La esmeralda del zar rojo. Sam Eastland

Todo era propicio: la época, los protagonistas, los antagonistas y sobre todo la historia

Una historía de la que podía sacarse petróleo
Tengo que reconocerlo, en el fondo seguimos siendo niños

Cuando comencé la lectura de la novela me sorprendí mucho, de pronto estaba disfrutando como un enano de lo que contaba. Me recordaba a aquellas lecturas de un tal Miguel Strogoff y también las imágenes de la pequeña pantalla que nos contaban las aventuras del correo del zar. También tuve un flash sobre otras lecturas, todas juveniles, y todas divertidas. Por ello la primera parte de la novela me pareció tremendamente adictiva y divertida, luego, según avanzaba ya fue perdiendo un poco de agarre aunque en algunos tramos volvía esa pulsión.

Creo que la obra se inició bien pero se encaminó mal. 

La idea primigenia era la buena, crear un personaje como el inspector Pekkala, subirlo a las nubes y dotarlo de unos artificios asombrosos y esperanzadores era una gran idea, luego bajarlo a la realidad no lo fue tanto. La novela debería haber dejado a un lado el suspense y meterse más en la aventura. Todo era propicio para ello, la época, los protagonistas, los antagonistas y sobre todo la historia de la que se podría haber sacado petróleo. 



investigador sin límites burocráticos


La narración se estructura en dos partes, el pasado del inspector Pekkala cuando llega de cadete a servir al zar en San Petesburgo, y su presente cuando es un prisionero en Siberia, desde donde se le pide que investigue el asesinato de la familia imperial rusa, los Romanov.

Sin duda lo mejor está en el pasado de Pekkala, en su paso por el regimiento de la guardia finlandés y sus primeros pasos como agente secreto de la Ojrana, la policía secreta zarista. De ahí pasó a ser una especie de investigador sin límites burocráticos, siendo el zar al único que debía pedir cuentas. Se convirtió, por ello, en una figura mítica, aunque eso ya se desdibuja en la novela, el autor no consigue materializar esa idea en algo más preciso.

El presente de Pekkala es mucho menos prosaico y nos lleva a la época del gran terror aunque sin describirlo y sin entrar en él.

Por ahí, por los datos históricos, la novela flojea. La imagen que nos quiere mostrar del zar Nicolas II puede que sea real pero también es ilusoria. Que fuera un buen hombre no significa que no fuera responsable de grandes males que sufrió el pueblo ruso. La ignorancia no es válida como excusa. En ese caso recuerda a Luis XVI. Nicolas II no supo ver la realidad, una realidad que se anunció en 1905 con una primera revuelta a gran escala y tampoco supo enterarse de la realidad de su pueblo, sumido en la miseria. Lo que ocurrió en 1917 era algo esperable. Le ocurrió lo que le ocurre a muchos, la realidad del despacho difiere mucho de la realidad de la calle, sino que se lo digan a gobernantes que incluso ahora, con mil medios de comunicación a su alcance, ignoran lo que hay más allá de la puerta de su oficina.

La obra se lee con suma facilidad y a un ritmo elevado. La alternancia entre pasado y presente es sumamente viva, con capítulos escuetos que ofrecen al lector una lectura muy ágil. 

Tras todo lo dicho me parece que la novela merece una oportunidad. El autor está especializado en Rusia y sobre esa época en concreto, que tiene su interés. Si se animan a ver alguna de las fotografías de esa época entenderán que tiene su atracción. Sobre Pekkala hay varias obras más que espero se traduzcan.

Kailas, 2015
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Sergio Torrijos


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