Postal de Navidad, con recuerdos de Geeraerts y McIlvanney

2015 y sus numerosos conflictos vistos a través de la ficción

Esta postal de navidad tiene por objeto principal recordar a dos maestros del género negro que se van con 2015, acompañando su recuerdo de novelas y películas que en escenarios ajenos a la península han marcado evoluciones nuevas dentro del género. Una postal para despedir el año.

Jef Geeraerts nos decía adiós en su casa de Lochristie


El 21 de mayo fallecía B.B. King, el mundo se paraba en los acordes de un blues, y como si ese lamento fuese adecuado para una despedida, Jef Geeraerts nos decía adiós en su casa de Lochristie, en las cercanías de Gante. ¿Jef Geeraerts? Dije ese nombre en las librerías de un sábado vespertino en el circuito de Redu, un pueblo-librería en el corazón de Wallonia, y los libreros se rascaron la cabeza; en Namur rastrearon infructuosas bases de datos, en Bruselas la respuesta fue no, y al final Amberes: la ciudad de los impresores de la gran literatura española del primer Siglo de Oro, de Rubens y Van Dijk, de la calle de los diamantes que parte a un costado de la estación y desde la que se controla una buena parte del destino de África, la ciudad que Jef Geeraerts ha inmortalizado en su serie negra sobre los detectives Vincke y Verstuyft. Por las calles de la primavera en Amberes, Geerarts llamaba continuamente al recuerdo fantasmal de una Bruselas en la que el redactor de esta postal había vivido 20 años antes, durante un quinquenio del que en algún lugar se habían desprendido las novelas africanas concebidas por Geeraerts como casi el último funcionario colonial belga que permaneció en Congo hasta un año después de la independencia, empeñado en cerrar el testimonio del horror colonial que Joseph Conrad había iniciado con El corazón de las tinieblas


Geeraerts, convidado de piedra en su propia muerte


Así su Pero si solo soy un negro de la que José Ovejero nos brindó un sabor en Las vidas ajenas, pues aquí aparece la referencia a los cortadores de manos en el Congo belga, así su torrencial cuarteto Gangrena, y en especial Venus Negra, tan explícitamente sexual e incluso pornográfica como los Trópicos de Henry Miller, una de las novelas que incendió el panorama de la literatura erótica de los 60 y los 70: pero ilocalizable para el rastreador de la memoria de Geeraerts en el último fin de semana de mayo de 2015. Patear Amberes era encontrarse con fogonazos de Vincke y Verstuyft en todas las esquinas, pero sin ninguna prueba material, ningún libro en librería que ratificase el reencuentro. La raya lingüística que separa al francés del neerlandés lengua de escritura de Geeraerts opera sobre una especie de olvido disfuncional en la memoria literaria del país. 

A los cincuenta años de haber gobernado el Congo belga, y a los tres días de haber enterrado a Geeraerts un Simenon flamenco, si esa coexistencia fuese posible Bélgica aparece gobernada por una coalición de tres partidos flamencos, uno nacionalista, más el del presidente del país, Elio di Rupo. Louis Michel sigue entregando los presupuestos para que determinadas personas hagan determinadas cosas, por ejemplo en Burundi, o en Ruanda. Y solo en la segunda hoja de la sección de cultura, se leía la noticia de que los hijos de Geeraerts rinden homenaje a su padre, en Lochristie, la población de las afueras de Amberes donde Geeraerts había escrito sus obras maestras del género negro. El tono de Le Soir era como paternal: Geeraerts no iba a entrar en el canon de la literatura belga. Por un lado un país dividido por la lengua y formado por dos comunidades cada vez más antagónicas, por otro el diafragma deformador de una cultura que tiende hacia la orientación académica a la hora de establecer su canon literario: todo ello conspira contra Geeraerts y hace de él un convidado de piedra en su propia muerte, nada que ver con, digamos, la desaparición de un Vázquez Montalbán en España. Pero olvidarle no sería solo una descortesía, sino también un grave error. Geeraerts no ha llegado todavía a las librerías españolas.

Son dos hasta ahora las adaptaciones cinematográficas de su obra: La memoria del asesino (Eric Van Looy, 2001) y la reciente Dossier K de Jean Verheyen a la que debo la obsesión por Geeraerts. Tuve el privilegio de ver este implacable retrato de la mafia albanesa que controla el puerto de Amberes, y también la judicatura de la ciudad, en 2010, dos butacas por detrás de Claude Chabrol, en Beaune, sede del festival de cine policial, cuya película vencedora de la edición de este año fue la alemana Victoria, del alemán Sebastian Schipper.

Victoria, del alemán Sebastian Schipper


Con soberbia interpretación de la barcelonesa Laia Costa, Victoria es una película nocturna y berlinesa que retrata a toda una generación de jóvenes que están creciendo en medio de la precariedad de una crisis sistémica: jóvenes como Victoria, en la película una chica madrileña que hubiese podido ser pianista pero que, tras encontrar todas las puertas cerradas en España, trabaja, en condiciones de lumpen proletariado en una “kneipe”, una cafetería de barrio. En medio de la madrugada, se acerca a un grupo de jóvenes que preparan el atraco a un banco en un caos previo de discotecas, bares y confidencias desnudas sobre los tejados de la ciudad, personajes que descubren una intimidad desamparada. En medio de la madrugada se produce su encuentro con un mafioso berlinés, y también el atraco, frustrado. De manera como casual, casi angélica, y sin embargo enérgica, Victoria atraviesa ese cúmulo de circunstancias hasta consumar un destino trágico. Victoria abandona a su novio una madrugada sangrienta, llena de droga y exceso, pero también de amistad y lealtad, y de extraña fragilidad, agonizando en un hotel de Berlín, y se aleja con las primeras luces del día, y las últimas de una noche que parece no acabar nunca. 



Reseñar también la ultraviolenta película británica Hyena, de Gerald Johnson, que radiografía las nuevas formas de la delincuencia, y retoma una visión tan impactante de la mafia albanesa en Londres como la que describía Geeraerts en Dossier K

Nuevas formas de la delincuencia toman forman en este mundo que en 2015 parece haber dado un salto tecnológico: robotización, reptilianos, iluminattis, mafias masónicas, estrangulamiento del sistema bancario Rothschild, hundimiento financiero de un país como Grecia. Si una ciudad ha sido especialmente golpeada en este año de 2015 ha sido París. En enero, recién iniciado el año, se producía la matanza de Charlie Hebdo; a finales de noviembre, y televisado para todo el mundo, la matanza de París. Entre los dos atentados, a mediados de junio, Marc Dugain publicaba Quinquennat, dentro de una trilogía en la que radiografía el esqueleto esencial de los poderes que obran sobre la sociedad francesa y le confirman como exponente más representativo de un neopolar en la estela de Manchette. En una clave que conjuga el relato policial, la novela de espías y el relato psicológico en la tradición de los grandes moralistas francesas, Dugain levanta fe de las “impregnaciones” a las que ha estado sometida la sociedad francesa por fuerzas externas, en particular servicios de inteligencia extranjeros que han terminado por desvirtuar totalmente las bases del gaullismo y llevar al poder a una figura como Sarkozy, que en 2011 arrastraba al país a una guerra contra Libia. Dugain recogía en Deauville el premio a la mejor novela negra del año en Francia, por Quinquennat y Manchette visitaba a su vez las pantallas con la vigorosa adaptación de su Position du tireur couché, que con el título de Caza al asesino se estrenaba en las salas justo el mismo día en que se producía uno de los sangrientos atentados que durante este año han enlutado a Francia.

Si uno de los libros más ambiciosos y logrados de Marc Dugain, novelista especializado en la reconstrucción de personalidades históricas como Edgar Hoover o, en su transposición novelística, Nicolas Sarkozy, es su libro sobre Putin, Una ejecución ordinaria, que invita a una reconstrucción de la historia de Rusia, Rusia brindaba este año, con la recuperación de Gaito Gazdanov, a través de El espectro de Alexander Wolf, la posibilidad de salir en busca del Friedrich Glauser ruso, uno de los padres fundadores, junto con el Isaac Babel de Los relatos de Odessa, del género negro ruso, y de encontrar también una de las más originales novelas negras publicadas este año en España, con una trama en la que se entrelazan el Edgar Allan Poe de “William Wilson” (el relato de Gazdanov es una gran variación sobre el tema del doble) con el París canalla de Francis Carco, y que deja presagiar lo mejor de las narraciones exiladas de Nabokov: un libro que transcurre como un sueño vertiginoso de los campos de batalla de la revolución rusa a los combates de boxeo en tugurios del París de los años 20, y cuyo extraordinario final merecería la valoración de De Quincey sobre el asesinato como una de las bellas artes. 

Suburra, de Stefano Sollima


El cine italiano, por su parte, proporcionaba con Suburra, la segunda película de Stefano Solima, una antológica puesta en escena de las tangenti: las conexiones política-mafia, y el reparto de los grandes proyectos de construcción entre las familias mafiosas que controlan, en este caso, la ciudad de Roma. Fascinante y poderoso el lenguaje visual de Solima.

Y cuando en el momento más espinoso de la guerra fría OTAN-Rusia que ha presidido el último tercio del año uno se preparaba para sumergirse en el libro de Marc Dugain sobre Putin, llegaba la noticia de la desaparición del segundo gran maestro de la novela negra del que esta postal navideña quisiera dejar noticia: William McIlvanney. Uno de esos escritores cuya desaparición obliga a exclamar mentalmente un abrumado y desolado: ¡Oh, no!, y lleva a que el sello para esta postal navideña vaya desde Glasgow.

Si hay un día en la vida para visitar Glasgow, ese es el día en que la memoria de McIlvanney se abre desde George Square por las calles, los senderos, y los callejones que los obreros irlandeses abrieron en la ciudad durante el periodo de desarrollo industrial y que aún exhalan el sabor de Dickens. Si hay un día para enamorarse de la novela negra, ese es el día en que uno abre las páginas de Los papeles de Tony Veitch. Hacia 1966, Mickey Ballater pudo llegar a Glasgow, en un tren similar, para cobrar su deuda: desde el momento de su llegada, McIlvanney hizo detonar la ciudad. Hay algo extraordinario en esta novela, la segunda de la trilogía protagonizada por Laidlaw. 

En la primera habíamos visto a Laidlaw enfrentado a su desgarro existencial, una chica ha sido asesinada un sábado por la noche al volver de una discoteca, y el culpable no es solo un asesino en particular por una circunstancias determinadas sino todo el sistema de valores y posiciones frente a la vida que compone la ciudad; habíamos visto a McIlvanney manejar una prosa entroncada con el rico cromatismo de Ross McDonald y la mejor novela americana de la época clásica, rica en metáforas, contrapuntos, audacias y respuestas justas, una prosa para paladear como un buen whiskey escocés. Pero en Los papeles de Tony Veitch hay una urgencia de literatura de altísimo voltaje: urgencia por nombrar la ciudad y los momentos claves de la vida; Glasgow calling, Glasgow metiéndose por todos los rincones, una ciudad que sale de todas partes, se mete por todas partes, se va fundiendo en las luces ahumadas que empañan los cristales de los pubs de ese Glasgow de 1966, Glasgow captada y atrapada en el tiempo. Porque el presupuesto sobre el que se levanta la novela es de por sí asombroso: un confidente policial, un mendigo alcohólico, alguien cuya muerte no importaría a nadie, ha muerto, dejando un críptico mensaje para el inspector Laidlaw. Frente a un entorno en el que esa muerte no importa lo más mínimo a nadie, Laidlaw se define a sí mismo decidiendo que sí importa, que todas las personas, hasta el último de los mendigos, tienen derecho a una reparación y a una justicia.

Y la decisión que toma Laidlaw le hace un gran servicio a la literatura, porque la historia que emerge por el hecho de investigar la muerte de un mendigo borrachín, pero amigo de Laidlaw, hace emerger una historia no menos asombrosa, no menos rica en contrastes existencias, no menos abundante en descripciones de una belleza cenital: la historia de un joven poeta, Tony Veitch, atrapado en un mundo de gangsters, en una vendetta y una lucha de poder entre gangsters que controlan la ciudad. Una historia acuñada en una prosa que no decae en ningún momento. Si uno recorre las calles de Glasgow llevando el libro en su mano, viendo a las multitudes del sábado noche inclinadas sobre sus cervezas a la barra de los pubs, casi puede ver en un momento dado al fantasma de McIlvanney en 1966, una de esas figuras arrimadas a la barra, que se da la vuelta y le dice al lector: yo te voy a contar esta ciudad de arriba abajo, te voy a contar lo que significa vivir aquí, no voy a dejar nada en el tintero. Y cuando el lector llega al final, tiene la impresión de que en efecto nada más queda por contar, que el alma de la ciudad ha sido amonedada en palabras.

McIlvanney estuvo dos veces en España: en Gijón en 1996, y en Madrid el año pasado, en 2014. Contaba que diversos editores le habían propuesto alargar la serie, escribir una novela de Laidlaw por año, y que esto le hubiera hecho millonario. Con su integridad, una integridad que se trasladaba de la persona al papel de escribir, y del papel a la persona, explicaba que sus principios le habían impedido acceder a ello, que habían escrito las tres novelas sobre Laidlaw por “necesidad”, cuando había sentido “la compulsión de escribirlas”. La tercera, Extrañas lealtades, en la que Laidlaw investiga la muerte de su hermano, es una historia temblorosa que casi se rompe de pura emoción.

Su trilogía policial se enmarca dentro de una obra rica, pulcra, polícroma, siempre sugestiva y muy cercana al lector, que abarca diversos géneros. Pero constituye sin duda un enorme legado para el género negro: Ross McDonald fue su admirador más incondicional. Y es muy posible que si Robert Louis Stevenson hubiera escrito novela negra, muy probablemente hubiera escrito algo similar a Los papeles de Tony Veitch.

Entiéndase entonces que, si esta postal de navidad llega desde Glasgow, llega con un sello que, de algún modo, se asemeja a una lágrima. 

Ramón García
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