El Libro de los Baltimore. Joël Dicker

La escritura, como bálsamo, memoria y reparación de los vaivenes de la vida

Una saga familiar
Después del inmenso éxito “de crítica y público” (que diría el clásico) de La verdad sobre el caso Harry Quebert (2013), Joël Dicker retoma a su protagonista, Marcus Goldman, en un relato que, inevitablemente, nos lleva a la comparación con su anterior obra. Y, empezando por el final (el regusto que deja su lectura), anticiparemos que conviven en ese veredicto dos sensaciones, una gran satisfacción y una pequeña decepción: la novela es una muy buena obra, pero… se parece mucho, demasiado quizás, a su predecesora. Por estilo, por estructura, por las localizaciones y la ambientación y por el (no muy trabajado) perfil de los personajes, es casi, casi (aunque no lo sea por la historia) una continuación de la anterior. Es bien cierto que el tener un universo propio, un estilo definido y reconocible, es un punto a favor de cualquier escritor, máxime para uno tan joven y con tan poca obra aún, esta es su tercera novela. 

En cuanto al contenido, y para no “destripar” su lectura, es en esencia (a diferencia de La verdad…, que es básicamente un thriller) una saga familiar. La saga de los Goldman, la familia del protagonista, en sus dos ramas, a las que él mismo denomina como los Goldman-de-Montclair (familia de clase media a la que pertenece) y los Goldman-de-Baltimore (sus abuelos, tíos y primos de clase alta), objeto principal del relato como ya hace sospechar el título. Rama en la que destaca con principal brillo la figura del tío Saúl, único personaje que, en nuestra opinión, posee unos matices lo suficientemente marcados (característica ésta bastante ausente en el resto de los personajes que, como ya indicamos más arriba, no están en exceso bien trabajados y resultan un tanto esquemáticos) como para merecer tal nombre. 


giros argumentales, falsas pistas, callejones sin salida


La obra juega también como su predecesora con la metaliteratura: su protagonista, a veces testigo, a veces narrador omnisciente, es un escritor que se dispone, al inicio del relato a escribir una novela que acaba versando sobre los acontecimientos vividos. Y esos son aquí las peripecias de los diversos personajes de la familia Goldman y los pensamientos y sentimientos con que los mismos se enfrentan a ese devenir. Así vamos viendo poco a poco, cómo se desgranan los hechos y, más aún, el ambiente y las interrelaciones que rodean a la familia. Y esto es lo más reseñable de la novela, cómo el autor va desentrañando -bajo el aparente esplendor y éxito del tío Saúl y su familia, su triunfo profesional o su impresionante mansión-, toda una telaraña de pequeños “fantasmas familiares”, secretos, mentiras o medias verdades; mostrando al final, tras desvelar el “muerto en el armario” que toda familia posee, las miserias, las envidias, las mentiras, la doble cara y la fragilidad que late tras la fachada de cada héroe o imperio: el gigante con pies de barro. Completa este sensación de pérdida, la nostalgia con que Dicker rememora esa feliz etapa suya de infancia y adolescencia junto a sus primos en los buenos tiempos de Florida, Hillel y Woody -un curioso niño perdedor abandonado por su familia (evocadoramente apellidado Finn, como el antihéroe infantil de Twain) y generosamente acogido por la boyante familia Goldman de Baltimore. Esa feliz época que el autor describe como un paraíso perdido protagonizado por los tres primos a los que bautiza como “la Banda de los Goldman”, inseparable banda unida por una inquebrantable y juramentada amistad que, naturalmente, el tiempo, los acontecimientos y la propia evolución personal de cada uno de sus miembros acaba por disolver de manera trágica.

El pretexto para la historia es, al igual que en La verdad sobre el caso Harry Quebert, la escritura de una novela por parte del protagonista y el centro de la trama, a partir de la cual se construye todo el relato es, también como en dicha obra, un acontecimiento crucial, dramático, “el Drama” en ésta (como “la Desaparición”, en aquélla). Un hecho nuclear que, mediante a un continuo y magistral uso de los tiempos a base de saltos adelante y atrás, articula todo el relato, y que no desvelamos por completo hasta el final. Estos saltos en el tiempo son aquí constantes, más aún que en la otra novela que, aunque los tenía, casi se muestran con una cierta continuidad general -aunque a la contra: de hecho los capítulos están marcados allí en orden inverso, del 31 a 1. El devenir espacio-temporal es alocado y vertiginoso. Con una sabia dosificación que nos mantiene en vilo de la primera página a la última. Los giros argumentales, las falsas pistas, los callejones sin salida son aquí más y mayores, lo que le da al relato un interés indiscutible, matizado, eso sí, por la calidad de los diálogos, que no es especialmente brillante. Todo ello trufado de desengaños, malos entendidos, decepciones, celos y envidias entre los personajes que van levantando un ambiente de misterio inigualable hasta el final. Es especialmente destacable la importancia que el autor concede al sentimiento de la envidia, utilizada a veces como recurrente explicación de la destrucción de los personajes o de las relaciones, a veces como acicate para la emulación o la superación personal.

Estamos pues, ante una historia que, pese a las inevitables comparaciones con el enorme éxito anterior de su autor, merece ser leída por sí misma. Porque, en definitiva, lo que queda fuera de toda discusión es la enorme habilidad narrativa del autor que es efectivo como pocos en mantener inalterable la atención del lector a lo largo de sus casi 500 páginas de ritmo trepidante. Interesante, ameno, apasionante y absorbente como pocos, Dicker hace que el libro se liquide en un abrir y cerrar de ojos e, incluso, deje al lector hambriento de más. Un autor que reivindica además su oficio, la escritura, como bálsamo, memoria y reparación de los vaivenes de la vida. “Si encontráis este libro, por favor, leedlo”, nos dice el autor al final del prólogo… y, si no lo encontráis, por favor, ¡buscadlo!, añadimos nosotros. No os arrepentiréis. Si leísteis La verdad sobre el caso Harry Quebert y os gustó, os encantará El libro de los Baltimore, que supone la confirmación del talento literario (y del éxito comercial) de la “joven promesa” que dio “el pelotazo” anterior. Si no lo leísteis, también. Incluso si lo hicisteis y no os terminó de gustar, quizás sea ésta una segunda oportunidad de “pillarle el punto” a un cuenta-historias de la inmensa facilidad narrativa de Jöel Dicker. Merece la pena.

Alfaguara, 2016
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Ángel Luis Pastor Guerrero

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