Donna Tartt nos desvela un secreto

Hitchcock, cuánto te he echado de menos

Son adolescentes, sin más
La primera novela de Dona Tartt, El secreto (1992), comienza en su primera página con contarnos el tema central de la historia: el asesinato de uno de los personajes de la novela. Se nos dice el nombre y las circunstancias de la muerte y también que los responsables de ella salieron impunes. A partir de aquí nos quedan setecientas setenta páginas que, después de leídas, no sabemos todavía exactamente lo que son ni qué pretenden. Bien, por la Tartt, intriga conseguida.

La historia está contada en primera persona en forma de flash-back por uno de los protagonistas de la novela. Un muchacho californiano de familia pobre y emocionalmente fría que consigue, mediante diversas triquiñuelas, acceder a una pequeña y exclusiva universidad de Vermont. Una vez allí, conoce y se une a un grupo aún más exclusivo de estudiantes de griego clásico. Es un grupo de postadolescentes diletantes y pretenciosos que se pasan el día bebiendo y drogándose y, sobre todo, creyéndose especiales y elegidos por los dioses. Les he calificado de postadolescentes y creo que he sido demasiado generosa con ellos. Son adolescentes, sin más. Y egoístas. Como no podía ser menos, aman la belleza y les fascina la sangre y la muerte que pueden ir asociadas a ella:

- La muerte es la madre de la belleza –dijo Henry. 

- ¿Y qué es la belleza? 

- El terror. 

- Bien dicho –coincidió Julian-. La belleza raramente es suave o consoladora. Más bien al contrario. La genuina belleza siempre es bastante sobrecogedora.

No se trata de que tuvieran que ser ideas novedosas, sino de que nos pasamos página tras página sin saber dónde nos conduce esto. Es decir, sabemos que nos va a llevar al asesinato de Bunny, pero no hay motivo. Henry, el claro líder del grupo, los manipula, pero la manipulación resulta difícil y poco creíble en una relación de amistad que el propio narrador define como «de fría y curiosa solicitud».


mira que llegan a trasegar estos chicos


Es evidente la intención de la autora de permanecer fuera de la narración, de ahí la elección de la primera persona, y de no expresar ideas propias. Pretende diseccionar el complejo de culpa por el mal cometido, pero el asesinato no se produce hasta la página trescientas sesenta y ocho. Creo que sobran unas trescientas páginas. La vida de estos chicos es muy aburrida, una vez que se nos ha descrito de todas las maneras posibles cómo se refleja el sol de Vermont en todas las habitaciones en las que transcurre la trama, y cómo sus rayos han traspasado todas las ramas de todos los árboles de todos los bosques y de todos los parques de Vermont por los que pasean nuestros pretenciosos y pedantes protagonistas. Y cómo estos mismos rayos han hecho brillar cubiertos, platos y vasos, sobre todo vasos, mayormente llenos de whisky, porque mira que llegan a trasegar estos chicos. Dona Tartt describe muy bien, sobre todo paisajes e interiores.

Pero el hecho de que la autora se mantenga al margen de las motivaciones de sus personajes no quiere decir que deba abstenerse de explicar bien por qué actúan como lo hacen, sobre todo cuando ha quedado claro que la tensión no va a centrarse en los hechos en sí mismos, sino en los personajes. En mi opinión, y todo este texto es una opinión, no se crea tensión con la mera y frecuente repetición de frases del tipo «Ahora no entiendo cómo sabía tan poco de lo que estaba ocurriendo al final de aquel primer trimestre, pese a la frecuencia con que los veía». Y no funciona como mecanismo tensional porque después de decir esta frase transcurren doscientas páginas sin que pase nada, ni se dosifique la información para crear la intriga en el lector. Hitchcock, cuánto te he echado de menos.

Aparte de las descripciones, también consigue Dona Tartt hacer una buena descripción de lo fácil que resulta matar, sobre todo, si careces de escrúpulos o estás acostumbrado a tenerlo todo en la vida. Incluso en el caso del narrador, que no es autor directo del asesinato, todo resulta fácil:

No sé por qué lo hicimos. No estoy del todo seguro de que no volviéramos a hacerlo, llegado el caso. Y aunque en cierto sentido lo lamenté, seguramente eso no cambia las cosas. 
Solo más adelante, en la soledad, en la memoria, nos damos cuenta; cuando las cenizas se han enfriado, cuando ya se han marchado los dolientes; cuando miras alrededor y, para tu sorpresa, te encuentras en un mundo completamente diferente.

A partir de aquí la narración, se precipita, siempre en términos tarttianos, adquiere algunos aspectos inverosímiles y pasa a contarnos aquello de qué fue de…

El narrador de la historia, como hemos dicho al principio, es un personaje ajeno al grupo de amigos ya formado previamente. Es el único que no proviene de familia rica y que no termina de penetrar del todo en sus secretos. En este sentido, goza de una posición privilegiada de protagonista y de observador. Es el elemento con el que el lector se va a identificar y de este hecho proviene la trampa final de una novela llena de trampas: el chico pobre es el único que llega a algo en la vida. No sabemos qué ha sido de sus miles de adicciones, pero sí sabemos lo horrible que les ha ido a los demás. Dona Tartt es muy lista y, aunque todos lo conocemos, nos desvela su secreto real: si quieres que un lector compre tu siguiente libro, no le dejes con mal sabor de boca.

Plaza & Janés, 1994
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Ángeles Salgado
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