El final de la cuerda. Joseph Conrad

Cuando existían escritores sin miedo a narrar con detalle

Rutas desconocidas para el gran mundo
No entiendo muy bien porqué a Conrad siempre se le ha considerado un autor para jóvenes. Es cierto que lleva sus tramas a lugares recónditos situados en una época en la que los descubrimientos eran todavía posibles. Pero a partir de ese punto no hay nada que pueda indicar que no sea una lectura adecuada para todos los públicos. Es más, por el grado de reflexión que a veces acompaña a sus personajes se sitúan muy por encima de mucha de la literatura considerada para adultos.

Joseph Conrad posee un estilo muy personal, de otra época se lo podría llegar a calificar, cuando existían escritores sin miedo a narrar algo con detalle, a detenerse el tiempo que fuera preciso en una descripción cualquiera o la semblanza de un personaje se hacía con la templanza necesaria para esbozar algo diferente y propio. 

Podríamos hablar mucho aquí sobre las posibles influencias de Conrad o sobre la narrativa de su tiempo, señalar que bebía de las fuentes más clásicas de la novelística del XIX y también le sumaba ese hálito propio de las personas que habían llevado una vida diferente, que había bregado en vapores cochambrosos por ríos semi-explorados, con personajes rapaces y también heroicos, por rutas desconocidas para el gran mundo y que bebía de los aromas que los grandes puertos siempre han creado. 


viejo capitán que trabaja más allá de la edad adecuada


Esta novela pertenece a una etapa inicial en Conrad aunque ya se aprecian elementos que le acompañarían durante toda su carrera literaria. En especial ese estilo reposado y brillante que describe con celo y profusión el paisaje o los estuarios de ríos que recuerdan a obras posteriores que todos tenemos en mente. También el concepto de la culpa que se une al concepto del deber y de la honestidad, siempre presente en sus personajes, que forman parte de algo mayor y es su humanidad, descrita por frases brillantes y certeras:

La idea de que pudiese haber una vida sin aquella hoja de periódico se había desvanecido completamente para él, al igual que otros hombres, por su natural, son incapaces de concebir un mundo sin aire fresco, sin actividad o sin afecto… Massy los guardaba bajo la llave de un candado, como si fuesen un tesoro. Había en ellos, al igual que en la experiencia de la vida, la fascinación de la esperanza, la excitación de un misterio medio revelado, la nostalgia de una deseo a medias satisfecho

En Conrad siempre hay mucho más, más aún si se mira con cuidado o si simplemente se decapa paso a paso a los propios personajes. Siempre subyace algo que a veces tarda en mostrarse y que será, curiosamente, la parte central de sus novelas. Y esta como en otras no es una excepción. Existe, a la vez, ese tono crepuscular muy típico en el escritor, en este caso se encarna la acción en el capitán Whalley, un viejo capitán que se ve obligado a seguir trabajando más allá de la edad adecuada y de tratar con personajes cuya moralidad es más que cuestionable. 

Personalmente me quedo con ciertas partes de Conrad en las que se aprecia que fue marinero, esa gente un tanto especial, que vive en un mundo aparte y que comprende cosas que para el resto de los humanos son inasibles, sirva como ejemplo:

Y, cosa curiosa, la puntualidad con la que su yerno fracasaba en sus intentos le producía, dese la distancia, cierta ternura hacia él. El tipo se veía en tanta constancia en aprietos, obligado a resguardarse en la costa, que echarle la culpa de todo a su impericia en materia de navegación habría sido francamente injusto. ¡No, de ninguna de las maneras! Whalley conocía perfectamente el motivo. La mala suerte. La suya había sido simplemente asombrosa, pero a lo largo de su vida había visto a muchos hombres de valía ―marineros y profanos― hundirse bajo el peso de la mera mala suerte, y sabía reconocer los síntomas de tal fatalidad

Pongan un Conrad en su vida, no se arrepentirán. Olvídense de ideas extrañas como que es lectura juvenil, todo lo contrario, este libro es para cualquier edad, circunstancia y lugar. 

Funambulista, 2010
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Sergio Torrijos
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