En la muerte de Maurice G. Dantec

Imágenes de las guerras balcánicas, de la descomposición del comunismo, un zoom paranoico



Yo accedí a Les Racines du Mal, la primera novela de Maurice G. Dantec, que fallecía el pasado sábado 25 de junio de 2016 en Montréal, por la puerta falsa de varias decepciones sucesivas. El causante de dichas decepciones fue un error en el orden de lectura. A comienzos de la primavera del 95 elegí Babylon Babies, la primera, única y fallida tentativa de Dantec en el mundo editorial español, como puerto prioritario de acceso a su obra. Los días empezaban a alargarse, las tardes eran lluviosas, las presiones que tenía encima considerables, y mi elección equivocada. Por una u otra razón, mi impresión fue que, sin el negar el poder de la escritura de Dantec, me encontraba ante una especie de telediario enloquecido. Imágenes de las guerras balcánicas y de la descomposición del comunismo ruso aparecían distorsionadas por un zoom paranoico, como si un operador televisivo hubiese desviado el foco hacia un siniestro telón de fondo. 




susurros de Baudelaire y Poe, Lautréamont y Nietzsche


Actividades conspiratorias de las mafias rusas, clonaciones apocalípticas, una muchacha robot con un cuerpo de ensueño y una mente infernal, sectas, todo ello desfilaba en un pandemónium onírico que no dejaba de conservar ataduras suficientes como para saberlo ligado a una realidad no tan lejana ni tan onírica sino mucho más real y cercana: esa virtud de la buena ciencia ficción que nos hace reconocer como propio el mundo que se nos describe en la obra, por fantástico que pueda parecer a primera vista. Me superó Babylon Babies y dejé el libro a un lado, a la espera de tiempos más calmados en los que poder digerir esa pasmosa densidad. Pero las densidades no menos pasmosas de “Les racines du mal” me absorbieron como un embudo desde el principio, sin que pudiera hacer nada por resistirme, desde el momento en que, a principios de un junio de hace 20 años, reclinado el hombro contra un laurel de la calle de Serrano, ataqué la primera frase de esta prolija y perturbadora novela: 

Andreas Schalzman empezó a matar porque su estómago se pudría… 

La frase me pareció poderosa y pandórica: una de esas frases que pueden desatar la caja de los truenos, una frase oscura y retorcida, nudosa y abierta a extraños meandros. No me equivocaba. Esa frase es la fuente de donde nace un río oscuro y cavernoso. Uno río que se despeña hacia los valles más recónditos y siniestros que una mente humana pueda visitar. Arrastrado por voces arcangélicamente luciferinas, Maurice Dantec se da un paseo imperial en esta novela por esos tenebrosos territorios. Le arrullan los susurros de Baudelaire y Poe, de Lautréamont y de Nietzsche. Si uno es capaz de resistir el viaje, vale la pena acompañarle. Pero antes de partir, vale la pena una advertencia. Lautréamont sí se tomó la molestia de prevenir al lector antes de sumergir al lector en sus “ciénagas”. Dantec no lo hace. Pero de Les racines du mal, como de Los cantos de Maldoror no se puede salir indemne. Es algo que conviene tener en cuenta. Es un libro peligroso. Es uno de esos libros malditos con los que soñaban los simbolistas franceses del siglo XIX. Exhala el perfume mefítico de Las Flores del Mal, pero sin afeites. Aquí no hay ademanes estéticos que rediman de la experiencia. El perfume es tóxico y no da respiro. Porque Les racines du mal es un viaje al mal en estado puro. Al Mal Absoluto. Y sin embargo es una metáfora veraz, creíble. Y es además un gran libro. 

Es, como decía la escritora Stéphanie Benson, ante una mesa de una semana negra de hace 20 años, “un monumento”. Es tal vez la novela más imponente que se ha escrito en la recta final del siglo XX. De hecho, es la novela del siglo XX porque es el siglo XX el que alberga en su seno ese mal tenebroso que va a resucitar en sus páginas. Y es una metáfora que cabalga sobre dos géneros nacidos en el siglo XX para plasmarse a sí mismo: la novela negra y la ciencia ficción, pero llevando a los dos a la quintaesencia literaria, al pináculo del genio. Es, simplemente, gran literatura.

Les racines du mal empieza por un viaje vertiginoso al cerebro de un asesino. No es que se describa el entorno del asesino, ni sus circunstancias, ni que se intente una explicación psicológica o sociológica. Es que el escritor está instalado en el centro mismo del sistema nervioso de este asesino en particular. Eso desestabiliza al lector desde el primer momento, arrastrado por imágenes esquizoides que vienen y van como la luz de una antorcha en una caverna a oscuras, bandeado por el mundo siniestro que sale al encuentro desde la primera página, impotente ante este puñetazo verbal que tiene la fuerza de un k.o desde mucho antes de que se produzca el impacto, desde que el brazo se prepara para iniciar el golpe. 

La imagen no es baladí; aunque parezca increíble, esto es solo el comienzo para el carnaval de horror que está a punto de ponerse en marcha, engrasado sobre unos dispositivos que no fallan en ningún momento. El verbo de Dantec no decae en ningún momento, la pulsión narrativa arrastra, devora, empuja hacia el interior de esta flor carnívora donde el incauto lector va a ser devorado, vivo. Porque el horror crece aquí en espirales. No se consuma ni mucho menos en el mundo demente de Andreas Schaltzman. Schaltzman terminará, de hecho, por ser una figura patética. Más que eso. Termina por ser una metáfora de Cristo. Schaltzman es el chivo expiatorio de todo el horror y el espanto de la humanidad. Pero esa revelación va a ocurrir lentamente. Hará falta una voz narradora para tirar de ese hilo. Esa voz surgirá en el libro segundo, cuando la narración pasa a la primera persona. Uno estaba deseando esa primera persona. Y esa primera persona no decepcionará. Es un narrador fascinante, Dark. Dark va a ser nuestro guía hacia el mundo del verdadero horror. Y ese viaje real hacia el horror empieza cuando Dark sospecha que no todos los crímenes atribuidos a Schaltzman son obra suya. Hay piezas que no encajan. Dark es un hombre curioso, quiere saber más. Empieza entonces la investigación. Pero esa investigación va a ser planeada a niveles de una exigencia extrema. Los antecedentes de Dark lo explican fácilmente. Dark es un científico superdotado que trabaja en un mundo de investigación extremadamente sofisticada. La investigación no transcurrirá pues en el clima de la calle sino en una atmósfera de ciencia ficción. El libro segundo se inicia con una elipsis que traza un arco de 180º con respecto al viaje alucinado a la mente de Schaltzman que compone esencialmente el libro primero. El sentido de esa elipsis es situar a Dark en su contexto. Dark es psicólogo, experto en ordenadores, y trabaja en un proyecto de conexión entre las redes neuronales del cerebro y las informáticas, el complejo mundo de los rizomas cuánticos y las redes neuronales. Dantec pisa con fuerza a lo largo de todas esas páginas. No es ciencia para convencer, es ciencia para fascinar. Son esos trabajos de investigación los que terminan por arrastrarlo hacia Schaltzman. Se produce una especie de complicidad entre los dos. Dark intuye que Schaltzman es inocente de varios crímenes de los que se le acusa. Por otra parte, siente cierta compasión, comprensión, por los crímenes que ha cometido, víctima de un incontrolable universo psicótico. De esa incursión en el mundo de las redes neuronales saldrá uno de los personajes más fascinantes de la novela: Neuromatrix. Neuromatrix es un ordenador cuántico (y hablamos de 1995) que llega a asumir características humanas. Más que eso: Neuromatrix llega a convertirse en el personaje más entrañable de la novela. En un mundo cerrado y opresivo como el que circunda a los humanos, Neuromatrix es el único que da muestras de sentido del humor, que manifiesta una debilidad en la que los lectores llegan a reconocerse. Es el único “ser” en la novela con el que es posible encariñarse. Neuromatrix será el compañero infatigable de Dark cuando este se decida al fin a depurar la culpabilidad de Schaltzman e inicie la persecución de los auténticos criminales. Dantec saca un magnífico partido literario de esta pareja: una pareja que vendría a recrear con los códigos del cyberpunk el mito Watson-Holmes, Don Quijote-Sancho. Pronto los encontramos a los dos en el camino, muchos kilómetros de nocturnas carreteras francesas, compartiendo una solitaria, melancólica, sobria amistad hombre-máquina. Terminan por convertirse en una pareja perfecta, una de esas parejas que dejan un recuerdo imborrable en el lector. Quizá porque aquello a lo que ambos se enfrentan poco a poco se va transformando en inhumano.

Todo empieza por pequeños indicios. Se van atando cabos, se tira de diversos hilos, y en efecto no tarda en aclararse que a Schaltzman se le acusa de crímenes que no ha cometido. Los crímenes, además, continúan después de que Schaltzman haya sido ingresado en prisión y se haya suicidado en su célula. Es entonces cuando empieza el auténtico horror. Dantec va mucho más allá del mero relato de “serial killers”: supera ampliamente las tópicas coordenadas de ese subgénero. Lo que traza alrededor del universo asesino de los hermanos Granada es la mismísima descripción del infierno sobre la tierra. Nada prepara suficientemente al lector para cauterizarlo contra lo que Dark y Neuromátrix van a ir encontrando a medida que se acerquen a Irene Granada y a su hermano, sin duda, sin el menor género de dudas, la más espantosa pareja de asesinos en serie nunca reflejados sobre el papel. No puedo, mientras resumo a grandes rasgos las líneas maestras de esta novela, substraerme a un escalofrío cuando recuerdo escenas de esta novela: el descubrimiento, en el fondo de un pequeño lago alpino, del cementerio submarino que los Granada han ido edificando lentamente con los restos de cientos de sus víctimas, apilados unos sobre otros en el interior de bidones de gasolina; el asesinato monstruoso de una familia entera en el interior de un chalet apartado; el secuestro y la muerte de una niña italiana en una playa de la Riviera. 

No es fácil describir las simas de espanto a los que conduce Dantec. No tiene nada que ver con aquello a lo que el cine y la televisión nos tienen acostumbrados. Dantec escribe incluso como reacción contra ese ritual bobalicón del asesino en serie convertido en sopa boba para pasto de consumo audiovisual. Está mucho más cerca en todo momento de los climas y los desgarros de Lautréamont: el aullido de la muerte empieza a colarse por los recovecos de la novela, hasta helar el corazón del lector. En un momento dado, éste comprende que no está leyendo una novela: comprende que está en el mismísimo infierno.

Si Dantec logra ese efecto, es quizá por el plano en el que se mantiene la narración. Nunca es un plano fácil, chato, hollywoodiense. Por el contrario, Dantec planea siempre a una enorme altura. Resulta evidente que las fuentes de documentación en que se apoya el libro resultan eficaces: el escalofriante estudio sobre los asesinos en serie del criminólogo británico Colin Wilson, la filosofía de Foucault, Guatari, Deleuze. Y la propia tendencia al vértigo metafísico que parece connatural a la poderosa prosa de Dantec. Todo ello hace que la voz de Dark, el narrador, resulte irresistible, casi mágica, venza todas las reservas, atrape y subyugue al lector. Es una voz que está potenciando la narración en cada frase, y por ello la narración progresa continuamente hacia arriba, incorporando vorazmente nuevos temas, nuevas implicaciones. Se intuye que ese crescendo vertiginoso solo puede tener un desenlace: el estallido. Pero para conducir la narración hacia ese pathos tremendo es necesario que no se pierda ni un hilo, que no decaiga ni un instante la fuerza, la potencia con que se está dirigiendo la historia. Lo cierto es que en ocasiones da la impresión de que Les Racines du Mal está escrita por una inteligencia sobrehumana.

En un momento dado, resulta evidente que a través de los Granada Dantec está presentando una metáfora sin fisuras sobre el horror del siglo XX. Para el propio metaautor del texto paree traslucir esta evidencia. Y una vez que engancha ese tema, ya no lo suelta. Lucha con él hasta llegar a las últimas consecuencias. Si la propuesta es construir una fábula que represente el horror de Auschwitz, de Buchenwald, de Treblinka, Dantec aceptará la propuesta, y la solventará con éxito, para espanto pero también para purgación del lector, perdido en un viaje entre sombras hacia esos espantos heredados en algún lugar de la memoria colectiva, y revisitados a flor de piel sobre el poder de evocación de las palabras.

Tal vez por eso, las lágrimas brotan casi solas a los ojos del lector cuando Dark, con ayuda de Neuromátrix, accede al sótano de la mansión de los Granada, su palacio de los horrores. En ese sótano, los hermanos Granada han instalado una cámara de gas. En ella queman a sus víctimas, después de someterlos a torturas que escapan a toda descripción.

Es uno de los momentos más brillantes de la novela porque la fusión de dos planos de significado se produce con una sutileza pasmosa. Dantec no lo menciona en ningún momento, Dark se limita a narrar su historia, pero el lector comprende que, al enfrentarse a esa reproducción exacta que hacen los Granada de los métodos de exterminio nazi, está tocando con todas sus fibras la esencia misma del horror cometido en los campos de concentración: la esencia del horror que una mente humana es capaz de concebir. Y un abismo sin fin se abre al preguntarse a uno mismo: ¿cómo es posible que un ser humano le haga eso a otro ser humano? El siglo XX se fue dejando atrás esa pregunta, y Dantec lo despidió escribiendo esta novela, que es una caída a pico por el abismo. Todas las implicaciones de ese horror están expresadas en otras instancias de la novela: el diario de Irene Granada, el capítulo sobre las “Cartea Neagra”… las “Cartea Neagra” son un documento que el Gobierno rumano mantuvo celosamente en secreto bajo toda la dictadura de Ceaucescu, y que sólo tras la muerte del dictador salieron a la luz pública, al menos para los propósitos de la ficción. Describen con todo detalle los suplicios, más allá de todo lo imaginable, a que fueron sometidos los judíos de Bucarest bajo la policía fascista rumana leal a Hitler. En un momento de la novela, los Granada ensayarán también con sus víctimas los métodos de las “Cartea Neagra”.

El final de Les Racines du Mal es telúrico, magnético, incandescente. Si los hermanos Granada han incorporado a su destino la repetición del horror cometido durante todo el siglo XX, su suerte irá ligada a la desaparición del siglo. La novela concluye la noche del 31 de diciembre de 1999: esa noche, Dark y Neuromatrix consiguen al fin darles caza. Y cuando les dan caza, los Granada están en plena actividad: empujan a una pobre mujer y a su hija hacia el interior de su siniestra caravana. Los hechos ocurren cerca de la frontera italiana. Grandes luces de neón anuncian a la entrada del Principado de Mónaco la llegada del año 2000. Pero cuando los Granada mueren, el siglo XX explota, y la novela explota con él. Son páginas visionarias, apocalípticas, las que cierran este libro, este impresionante libro: todas las sugerencias, todos los motivos, todos los personajes, estallan en visiones, y esas visiones resultan perturbadoramente significativas: el rostro de Andreas Schaltzman, el chivo expiatorio de un siglo alucinado, su víctima, aparece en todos los ordenadores como el rostro de Cristo, los circuitos de Neuromátrix no pueden soportar ya más tensión y estallan, se desencadena el fin del mundo. Tampoco el lector puede soportar ya mucho más: la novela se había convertido en un misil dirigido hacia esa explosión final, y la explosión estalla ante sus propios ojos. Es el clímax de una ambición cumplida.

Después, la calma y el silencio de una extraña purgación, como una mañana nueva en un mundo nuevo.

Maurice G. Dantec recibió por este libro el premio a la mejor novela de ciencia ficción escrita en Francia en 1995. Dicha concesión le llevó a formular un comentario jocoso: declaró que era la primera vez que una novela negra recibía el premio a la mejor obra de ciencia ficción. Sabía acaso que podía recibir un premio por ambos conceptos y por ambos géneros. Los dos cabalgan a todo vapor por las páginas de “Les Racines du mal”. Para el lector que no sea asiduo ni de la novela negra ni de la ciencia ficción, este es el lugar ideal para digerir enciclopedias enteras sobre el desarrollo y la evolución de ambos. Esta novela es el meeting-point, el punto de encuentro de Philip K. Dick, Elton Van Vogt, James Crumley, Edgar Allan Poe, Georges Simenon, Alfred Bester, Charles Baudelaire, J,K Huysmans, Frederick Brown, Guy de Maupassant, Arthur Rimbaud, Nietsche… es literatura desencadenada, imaginación nuclear. Es puro vértigo.

El tiempo la situará en el justo lugar que merece: quizá el gran clásico de la novela negra en la última década del siglo XX.

Ramón García

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En esta tarde del 4 de julio en que en una iglesia de Montréal se celebra el funeral por Maurice Dantec, en esta fecha tan significativa para él que se consideraba un escritor americano más que francés, exiliado en la ciudad canadiense donde encontró refugio, no es inadecuado recordar la impresión fastuosa provocada por aquella segunda novela suya, que ya no volvería a repetirse. En el despacho de una editorial madrileña, poco años después, tuve ocasión de hablar con su editora en Gallimard – Gallimard había roto sus normas de extensión para los libros de la Série Noire a fin de dar cabida a las 700 sulfurosas páginas de Les Racines du Mal. Me confesaba: “este es el único libro en mi vida que realmente me ha provocado terror”. La entendí perfectamente, y hasta el día de hoy sigo compartiendo la impresión. La prosa de Dantec en sus novelas y ensayos siguientes nos perseguiría por otras ciudades, hasta el final, con la reciente Les Résidents de 2014. A estas alturas del siglo XXI sus cyborgs de inteligencia artificial, sus climas y tensiones ya no son ciencia ficción. Vivimos en un mundo que él anticipó y cartografió perfectamente, sin envidiar un ápice a los ritmos y cadencias de su adorado Philip K. Dick. Un recuerdo, pues, en la muerte de un maestro.


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