Reflexiones sobre la carne y el uniforme

En horario de servicio, de uniforme y armado, tomando copas con las empleadas

El otro domingo desayuné con este sabroso artículoLes recomiendo encarecidamente la lectura, aunque si no tienen tiempo o ganas o interés les voy a hacer un práctico resumen, por lo pronto llamó la atención el título:


«Suspendido un guardia por entrar de uniforme y con arma en un prostíbulo»

Lo que pudiera parecer un simple malentendido por parte del uniformado o simplemente una inexplicable, pero verosímil, metedura de pata tenía mucho más en el interior.






 

Por lo pronto no se habla de que el guardia, por supuesto Guardia Civil, entrara por error en un burdel, para nada, según se declara en el interior del artículo, el aludido entró en horario de servicio, de uniforme y armado y estuvo tomando unas copas y charlando con las empleadas.

Ya el matiz es enorme, ¿o no?

No fue ningún despiste sino que se convirtió en un usuario, uniformado y armado, eso sí, pero usuario al fin y al cabo.

Siguiendo con la lectura nos encontramos con lo siguiente:

«El guardia y su auxiliar entraron en el bar uniformados y “portando de forma visible” su arma reglamentaria, advierten los magistrados. Una vez dentro, el agente expedientado estuvo durante alrededor de una hora y media de pie junto a la barra bebiendo ron con cola y charlando con las trabajadoras. Al tiempo, según el relato de los jueces, animaba con insistencia a su compañero a beber cubalibres.»

El artículo y la descripción del personaje comienzan a tener otra densidad. Sabemos que bebía ron con cola y hablaba, se supone que amigablemente, con las trabajadoras, que por cierto se dedican a lo que se dedican. Lo curioso resulta esa insistencia en animar al compañero a compartir su ocio, es más, existe un claro gusto por elevar el simple hecho de formar pareja laboral a traspasar esos límites en pos de una relación más amistosa. Ahora me viene a la cabeza el comentario que diría el uniformado: ¡Una para mí y otra para mi compañero!

O la internacional: ¡No te rajes! ¡Qué no se diga de la guardia civil!

Lo que sigue en el artículo se obvia la labor del acompañante, si estaba pensando en irse al trabajo o por el contrario terminó por ceder y tomarse tres chispazos.

Eso que era fundamental se nos ha obviado y debería ser parte fundamental de todo el artículo. Si con el espíritu alegre se es capaz de convencer a un guardia civil de tomarse tres cubatas, saltarse el protocolo, ponerse el reglamento por montera o qué.

Esta claro que la alegría y el escándalo iban de la mano. Todo terminó no bien alguien tuvo la deferencia de cortar el rollo al guardia:

«Fue el dueño del club el que, sorprendido, avisó al cuartel de Valdemoro para preguntar si era normal que en su local estuvieran dos guardias civiles de uniforme y armados consumiendo alcohol. A raíz de esa llamada se desplazaron al establecimiento dos patrullas de la Guardia Civil que no llegaron a entrar en el club.»

O sea que fue el dueño. 

Seguramente incitado por los clientes porque claro, pónganse en situación. Vas a tomar una copa, a tu club de siempre, ese que está situado no muy lejos de tu casa o al que simplemente te has sentido atraído por las luces de neón, y te encuentras, en la puerta el coche de la Guardia Civil y dentro a dos guardias, todo eso sin ser carnaval. Seguramente el cliente que acude a tomarse una copa no sea medroso pero de ahí a compartir barra y conversación con quien luego te va a practicar la prueba de alcoholemia hay un mundo, ¿o no?

Quedan varios factores por aclarar.

¿Pagaron los guardias?

¿Pagó el acompañante?

¿Se quejó algún aguerrido cliente?

¿Qué opinaban las trabajadoras?

La última frase de lo anteriormente citado, «A raíz de esa llamada se desplazaron al establecimiento dos patrullas de la Guardia Civil que no llegaron a entrar en el club», indica que hay más tela de lo que parece. 

Por lo pronto, ¿Cómo que no entraron?

Acaso los mandos se pensaban que iban, los ya seis guardias, a entrar y liarse a cubalibres

Por otro lado, ¿cómo avisaron de su presencia si no llegaron a entrar? ¿dieron las luces?¿Hicieron tocar las sirenas? ¿Pidieron a algún cliente que avisara a sus compañeros del interior?

Podríamos seguir así pero creo que no aclararíamos nada.

Por último, y como párrafo final del artículo, el guardia civil sancionado recurrió la sanción

¡¡Con dos cojones!! 

Mínimo cuatro guardias civiles de testigos, el dueño del club, las trabajadoras y algún cliente que hubo de quedar, al menos un superviviente, atestiguarían todo esto, pero se recurre, por si acaso. Igual el juez también era cliente o sabía de la necesidad imperiosa de tomarse un respiro en mitad de la jornada laboral.

Por último, se habla y mucho de que la ficción supera la realidad, después de leer el artículo ¿alguien puede opinar eso? Esto es una novela de Julián Ibáñez como dios manda.

Sergio Torrijos
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