Cuando cae el decorado

La vieja y manida dialéctica del sufrido pueblo inocente que soporta envites de los poderosos

Muchas ciudades son un perfecto decorado para turistas, no soy el primero en decirlo y me temo que tampoco el último. Y Atenas es una de ellas. La Acrópolis, los restos arqueológicos repartidos por la ciudad, los museos, la memoria de Pericles, la democracia, Sócrates, Platón, Aristóteles… Un lugar maravilloso cuando se viene por unos cuantos días, de vacaciones. El panorama cambia cuando se abandona el confortable recinto del parque temático que se ha construido en torno a la Antigüedad clásica y se adentra en la cotidianeidad contemporánea; cuando se deja el autobús del tour-operador para coger el metro y empieza realmente a convivir con el griego medio, que poco o nada tiene que ver con los modelos clásicos.

Foto: Luis Cañivano / Zoomnews



 


sombra de la Acrópolis es alargada, como la de aquel ciprés de posguerra española, envolviéndolo y condicionándolo todo. Los mitos de la Grecia Antigua actúan como un baldón sobre el país en general y sobre su capital en particular. Y no me refiero a las historias de Zeus y demás olímpicos, sino a esa idea romántica que entre todos hemos ido forjando de aquellos años del siglo v a.C., cuando Atenas se convirtió en un paradigma a la medida de los ilustrados ingleses, franceses y alemanes del siglo XVIII que buscaban en el pasado una justificación para su ideal de un hombre nuevo en una sociedad nueva. El primer germen de la democracia puede que tuviera su origen en Grecia, pero fue en Occidente donde se desarrolló y cobró su forma actual, obviamente después de un largo y penoso recorrido, pues la causa de la libertad nunca suele tener quien la defienda.

Existe un sentimiento de deuda que el mundo mantiene con ellos, con los griegos, alimentando un sentimiento nacionalista muy curioso, en la que lo heleno se entrevera con lo ortodoxo como las principales señas de identidad, que les hace mirar al resto del mundo como a unos bárbaros. Esta actitud no deja de ser una aparente contradicción, como ya dijo en los años 90 Robert Kaplan, Grecia es el más balcánico de los países de los Balcanes, con toda la carga que lleva aparejada tal comparación. Flota en el ambiente además un fuerte clasismo; un siempre tener que marcar las distancias con el inmediato inferior al que evidentemente se menosprecia. Es algo que se nota en el día a día, en el cómo responden al saludo, en el cómo aceptan o no una invitación, dependiendo de si se pertenece o no al mismo círculo social. Extraña saludar al conserje o mantener una charla con el tipo que te vende la verdura. Todo está muy medido y no exento de cierto snobismo que puede parecer ridículo por las formas.

Quizás el síntoma de esa enfermedad social sean los críos pidiendo por las calles, el metro o vendiendo cualquier cosa en los mercadillos semanales de los barrios sin que a nadie, aparentemente, se le descomponga el gesto. En su mayoría son gitanillos, rumanos o búlgaros, espabilados a base de las hostias que la vida les ha ido dando a pesar de su corta edad. Muchos de ellos no tienen más de cinco o seis años, pero con los ademanes chulescos de los supervivientes por instinto con los que se ponen delante del viandante, que los mira con una mezcla de miedo, desprecio y asco, para ofrecerle su mercancía. En ocasiones lo hacen delante de una Policía corrupta –hay rumores de que cobran su impuesto a los cafeníos de algunos barrios– para la que esos críos no son más que un estorbo. Poco importa que unos niños extranjeros estén o no escolarizados, pasen o no hambre. No son griegos.

Una educación que por otro lado es sufragada por el propio Estado. Ese «gratis total» ha hecho en parte que no haya una cultura del esfuerzo, que no se valoren ni la educación ni la cultura. Una actitud muy mediterránea por otra parte, según la cual si es público por tanto no es de nadie y hago lo que se me antoja. Esto se traduce en universidades con escaso o nulo mantenimiento, bibliotecas mal atendidas… y tal vez no por falta de dinero –al menos hasta la Gran Recesión– sino por desidia. El Estado paternalista que cuida del individuo desde que nace hasta que muere, protegiendo de todas las inclemencias a ese ciudadano que trata de evadir los impuestos, porque después de todo, el Estado es el enemigo. Aunque se trabaje para él como funcionario público por enchufe.

Una lona que los vientos presentes en forma de crisis, rescates y recortes se han llevado por delante, demostrando que la estructura sobre la que se sustentaba era débil y que tampoco había nada en su interior. Toda una generación, la nacida entre los años 70 y 80, la supuestamente mejor preparada, se ha dado de bruces con la verdadera realidad después de despertarse de golpe del sueño de los nuevos ricos, para darse cuenta de que están completamente indefensos delante de un mundo que de pronto les es hostil. Una generación que se mueve entre la frontera de los 30 y los 40 pero que se comporta como adolescentes malcriados. Han vivido en medio de una cierta comodidad; han crecido y se han formado al amparo de unas instituciones a las que llegaba el dinero europeo a mansalva pero no siempre bien gastado. Tenían la estúpida sensación de que jamás acabaría y como estúpidos metieron la cabeza en las fauces del león que se cerró de golpe. Y cuando todo ha terminado se quejan, legítimamente, porque la otra parte –el Estado, la sociedad, la UE– no cumple con lo pactado. Y hay que buscar culpables: Alemania, la troika, cuanto más lejos e impersonales, mejor. Menos problemas dan.

Volvemos a la vieja y manida dialéctica del sufrido pueblo inocente que soporta los envites despiadados de los poderosos. Esos mismos de los que antes se aceptaba, con los ojos cerrados o mirando a otra parte, el dinero. En unas negociaciones duras, a cara de perro, se esgrimen unas indemnizaciones de guerra cuya cuantía varía dependiendo del día que tenga el ministro del ramo. Unas formas que recuerdan a la mafia, con toma de rehenes incluida, ya lo hicieron en el año 86 cuando se negaron a aceptar en la CEE a España y Portugal, cediendo sólo cuando accedieron a sus peticiones económicas. Sorprende lo corta que es la memoria: Grecia fue el país que más ayudas exteriores recibió desde que finalizara la Segunda Guerra Mundial. Siempre vino bien al nacionalismo esgrimir agravios pasados para movilizar al pueblo analfabeto e infantilizado, que prefiere tragarse las patrañas sobre buenos griegos y malos alemanes en lugar de hacer ejercicio de autocrítica y asumir los errores cometidos. Es más fácil quejarse que actuar. Más cómodo dejarse cortejar por el oso ruso que desterrar usos y abusos que han ido creciendo al socaire de la propia desidia jaleada desde arriba. Y lo malo es que parecen no escarmentar: mientras los ahoga una deuda interior y exterior que crece cada día, mientras la gente se arracima en las calles porque lo han perdido todo, el gobierno pretendidamente de izquierdas –en el fondo tan estúpido como el anterior de Nea Democratia o el del PASOK y así sucesivamente hasta el final de la Dictadura de los Coroneles– se da el lujo de comprar nuevos misiles al hermano ortodoxo para que los libre de cumplir con lo acordado con sus socios europeos. El Kremlin de los nuevos zares no da nada gratis y más temprano que tarde acabará por cobrar la ayuda que les está brindando y Grecia, metiendo al enemigo en casa, habrá perdido una nueva oportunidad de sacudirse el estigma de país oriental que tanto le molesta.

Con estas credenciales, lo último que se puede pensar es que Grecia y los griegos, se merecen lo que les está pasando y además, dicho así, sin anestesia. Por haber jugado a los nuevos ricos se han saltado ellos solos los sesos y lo más jodido es que ni la pistola ni la bala eran griegas, aunque eso a los conspicuos nacionalistas les importe un bledo porque iban a comisión. Por haber despreciado lo verdaderamente importante del legado que les dejó la Antigüedad más allá de ese orgullo imbécil basado en los mitos románticos: una forma de encarar la vida. Y probablemente este relato haya injusto con mucha gente, tal vez más de la que me gustaría, pero sólo cuento lo que he visto. También he sido testigo del reverso de la moneda, ese que hace sonreír porque se atisba una mínima esperanza. Quizás el mejor ejemplo sean esos locales comunales, autogestionados, que funcionan en Exarchia u otros barrios igualmente golpeados, en los que dan cobijo a quienes lo están pasando mal. Los más damnificados son también los más mayores, pero al mismo tiempo son una muestra de dignidad en medio de la tormenta. Muchos de ellos vivieron los años de la ocupación fascista –porque no sólo fueron alemanes, sino también italianos y búlgaros– y sabían que lo que estaban presenciando era sólo un paréntesis que duraría lo que durara, pero que acabaría. Pero sobre todo queda el consuelo de que a lo mejor ese niño o niña al que sus padres ponen en contacto con la cultura, con la educación, sepan mirar y enfrentarse al mundo de una manera diferente y mejor que la generación que los precedimos y les fallamos. 

Después de leer esto, que cada cual saque sus propias conclusiones.

Carlos Martínez Carrasco 
Atenas, 15 de abril de 2015
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