Sitges 2015 (III): Apropiaciones indebidas

Un cine alimentado por la cinefilia, y no al revés. Un cadáver cinematográfico en vistosos ropajes

The Witch


Una de las tareas espinosas que afronta el cine actual, y el fantástico en particular, es recomponer los lazos con el pasado una vez superada la posmodernidad. Esta corriente alumbró la paradoja de diversas tradiciones cinematográficas confluyendo en un plano de igualdad con el presente, al tiempo que se desvinculaba del mismo todo sentido de evolución en el arte. Recuperar la conciencia de dicha evolución está dando lugar a estimulantes tensiones dentro del género, como veíamos en nuestra primera entrega, pero también a relaciones problemáticas entre algunos cineastas y el imaginario formal y conceptual del que han bebido.


libertad, un valor a recuperar


El festival nos brindó un ejemplo paradigmático al inaugurar con The Witch, ópera prima de Robert Eggers que, como el título adelanta, presenta una historia de brujería en las primeras colonias norteamericanas del s. XVII, a través del angustioso periplo material y espiritual de un granjero y su familia. Si en la primera crónica hablábamos de autores cuya inseguridad les llevaba a cargar las tintas en la ambientación, Eggers exhibe absoluta confianza en que ese es el camino a seguir, convicción refrendada con un rotundo premio al Mejor Director en Sundance. Una distinción consecuente: la corrección ideológica y formal que promueve la meca del cine independiente se honra en unos encuadres milimétricos, una fotografía tenebrista a la par que matizada y una banda sonora ominosa pero sin estridencias; recursos de raigambre clásica con los que The Witch no busca expresar la indignidad del mundo, como sería esperable en una película de terror, sino la dignidad propia. El resultado es un cine alimentado por la cinefilia, y no al revés, que despliega los tropos del género anunciados por su trailer sin llegar a sustanciarlos en su metraje completo.

Pese a lo dicho, no cabe duda de que detrás de The Witch hay una visión personal, si bien lastrada por unos peajes artísticos de los que esperamos que Eggers se vaya liberando en sus próximos trabajos. No puede afirmarse lo mismo de Turbo Kid, producto-tótem de la nostalgia de aquellos derivados de la saga Mad Max que salpicaban las estanterías de los videoclubs en los años ochenta, sin ánimo visible de restaurarlos o de cuestionar la base creativa que los originó. El copioso gore, tan ocurrente como inofensivo; la estudiada irregularidad de sus planos, miméticos de los de sus modelos; o, por supuesto, los omnipresentes sintetizadores: con orgullo y satisfacción, François Simard, Anouk y Yoann-Karl Whissell procesionan un cadáver cinematográfico en vistosos ropajes. El exitoso posado de esta momia kitsch por el circuito de festivales es la versión de barraca itinerante del mausoleo cultural al que Furia en la carretera convocó a las masas meses atrás. Por el contrario, Joe Begos parece intuir la caducidad inextirpable de The Mind's Eye, continuación de su travesía ochentera de Almost Human (2013) que bebe del Cronenberg más sucio y el Carpenter más festivo. De hecho, este violento relato de psíquicos, mad doctors y evisceraciones telequinéticas es más contemporáneo de lo que el propio Begos parece concederse a sí mismo, como denotan ciertas imágenes que su exceso conforma como islas de libertad —un valor, este sí, a recuperar de los ochenta— en el mar de guiños en que el director insiste en perderse

Knock Knock


Y si en la pasada edición partía de Kevin Smith y su Tusk la tentativa más ambiciosa de capitalizar (en todos los sentidos) un legado que le era ajeno, en esta tal honor correspondió a Nicolás López, colega de Eli Roth con quien ha coguionizado su última película, Knock Knock. Roth abandona el riesgo y la urgencia de The Green Inferno (2013) para seguirle la broma a López y la incursión erótico-festiva que propone en el subgénero del home invasion. Con la complicidad de Keanu Reeves, seguro en el barniz trash que aplica a su rol de arquitecto asediado en su hogar por dos nínfulas (Lorenza Izzo y Ana de Armas), Knock Knock imposta hechuras de una temática de moda, la comedia negra crítica hacia los valores burgueses, cuando en realidad su oportunista existencia constituye una profunda apología de estos. Sin nada que ofrecer y menos que subvertir, el único éxito de la película se cifró en algunos memes en las redes sociales que desaparecieron de la circulación en los primeros albores tras la clausura del festival.

Y hablando de clausura, Into the Forest (Patricia Rozema) cerró Sitges 2015 recordándonos la apropiación paulatina en estos últimos años de los trasfondos apocalípticos por el drama de prestigio —Maggie sería otro ejemplo de este fenómeno en el subgénero de zombis. Dejando todo el peso sobre los hombros de Ellen Page y Evan Rachel Wood, Rozema mantiene fuera de campo el espectáculo del desmoronamiento de la civilización que sucedería a la desaparición de la energía eléctrica, centrándose en su impacto en la vida cotidiana de dos hermanas aisladas en un bosque. Su discreta puesta en escena dejó en evidencia que el drama para muchos no es una alternativa realista al fantástico, sino un camuflaje de las propias limitaciones para urdir un discurso consistente. Con todo, pocos podíamos prever que la película iba a desatar la polémica a raíz de una decisión libre y consciente que toma una de sus heroínas, sobre todo teniendo en cuenta el supuesto protagonismo de las mujeres en Sitges 2015... sin duda, la apropiación estrella de esta edición.


Continuará...

Álvaro Peña
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