La letra buena de Rafael Chirbes

Una irrefrenable voluntad de conocimiento

En mi testiga, con perdón, opinión, una de las características fundamentales de Chirbes es la coherencia, moral y estética, entre sus planteamientos teóricos y su obra literaria. En su obra El novelista perplejo pretende responder a las eternas preguntas de por qué se escribe y para quién se escribe. En la introducción de esta obra, Chirbes nos explica sus propias razones para escribir:

Las razones particulares de cada cual a la hora de escribir tienen, me parece, un peso frágil y bastante inconsecuente, dado que poner algo por escrito es ponerlo en el espacio común del lenguaje. Lo que nos importa o lo que me importa de un texto es su dimensión pública: de qué modo las experiencias y razones de uno pasan a formar parte de razones o sinrazones ajenas y cómo, se quiera o no, ayudan a componer o fijar ese espacio mental hasta moral que es la sensibilidad de una época


el olvido, la pérdida de la identidad


Opina Chirbes que cada época produce su propia injusticia y necesita su propia investigación. En este caso, la novela, más que un consuelo personal del que escribe, es «una irrefrenable voluntad de conocimiento». Chirbes realiza su investigación sobre la injusticia de la posguerra. Para él, la memoria es una forma de conocimiento, tal como ocurre con los testimonios escritos por víctimas del Holocausto (Primo Levi, por ejemplo, o Jorge Semprún) y se ha de hacer presente el pasado, vestir de púrpura a las víctimas porque, citando a Sánchez Ferlosio: «mientras no cambien los dioses nada ha cambiado».

La novela «ha de saber contar lo desmesurado deteniéndose en lo mínimo», principio que está muy presente en La buena letra, una de las mejores, si no la mejor obra de Rafael Chirbes: nos da una idea y una vivencia completas de la Derrota, es decir, de la tragedia histórica de la República española y la victoria del bando insurrecto en la Guerra Civil contada en la cotidianidad de las pequeñas y continuas derrotas de la vida diaria de los vencidos durante la inmediata posguerra, plena de miseria y represión. A partir de una pequeña introducción, La buena letra adquiere un desarrollo cronológico, pleno de elipsis temporales, que nos va dirigiendo por los momentos esenciales de la vida de la protagonista y de su familia. La precisión y el acierto al elegir estos momentos proporcionan al lector una visión completa de la posguerra y el franquismo.

La protagonista reprocha a su familia, a sus conocidos que se hayan resignado a todas las humillaciones que tienen que soportar. De la misma manera, Chirbes culpa a toda una generación la de la transición por haber olvidado, traicionado, a las víctimas. En realidad comprende mejor a los que se sometieron durante el franquismo, porque para ellos fue una cuestión de supervivencia. Por ello, Chirbes comparte la pena de Ana, ya anciana, provocada por las nuevas generaciones que no quieren recordar y que, en cierto modo, desprecian la peripecia humana de sus padres.

Para Ana la memoria es imprescindible, pero, a la vez, una fuente más de desesperanza, porque está marcada por la traición, una traición que pervive incluso una vez muertos los personajes de la novela y porque los hijos de estos no van a ser capaces de hacer justicia con el pasado. Escrita en 1992, con una segunda reedición en 2002, aparece ya en ella toda la problemática desarrollada en Crematorio, especulación inmobiliaria incluida. Para Chirbes, esta «necesidad de hacer hablar a los muertos» es uno de los principios básicos de la novela.

Walter Benjamin sabía que la legitimidad de la literatura está en «la permanencia del rencor por una injustica que se cometió en el pasado y que la lucha por la legitimidad es la lucha por apropiarse de la injusticia del pasado». Chirbes recuerda para que nadie se apropie de la injusticia del pasado por segunda vez.

El hundimiento moral, definitivo, del perdedor, aparece cuando la protagonista de La buena letra se da cuenta de que los principios por los que lucharon sólo les han servido para perder la guerra y, además, el futuro y la memoria.

En los años siguientes a la inmediata posguerra no hay, para Chirbes, posibilidad de pacto entre los bandos. O se está en un bando o se está en otro. Cuando el propio cuñado de Ana elige el bando vencedor, ella lo vive como una traición a su propia clase, a su familia. Los derrotados vuelven a sufrir una segunda derrota: con el desarrollo económico llega también el olvido.

A partir de este momento, Chirbes hace moverse la novela por las diferentes facetas de la humillación que el triunfo económico y sociológico del franquismo impusieron, «nos ahogábamos en una miseria peor que la que trajo la guerra».

Para consumar la derrota bélica, ahora viene la derrota de la identidad. Los recuerdos eran lo que tenían para saber quiénes eran y de dónde provenían. Ahora se les obligaba a abandonar estos recuerdos, se les obligaba a olvidar, en un proceso igualmente doloroso de asunción de la derrota, de la pérdida definitiva. Ya no les queda nada, ni siquiera la dignidad porque los vencedores se apoderaron de sus recuerdos.

La culminación de la sucesión de derrotas que ha sido la vida de Ana, la realiza su propio hijo al pedirle que abandone la casa en la que ha vivido toda su vida. Su hijo también ha sido seducido por las buenas palabras. Ana sabe que las buenas letras que esconden mentiras le harán perder a su hijo. Esa buena letra de Isabel, la mujer a través de la cual Antonio cambia de bando, que tanto admiró y envidió Ana, es la que se impuso a la torpeza y la falta de ambiciones de ésta.

La buena letra, las buenas palabras, las palabras convenientes, de conveniencia, de conveniencia social y económica, sirven para esconder y para medrar. Por eso el hijo de Ana se comporta con codicia. Por eso la hipocresía triunfante da título a la novela. Para los jóvenes, recordar no tiene sentido, sin embargo, para Ana la desmemoria sólo nos lleva al olvido y la pérdida de la identidad.

El sufrimiento de los derrotados no ha servido para nada. No se les ha reconocido su resistencia. Ahora, nadie quiere hablar de ellos porque recordar lo que pasó es incómodo para todos, sobre todo, para los que no vivieron la posguerra, una generación que no ha sabido recoger el testigo de la memoria.

No podía evitar que me diesen envidia los que se fueron al principio, los que no tuvieron tiempo de ver cuál iba a ser el destino de todos nosotros. Porque yo he resistido, me he cansado en la lucha, y he llegado a saber que tanto esfuerzo no ha servido para nada. Ahora, espero

Anagrama, 2007
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Ángeles Salgado
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