Entrevista con Pedro Costa: «¡Tengo una felicitación de ETA!»

La historia de un país es también la historia de sus crímenes

El productor y cineasta Pedro Costa (1941-2016) ha demostrado una fuerte personalidad a la hora de trabajar, imprimiendo un sello inconfundible a sus películas, casi siempre vinculadas a la crónica de sucesos, aportando una interesante mirada a la sociedad muy lejana al amarillismo facilón. Recordad títulos como Amantes (1991), La buena estrella (1997) o su mítica serie La huella del crimen. Porque «la historia de un país es también la historia de sus crímenes».

Entrevista realizada por David G. Panadero
en enero de 2012








Tu formación como cineasta tuvo lugar en la Escuela Oficial de Cinematografía en los sesenta. ¿Qué gente había por allí? ¿Qué ambiente se respiraba? 

Fue impresionante. Yo ingresé en 1962, y se llamaba Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas. Fue la primera escuela de cine que se fundó, y se hizo como dependencia técnica de la Escuela de Ingenieros Industriales. Hubo entonces un cambio de orientación en España, porque Fraga entró en el Ministerio de Información y Turismo, y hubo cierto aperturismo. Por ejemplo, se eliminó la censura previa en la prensa. Se potenció además la Escuela Oficial de Cinematografía, nombrándose director a un profesional de mucho prestigio, que fue José Luis Sáenz de Heredia. Había un profesorado importante: estaban Carlos Saura, Berlanga, Maeso, Miguel Picazo… Lo que pasó fue que el experimento se les volvió en contra, como suele ocurrir en las dictaduras. Aquello era un verdadero nido de rojos. Fíjate, de los diez que ingresamos en 1962, seis militábamos en el Partido Comunista. La Escuela de Cine fue el primer centro de Madrid en separarse del Sindicato Universitario para hacer un sindicato democrático.

Además, dentro de la Escuela no había censura, por eso nuestras prácticas eran insólitas dentro del cine español. Teníamos un acuerdo con Barajas para que nos hicieran llegar todas las películas que llegaban de Estados Unidos. Los sábados veíamos películas que aquí estaban más que prohibidas. Todo Madrid quería verlas… ¡Había bofetadas para entrar!



ir a la Dirección General de Seguridad, pedir información...


Alguna vez te he oído contar que para ti, la cámara de cine era como una pistola con la que disparar historias… 

Esa era una de nuestras consignas, al más puro estilo Godard. Hay que crear Vietnams en el cine español, decíamos. El punto culminante de la Escuela de Cine fue en 1967 —y nos adelantamos al Mayo del 68—, cuando se celebraron unas jornadas mundiales de cine en Sitges. Yo entonces era delegado de la Escuela. En aquellas jornadas se proyectaba una película americana sobre Vietnam, alguien decidió prohibirla y se montó un cirio de cojones. Nuestras conclusiones de la semana fueron tan fuertes que hasta Mundo Obrero las censuró. Nosotros apostábamos por crear un cine libre e independiente de cualquier estructura burocrática. Mundo Obrero matizó, «de la actual estructura burocrática».


Hicimos un decálogo de Sitges entre Artero, Manolo Revuelta y yo, y algunos más. Aprovecho para mencionar que bajo la influencia de este decálogo, surgió Carlos Pérez Merinero, y el seudónimo colectivo de Marta Hernández. El resultado no pudo ser más contundente: diez detenidos, la guardia civil, avisada por el alcalde, se presentó en la cena y se lió una batalla en pleno comedor… Yo me fui de la Escuela en 1968, el año en que, con retraso, me fui al servicio militar. Me tocaba…

Buñuel se inspiraba en los sucesos de la prensa diaria para construir sus historias. Quizás, aceptando esa influencia, te hiciste periodista de sucesos… 

Buñuel leía mucho las revistas mexicanas de sucesos; decía que en cada página te encontrabas un argumento para película. Yo iba a la hemeroteca a leer El Caso. Me aficione a leerlo, y como entonces no tenía otra cosa que hacer, fui a la redacción del periódico a pedir trabajo. Aquello era insólito; poca gente había ido allí a buscar trabajo. En los diarios, encargaban la sección de sucesos al último que llegara porque era la parte más desagradable. Hasta entonces, la prensa de sucesos era muy limitada: ir a Sol, a la Dirección General de Seguridad, y pedir información, para luego reproducir lo que te habían dicho. Cuando yo llegué a El Caso, lo dirigía un periodista impresionante: Eugenio Suárez. Empecé a escribir allí en 1969, nada más acabar la mili.

¿Qué supuso “El proceso de Burgos” en tu carrera como periodista? 

Ese fue mi gran éxito en 1970. Previamente, a mí me habían detenido y encarcelado durante un mes, así que yo no iba a la Dirección General de Seguridad. Allí iba mucho Margarita Landi, sobre todo a una cervecería cercana que había en la calle Correo, donde iban los polis al salir,, e intercambiaban información. Yo hacía lo contrario; me plantaba en la escena del crimen para enterarme de lo que hubiera pasado. La policía estaba hasta los cojones de lo que yo escribía, pero, por suerte, Eugenio Suárez me tenía mucha simpatía.

Respecto al Proceso de Burgos, nadie sabía lo que era aquello. Hubo una homilía en el mes de noviembre de 1970, o así. Un obispo vasco pidió rezar por aquellos jóvenes que se iban a someter a un juicio que podía costarles la vida. En el País Vasco me enteré de lo que pasaba. Hablé con los familiares, me enteré del caso de Melitón Manzanas, que era el policía al que habían matado; el macrojuicio que querían hacer contra ETA… El Caso se vendió de una forma alucinante. ¡Tengo incluso una felicitación de ETA! Me felicitaron las navidades desde París. A raíz de aquello me llamaron de Cambio 16 para ficharme. Hasta entonces había sido una revista de tipo económico, pero se iba a abrir más a sociedad. Más tarde, un grupo de compañeros de Cambio 16 —Miguel Ángel Aguilar, Felix Bayón y otros— fundamos la revista Posible. Después acabé saturado. Trabajé en Interviú, y tuve problemas con la historia de un guardia civil que tenían preso en el comedor, en Guzmán el Bueno. Era una historia alucinante. Se trataba de un guardia civil que hablaba seis o siete idiomas, muy culto pero un poco zumbado. Era guardia civil por influencia de su padre, que también lo fue, pero aquello no era lo suyo, y estaba incómodo. Consiguió una plaza como traductor en Televisión Española, pero allí descubrieron que era guardia civil, lo echaron de televisión considerando que era un topo y lo expedientaron en la guardia civil. Se fue a Londres pero escribió a todos los diputados dando detalle de asuntos secretos. Lo acabaron encerrando en el comedor. Gracias al contacto con una hermana suya, puede acceder a entrevistarle. No me dejaron publicar esto, y pensaron que era mentira…

En 1984 debutaste en el largometraje como director, con El caso Almería. ¿No piensas que tu trabajo como cineasta es casi una prolongación de tu oficio periodístico? 

Tratamos de no hacerla tan periodística, pero evidentemente estábamos contando cosas que habían pasado. Con lo de Interviú, mi ilusión por el periodismo había disminuido, porque se había convertido en una especie de rutina, y entonces me planteé hacer cine, sobre todo al ganar las elecciones los socialistas en 1982. Pensaba que al no haber censura, sería posible hacer otro tipo de cine. Cuando sucedió “el caso Almería” yo estaba en Estados Unidos, y me enteré por la prensa. Entonces, cuando empezábamos a preparar la película, viajamos a Almería Manolo Marinero y yo. El abogado, que es quien levantó aquella historia, nos empapó de todo. Nos lo planteamos más como una película americana que como una película italiana. Antes que hacer una crónica, dimos el protagonismo al abogado, que lo interpretó Agustín González, y era un tipo que por encima de todo quería demostrar la verdad. Contra todos, y por primera vez en la historia, él conseguía que un jefe militar fuese condenado en un tribunal ordinario.



La película fue un éxito impresionante: tuvo un millón y medio de espectadores, cifra que no ha alcanzado ninguna de las otras películas que he dirigido o producido. Había unas colas impresionantes en los cines; yo llevaba a mi madre a verla, que estaba emocionada. Me decía los domingos: «Mira, mira. La cola da la vuelta a la manzana…»

Amantes (Vicente Aranda, 1991)


Poco después emprendiste la serie televisiva La huella del crimen, una serie ya clásica que muestra crímenes célebres españoles. 

El caso Almería nació de un trabajo de campo, y entonces yo empecé a plantear que los crímenes españoles eran muy desconocidos para la gente. Tenemos asesinos tan importantes como los americanos o los ingleses, pero no se conocían. Hubo un momento, cuando Chicho Ibáñez Serrador estaba de jefe de programación en TVE —corrían los setenta—, me dio carta blanca para hacer algo así, pero nunca prosperó la idea. Con Ramón Gómez Redondo, que modernizó Televisión Española, sí fue posible. Yo me proponía algo novedoso: actuaría como productor, aportando los temas, y atrayendo al proyecto a cineastas de prestigio como Juan Antonio Bardem, Vicente Aranda, Ricardo Franco, Angelino Fons, Pedro Olea… Más adelante entraron Imanol Uribe, Antonio Drove, Rafa Moleón, y yo también dirigí algún capítulo. La sexta entrega de la segunda temporada acabó siendo largometraje: Amantes (1991), de Vicente Aranda.


lo que hay detrás de cada crimen es una situación social


Comentabas que te decidiste a hacer cine en tiempos de los socialistas. Tu cine ha sido siempre encuadrable en el género negro, y mucha gente comenta que con la implantación de la Ley Miró se dificultó el hacer cine de género en España. ¿Tú cómo lo viviste? 

El tema de los anticipos no me afectó, porque en El caso Almería no había anticipo, y cuando hice Redondela en 1986, ya no estaba Pilar Miró de directora general, sino Fernando Méndez-Leite. Problemas con Pilar Miró he tenido todos los del mundo, pero en la época de la televisión. Hubo mucho pique entre su película El crimen de Cuenca y El caso Almería. Yo decía que su película era pura pornografía, de mostrar la sangre, las uñas arrancadas… En El caso Almería no se ve una sola gota de sangre, y era una película mucho más dura y más fuerte. Recuerdo aquello de retorcer los testículos en El crimen de Cuenca… Ella era una tía muy dominante… El caso es que ella se cargó La huella del crimen, alegando que los guiones y las historias eran flojos.

Una cosa que me maravilla de La huella del crimen es cómo repasáis las décadas de la Historia de España, desde finales del siglo XIX hasta los años setenta. Hacéis un retrato social muy interesante, y lo más llamativo de cada capítulo suele ser, por encima del crimen, el ambiente social que se capta.

Claro, el crimen es el estallido, pero lo que hay detrás de cada crimen es una situación social. La serie es la historia de un país, porque los crímenes cambian a la vez que el país. Los motivos por los que se mataba en los años cuarenta son distintos de los que llevan a matar ahora. La sociedad cambia y también cambia la criminalidad. No éramos amarillistas ni mucho menos. Me gustan las sugerencias en el cine de Chabrol, por poner un ejemplo que suelo tener presente.

La serie estaba muy bien producida: rodada en 35mm, en los estudios Cinearte, y además contabais con partituras originales… Tuvimos a músicos como Miralles, Pepe Nieto… Aquello era cine profesional, y con profesionales que sabían hacerlo muy bien. Eran temas de atractivo popular muy bien realizados. Yo seguía las teorías de los comunistas italianos, como Gramsci, que abogaba por influir en las clases populares tratando temas populares pero de una manera que trascendiera. 

Buscábamos un fondo político, una forma de ver la sociedad, el ser humano…

El recientemente fallecido Carlos Pérez Merinero fue uno de tus más habituales colaboradores. ¿Qué tal trabajaba? 

Lo conocí en los setenta, cuando él daba clases de económicas en la universidad. Como ya he comentado, él formaba parte del grupo Marta Hernández, que lo criticaban todo, y eran muy cáusticos. Tenía un cine-club llamado Peeping Tom, que es donde se formó el GRAPO. Enrique Cerdán Calixto, uno de los mayores ideólogos del movimiento, estaba por allí. En el cine club ponían un cine muy radical: los tracks que hacíamos con Artero, como Del 3 al 11, o Blanco sobre blanco, donde no había ni película… Jerry Lewis, películas de autor… Una vez se presentó allí Cerdán Calixto con un obrero. Le preguntó al acabar la sesión qué había entendido de todo lo que se había hecho y dicho allí, y el obrero respondió: Yo nada. «¡Hacéis unas sesiones que no valen más que para la ideología pequeño-burguesa!», decía Calixto. Después de aquella época, Carlos empezó a escribir, unas novelas maravillosas, y él fue una de las primeras personas con las que contacté para hacer La huella del crimen. Hizo el primer guión, El crimen de la calle Fuencarral, y lo hizo rapidísimo, y colaboró en más guiones. Yo trabajaba siempre con él. El arranque de Amantes fue con él, y también el de La buena estrella. Me entendía muy bien con él hasta que le dio la época esta de autismo y de quedarse metido en casa. Una vez le propuse ir a Andorra para documentarnos para un guión, y él prefirió no hacer el guión, porque decía, «¡que yo no viajo!»

Jarabo era "caballero ehpañol"


Uno de mis episodios favoritos es el dedicado a Jarabo. ¿No sientes tentaciones de retomar esa historia?

Estoy intentando hacerlo desde hace cuatro o cinco años, pero no he encontrado el director adecuado. Funcionaría, y la época, los cincuenta, es tan buena… He intentando hacer una coproducción, porque el personaje de ella, Beryl Martin Jones, está olvidado. Si metes a Javier Bardem con una actriz joven norteamericana, tienes un reparto de la hostia. Pero falta un buen director para hacerlo.

Debe ser más complicado abordar crímenes recientes por el peligro de las querellas. ¿Te has encontrado a menudo con problemas legales? Estoy acostumbrado a las querellas, no pasa nada. En Interviú tuve más de veinte, y perdí sólo una que era contra un juez. En televisión hay querellas constantemente; el otro día tuve una por el documental Tetas, valor en alza. Me han pasado cosas alucinantes, como en el caso de La envenenadora de Valencia. Apareció una chica alegando que era hija de la envenenadora, y yo pensé que era imposible, porque ésta no tuvo hijos. Resultó que era hija de otra envenenadora, porque en Valencia había cinco o seis. Tuve otra querella a propósito de La envenenadora de Valencia, que se llamaba Pilar Prades, por cierto. Apareció un hermano suyo, llamado Prades Espósito, que tenía un negocio de gaseosa en Castellón. Quería una indemnización porque decía que habíamos manchado el nombre de su empresa, ¡fue demencial!

Entre 2009 y 2010 rodasteis tres nuevos episodios de La huella del crimen

Sí. Trabajar para televisión se había vuelto complicado, por eso me dediqué más a producir cine, películas como La buena estrella, Pídele cuentas al rey, La vida de nadie, Las trece rosas, Platillos volantes… Todas basadas en sucesos. Sin embargo, cuando Zapatero ganó las elecciones en 2004, entró gente nueva en TVE, personas como Carlos Fernández, David Martín… Les fui a ver y se mostraron abiertos y receptivos. Pude colocarles Plutón BRB Nero, de Álex de la Iglesia. Me propusieron hacer El caso Wanninkhof y lo hicimos en tres meses. ¡Acuérdate de que tú sales al final deteniendo al asesino! Funcionó de maravilla, y continuamos con tres episodios más: El crimen de los marqueses de Urquijo, El asesino dentro del círculo y El secuestro de Anabel. Entretanto, hubo una crisis en TVE y Zapatero decidió quitar la publicidad. Cambiaron el equipo y se cortó toda relación… Quizás algún día se hagan más.

Rafi Escobedo, solo o en compañía de otros...


Tengo entendido que el capítulo centrado en los marqueses de Urquijo también generó polémicas, incluso denuncias… 

Nos demandaron los hijos. La hija me demanda a mí personalmente, y no a TVE. Es algo demencial. Pide parte de los beneficios y yo le he demostrado que con esta película perdimos casi… Además tuvimos precauciones: esta vez sí que cambiamos los nombres porque veíamos venir la historia. Que los Urquijo me condenasen a mí sería tremendo. Bueno, sería como lo de Garzón con el Camps…

Algunas de tus películas, como Una casa en las afueras (1995) o El crimen del cine Oriente (1997), tienen una atmósfera muy inquietante. ¿Nunca te ha apetecido hacer cine de terror? 

Las dos películas me gustan mucho, pero la que funcionó fue la de Ricardo, La buena estrella. Se hicieron las tres a la vez. Redondela tampoco funcionó, en cambio le produzco Amantes a Aranda, y es la hostia… No me planteo ya dirigir.

Hay una figura histórica que se ha puesto de moda, Enriqueta Martí, la Vampira del Raval. ¿No te interesaría centrarte en ella para una película? 

Es una leyenda de Barcelona que no se conocía bien. Influido por las sugerencias de Íker Jiménez, me fui a La Vanguardia y al ABC a documentarme, y escribí un artículo en el Dominical de El País que tuvo mucha repercusión. Se han hecho tres novelas. La Mala Dona, de Marc Pastor; Los Diario de Enriqueta Martí, de Pierrot, y una tercera de una chica argentina que no recuerdo ahora, ¡y que defiende a Enriqueta Martí con teorías feministas! Decidí hacer una película sobre el tema con Eduard Cortés. Salvador Calvo me dio la pista de hacer un cuento al estilo de Tim Burton, protagonizado por los niños, que están encerrados en un sótano. Era un proyecto muy bueno, pero topamos con dificultades. En Telecinco nos decían, «¡no se ve a la mala en acción!» Lo más aterrador que se veía eran las maletitas que da la Vampira a los niños cuando abandonan la casa. Un dia un niño descubre… que todas están apiladas en una habitación. Pero veo muy complicado que esta película salga adelante.

Cuéntanos en qué trabajas ahora. 

Ahora estoy trabajando con Eduard Cortés sobre otra película que adapta un hecho real. Se llama ¡Atraco! Es una película al estilo de los Coen, quizás comparable a Fargo. Un argentino decide vender las joyas de Eva Perón, y viene a Madrid a empeñarlas en una joyería de la Gran Vía. La mujer de Franco, que es aficionada a visitar joyerías, va allí y decide llevárselas, y cuando el tipo vuelve, no están las joyas ni el dinero del empeño… Casi todo lo que se cuenta en la película es cierto, salvo lo de la mujer de Franco, que es un rumor, pero a mí me lo contó un policía.

Hablemos de un tema de actualidad: ¿qué opinas de la piratería y el cierre de Megaupload? 

Hay que cerrarlo. Creo que lo de Anonymous y la Asociación de Internautas es de una desfachatez total. No hay vuelta de hoja. Todos estos argumentos no se aplican contra la propiedad privada. Nadie va a un restaurante a comer gratis… En cambio lo otro parece que no tiene ningún valor: canciones, películas… Me ha extrañado la reacción del ministro Wert, que haya seguido con la Ley Sinde, y la cobardía de los socialistas de no atreverse a aprobarla… Pero España es el país donde hay más piratería. Muchos internautas son idiotas, porque piensan que no pagan; pero qué se creen, ¿de dónde saca el dinero, los aviones privados el dueño de Megaupload? Es lo mismo que el top manta, aunque parezca más sofisticado.

Pedro, una cosa que siempre me ha maravillado de ti es lo juvenil que eres como espectador. Recuerdo incluso que te gustó Spider-Man 3. 

Sí, las de Spiderman me gustan mucho. Me gusta estar al tanto de lo que se hace.

Para despedirnos, recomiéndanos algo de la cartelera. 

Drive me gusta mucho, la que más. Me ha gustado mucho El artista. Los descendientes me parece horrible. Criadas y señoras estaba bien también…


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