Sitges 2015 (II): ¿Sitges feminista?

Élites que de vez en cuando montan festivales feministas

Bound to Vengeance






En la entrega anterior, centrada en las últimas tendencias del fantástico apreciadas en Sitges, no hablamos de la película ganadora del festival. Y no por falta de méritos. Seis años después de su tibia revisión del género en Jennifer's Body, Karyn Kusama lograba con The Invitation algo insólito en Sitges: poner de acuerdo a público, crítica y jurado con una buena cinta de terror. Como ya ocurriera en 2012 con Sinister (Scott Derrickson), nos hallamos ante un trabajo cuyos defectos quedan ofuscados por la firmeza con que la realización pulsa determinadas teclas, originando resonancias narrativas y conceptuales de calado comparable al de muchos clásicos. La reunión de amigos descrita por Kusama degenera en confluencia de abismos morales y existenciales, ocultos tras el velo de imposturas tramado por el capitalismo social de nuestro presente. Irónicamente, el trabajo de la estadounidense fue sometido a una de esas imposturas, de la que nos ocupamos en esta entrega


galardonad@s bajo la sombra de la sospecha


¿Se difundió de puertas afuera del festival el discurso de The Invitation, o su articulación en los engranajes del fantástico? No. Se habló de que la ganadora de esta edición era una mujer. ¿Se empleó este dato para contextualizar las reflexiones de género que Kusama ha propuesto en su corta carrera? Tampoco. Lo único que interesaba era relacionarlo con el sesgo feminista de esta edición del que alardeaban los organizadores en sus jornadas previas. Dejando aparte que, como señalaba el crítico Roberto Morato, solo unas 7 películas de 191 programadas estaban dirigidas por mujeres, la instrumentalización de un palmarés para una campaña de imagen hace un flaco favor a los galardonados, que quedan bajo la sombra de la sospecha. Utilizar un premio ajeno como portaestandarte de causa propia es una falta de respeto al cineasta y su obra, cuyas virtudes no son enajenables por el sexo, colectivo o sensibilidades con los que se identifique. El reconocimiento a Kusama no abre puertas a las mujeres, sino a visiones con similar grado de acierto en su plasmación, de igual manera que los premios a Jennifer Lynch en 2008 (Surveillance) y 2012 (Chained) eran llamamientos a la mediocridad en las incursiones en el fantástico tanto de hombres como de mujeres.

Dicho esto, entre las citas importantes para los realmente interesados en cuestiones de género se contaron determinadas producciones asiáticas, al dejar en evidencia el reduccionismo eurocéntrico de los habituales focos de debate en torno al feminismo. Porque quien pretenda abarcar Miss Hokusai desde una ideología estabulada se dará de bruces con la rotunda autonomía de su protagonista, el cristal más brillante en un instante congelado de ese caleidoscopio cultural que fue la era Edo en Japón. El título, que evoca la idea de una mujer a la sombra de uno de los artistas más populares de la época, no deja de ser irónico si consideramos que el tema central de este film animado (y de la filmografía de Keiichi Hara) es la búsqueda de una identidad sólida en un mundo líquido, más allá de la reputación entre unos coetáneos que consumían cultura con la fruición y la fugacidad con que hoy repasamos nuestro timeline. La belleza de algunos pasajes de esta fantasía con los pies en la tierra desató aplausos solitarios, no sabemos si feministas, pero sí rebeldes contra el silencio de una sala impaciente por volver al mercado de egos virtuales al encenderse las luces.

Miss Hokusai


También hubo en Sitges hombres a la luz del talento de mujeres, como es el caso de Hou Hsiao-Hsien. La crítica plegada a la politique des auteurs lleva años dando lustre al pedestal del director taiwanés, a pesar de los titubeos formales y discursivos que caracterizan su (en parte por ello) fascinante última etapa. Que The Assassin sea su mejor película tiene que ver con la libertad que le brinda su adscripción al wuxia (temática de espadachines) y el consiguiente abandono de la vertiente testimonial que aún lastraba su cine en El vuelo del globo rojo (2007), permitiéndole explorar registros más profundos del ser humano a través de la puesta en escena. Pero lo que dota al film de esa gravedad que separa la lírica del ensimismamiento no es su desmañado manejo de los códigos del género, sino una Shu Qi que, como en Millennium Mambo (2001), construye desde su expresión corporal el núcleo de verdad indescifrable que necesita todo poema. Por su parte, Kim Go-eun ofreció un registro más prosaico en Coin Locker Girl, dando vida a otro rocoso personaje femenino desde la marginalidad como ya hiciera desde la autonomía sexual en Eun-gyo (2012). No obstante, esta vez su interpretación es eclipsada por la de Kim Hye-soo como matriarca de un clan de prestamistas. La veterana actriz encarna las contradicciones morales y la complejidad de los vínculos parafamiliares que no consigue expresar la dirección del primerizo Han Jun-hee, fuera de la zona de confort de los estereotipos masculinos acostumbrados en el drama coreano.

Volviendo al estricto cine de género, Bound to Vengeance confirmó la recuperación del rape & revenge, preconizada por Steven R. Monroe con su espléndido remake de I Spit on Your Grave (2010) y afianzada por las interesantes variaciones de Michael S. Ojeda (Savaged, 2013) o el tándem Laguna & Wiklund (We Are Monsters, 2015). La novedad de la obra de José Manuel Cravioto, merecido premio Midnight X-Treme, es aparcar el exploitation del componente rape y sublimar el revenge a su esencia, que no es otra que la equiparación del descenso a los infiernos con la emergencia y liberación de la identidad femenina. Esta venganza superheroica, nietzscheana, se eleva victoriosa sobre el convencional sueño romántico de la heroína, significado en las pobres texturas del vídeo con que se nos presentaba. Un ejercicio en las antípodas de Me quedo contigo del también mexicano Artemio Narro, tosca proyección de los horrores de Ciudad Juárez en una fantasía arty de violencia girl power exportable a los festivales de nuestros oasis socialdemócratas. Porque aquí su juerguista experimento de reemplazar una violencia sexista por otra no llama a acabar con la estructura de poder que las alimenta, sino a establecer una democrática alternancia. Que por una vez las chicas sean guerreras en lugar de mártires, aunque en ambos casos su destino, como el de muchos hombres, sea morir al son de las élites que nos gobiernan, nos roban y, de vez en cuando, montan festivales feministas. 


Continuará...

Álvaro Peña


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