El jilguero. Donna Tartt

Un campo ilimitado para la imaginación

Lo mejor, los secundarios
Lo peor que le ha pasado a esta novela ha sido la buena crítica. En general se la ha vanagloriado en exceso, colocándola a la altura de una obra fundamental y para ser eso debe tener uno de estos tres axiomas:

Primero: reflejar perfectamente una sociedad en un momento dado.

Segundo: crear un personaje que cause honda impresión y que sea irrepetible.

Tercero: poseer un estilo propio y altísimo nivel literario.

Ninguna de esas tres características aparecen en la novela. El único lugar en el que puede se señalada como algo memorable es por la extensión

¿Lo ven? Si se compara por arriba es muy complicado ponerse a la altura. En la crítica, sigamos un poco más con ella, se nos habla de Dickens cuando los puntos fuertes del autor, los dos primeros señalados, han sembrado admiración y la siguen despertando, porque un David Copperfield siempre será un estereotipo o porque “Tiempos difíciles” reflejaba una vida que representaba lo que en ese preciso instante ocurría.



llega a mostrarse algo nihilista, pero solo se queda en algo


Lo mejor de “El jilguero” no es su protagonista, seguramente sea de lo más flojo de la novela, sino los secundarios. Todos aquellos que rodean a Theo Decker tienen mucha miga, mucho que contar, una multitud de facetas por explotar y curiosamente, al principio pensaba que era un fallo de la novela y ahora lo veo como una virtud, los deja a medias, a medio hacer, sin terminar y sin tener todavía muchos detalles de ellos. Deja así un campo ilimitado para la imaginación.

Del propio protagonista, muy plano, su principal inconveniente es su carácter, a modo de seta, que ni siente ni padece, ella misma lo explica así:

Estrechez de miras. Todos esos años había flotado a la deriva, demasiado enclaustrado y aislado para vivir la realidad; un delirio que me había hecho rodar sobre su lenta y relajada ola desde la niñez…

Con una visión tan limitada de la realidad y del mundo es imposible hacer un protagonista sugerente. No es que le falten detalles sino que es demasiado plano, demasiado correcto, excesivamente formal, me ha recordado a la propia autora cuando aparece en entrevistas, mostrando una imagen demasiado impersonal. Incluso en algún momento se llega a plantear otras formas de avanzar en este mundo, incluso en algún punto llega a mostrarse algo nihilista, pero ese algo se queda en eso, en algo.

Y estoy esperando que haya una verdad más grande sobre el sufrimiento allí contenido, o al menos una mayor comprensión por mi parte, aunque he llegado a darme cuenta de que las únicas verdades que cuentan para mí son las que no puedo o no sé comprender. Lo que es misterioso, ambiguo, inexplicable. Lo que no encaja en una historia, lo que no tiene historia. Un destello que se refleja en una cadena que apenas está allí. La luz del sol sobre una pared amarilla. La soledad que aísla a una criatura viva de la otra. El dolor inseparable de la alegría

Otro de los puntos débiles, y este para mí ha sido hasta agobiante, es la presencia continua del cuadro, más que un punto de referencia ha sido como un ancla, algo que paraba la narración, que limitaba al protagonista y por lo tanto a la acción. El cuadro sobra en el ochenta por ciento de los momentos que aparece. Soy consciente de que Donna Tartt lo utiliza para tomar una pausa, un descanso, pero no puede ser siempre en el mismo sentido. Se llega a repetir incluso.

Para entender el mundo, a veces podías concentrarte en una parte pequeña de él, examinar con detenimiento lo que tenías cerca y hacer que sustituyera el todo; pero desde que el cuadro había desaparecido me sentía extinguido y ahogado por la vastedad, no solo la previsible vastedad del tiempo y el espacio sino las distancias infranqueables que había entre las personas aun cuando estuvieran al alcance del brazo, y con una oleada de vértigo pensé en todos los lugares donde había estado y en todos los lugares donde no había estado, un mundo perdido, enorme y desconocido, un sombrío laberinto de ciudades y callejones, ceniza flotante e inmensidades hostiles, contactos perdidos, objetos extraviados y nunca encontrados; mi cuadro se alejaba en esa poderosa corriente y salía flotando ahí fuera en alguna parte: un minúsculo fragmento de espíritu, una débil chispa cabeceando en un mar oscuro

Han entendido ahora lo del cuadro. Deja volar la imaginación nos habla de Conrad cuando sus personajes se enfrentan a la naturaleza vasta y salvaje, nos habla de la pequeñez del universo de Canetti, nos habla de Proust y el desconocimiento del prójimo, nos habla de mucho y de repente vuelve a aparecer el cuadro a modo de mantra que aporta poco o más bien desvirtúa.

Otra de las costumbres de la autora es dejar a los protagonistas en pausa, hacer que duerman, alejarlos de la acción y recluirlos. Según comenta en alguna entrevista, como ven me lo he currado, lo hace por mostrar el mundo onírico pero no llega a funcionar, más bien sirve a modo de relajación cuando es una obra de por sí relajada. Y con momentos donde la muerte nos ofrece una visión diferente.

Un ejemplo:

…durante un intervalo indefinido floté de manera agradable al borde de la muerte, entrando y saliendo de ella. Ciudades y siglos. Me deslicé dentro y fuera de momentos lánguidos, deliciosos, con las persianas bajadas, sueños de nubes vacías, sombras cambiantes, una inmovilidad como la de las maravillosas piezas de caza de Jan Weenix, aves muertas con las plumas ensangrentadas colgando de una pata, y en el soplo de conciencia que me quedaba creí entender la secreta grandeza de morir, toda la sabiduría que se le negaba a la humanidad entera hasta el mismo final: sin dolor, sin miedo, un magnífico distanciamiento, yaciendo en una capilla ardiente sobre la barcaza de la muerte y perdiéndose en las grandiosas inmensidades como un emperador que se va, se va, observando a todos los que correteaban a los lejos en la playa, liberados de todas las viejas nimiedades humanas del amor, el miedo, el dolor y la muerte

Ya está bien de darle palos, ¿no creen?

Del argumento lo obvio, mejor lo leen ustedes en cualquier otro sitio que aún me queda mucho por contar.

Ahora vamos con lo bueno, con lo que ha gustado.

Sorprende que exista una escritora capaz de relajarse frente al papel en blanco, capaz de obviar el tamaño y el trabajo y centrarse en contar algo con todas las palabras que crea conveniente, alejándose así de tamaños o de contención. No voy a criticar aquí su evidente falta de contención, creo que ha escrito lo que consideraba y me parece estupendo, también tengo que asumir que va con su estilo, una forma pausada y detallista de describir algo y eso, ahora mismo, no está en manos de muchos.

El detalle, el cuidado con la posa, el trabajo en suma es algo que tiene sumamente bien enfocado Donna Tartt, trabaja sus libros francamente bien. Deja correr las historias sin importarle si se deslizan en el tiempo o no y eso pertenece a otro tiempo. 

Me ha gustado mucho su prosa, meridiana y clara, limpia, bonita, agradable de leer y de disfrutar. De lo mejor que he leído últimamente, sobre todo porque sabes que en el siguiente párrafo vas a tener otra dosis más. Incluso en algún momento veo que se ha tenido que contener, que pensaba en algo más salvaje, más radical y también más bello en su crueldad:

Yo me encontraba fatal. Una mariposa muerta flotaba en la superficie de la piscina. Se oía el zumbido de una máquina. En las cestas de plástico de los filtros se arremolinaban grillos y escarabajos. Sobre nuestras cabezas, el sol de atardecer brillaba chillón e inhumano entre bancos de nubes rojos sangre que sugerían interminables secuencias de catástrofe y ruinas: detonaciones sobre atolones del Pacífico, animales salvajes huyendo de cortinas de fuego

La interacción de los personajes tiene momentos brillantes, en especial cuando la autora los deja a su libre albedrío, aunque siempre aparece sombreado algo oscuro y criminal, de alguna forma Tartt intenta llevarlos al límite y los va acercando poco a poco, creando tensión literaria y sumiendo al lector en momentos de apasionada lectura. 

A estas alturas cuando ya me ha influido el influjo Tartt y llevo dos páginas más de las que debiera, no sé si recomendársela o no, dependería mucho del lector. Les puedo asegurar que como novela es interesante, para gustos exquisitos, también para lectores con paciencia. Prueben y ya me dirán.

Lumen, 2014
Compra en Casa del Libro

Sergio Torrijos



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