Prólogo: Maldita verdad

Llamad a cualquier puerta

Como desconocidos que se la tienen jurada
Decía Alfred Hitchcock que es mejor partir de tópicos que caer en ellos. Cuántas novelas y películas en la actualidad comienzan por todo lo alto —un inicio sorprendente e inverosímil, que no se parece nada a lo que hemos visto antes—, imprimiendo a ese inicio la intensidad del desenlace, todo sea con tal de agarrar por las solapas al espectador. El problema está en que pocas veces el desarrollo de la historia se mantiene a la altura de las expectativas generadas, diluyéndose para quedar en nada o menos. En las antípodas de esa hiperabundancia de los comienzos más falleros está la sencillez de las mejores películas de Hitchcock, o el planteamiento humilde y cercano de cualquier novela de Empar Fernández. Seguramente es más complicado construir una historia con menos elementos, hacer que resulte interesante a cada minuto, a cada página, profundizando en sus implicaciones, explorando sus posibilidades. Seguramente con el paso del tiempo comprobaremos que resisten más en nuestra memoria la mujer que no bajó del avión o la chica que lloraba al subir al autobús antes que los golpes de efecto puntuales que pudieron impresionarnos en su momento.


una trama familiar a través de las indagaciones de un detective


Maldita verdad se inicia con una rutina vivida y vista una y mil veces. El peso de la realidad carga las tintas en los diferentes matices del gris, quitando espacio para el resto de colores: una mujer solitaria vuelve tarde de trabajar, acumulando cansancio y hastío de su rutina. En su casa solo le espera un hijo adolescente con el que hace meses que no intercambia palabra. Se encuentra tumbado, con los cascos y música estridente y la ropa puesta, pero ya se ha dormido, sin siquiera tocar la cena que ella le dejó preparada. Pero ya es mayorcito para juegos tiernos; de hecho madre e hijo llevan una temporada tratándose como desconocidos —¿como desconocidos que se la tienen jurada?—, y no hay razón para que precisamente esa misma noche, una noche más, sea de otra manera.

La llegada de una trama policiaca no hace desistir a Empar, que aplica las mismas reglas del juego: con sensibilidad e inteligencia, y sin querer hacer leña del árbol caído, la autora nos descubre una trama familiar a través de las indagaciones de un detective. Pero todo lo que sucede en esta novela está más bañado por esa gama de grises de la realidad que por el technicolor de las películas. Con mano firme desnuda la intimidad y sentimientos de sus personajes, sabiendo que son mucho más que tópicos literarios, que podríamos encontrarnos a cualquiera de ellos a la vuelta de la esquina, en nuestro barrio, en nuestro vecindario.

Son muchos los temas y problemas que plantea esta novela pero muy pocas las soluciones, ya que el camino de la investigación no nos lleva tanto al descubrimiento de una verdad como a un dilema moral en el que no caben soluciones fáciles. Quien haya leído alguna de las novelas previas de Empar —en este sello pueden encontrarse La mujer que no bajó del avión y La última llamada— ya conoce sobradamente su registro y su sutileza para retratar la crisis y sus consecuencias en la vida cotidiana.

Todo transcurre en un barrio cualquiera de Barcelona. En cualquier barrio de Barcelona. Casi puede decirse que en cualquier barrio de cualquier ciudad, en cualquier calle. Puede que el transcurso de la acción nos lleve por derroteros más inesperados, pero os aseguro que no son para nada fantasiosos, porque la materia prima de esta novela es todo lo que nos rodea. Llamad a cualquier puerta porque está a punto de empezar una nueva novela de Empar Fernández.

Off Versátil, 2016
A la venta próximamente

por David G. Panadero,
director de la colección Off Versátil
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