcurre en Praga, una ciudad llena de umbrales entre diversas realidades.

De esta forma, El texto, nos va llevando desde tramas detectivescas, sociales o políticas, realidades descritas con una dureza, a veces apabullante que nos recuerda a los escritos de Juan Ramón Biedma. Pero frente a este descarnado realismo nos encontramos con momentos casi mágicos, en los que el autor es capaz de darle un sentido distinto y vital a objetos o situaciones, que nos recuerdan poderosamente a ciertos textos de Gómez de la Serna.

Todo esto se conjuga de forma fantástica en esta novela, que engancha desde sus primeras líneas, y que a lo largo de sus páginas, nos estremece, nos fascina, nos asusta, y nos hace reír, siguiendo las ardorosas peripecias de un personaje inolvidable como es el comisario Durman. Una maravilla de novela que ha sido todo un descubrimiento.

Tropo, 2016
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José María Sánchez Pardo




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