El crimen de Orcival. Émile Gaboriau

Lecoq, la pasión por su trabajo y sus admirables dotes deductivas

El primer policía de una serie literaria
La propuesta para este otoño de la Colección Misterios de Época, El crimen de Orcival, de Émile Gaboriau, ha resultado una sorpresa apasionante. Sorpresa por el absoluto desconocimiento con el que nos enfrentábamos a la obra de Gaboriau, tan famosa en su época y tan lamentablemente olvidada hoy día; apasionante porque es una novela cuya lectura no puede abandonarse una vez iniciada.

Émile Gaboriau (Saujon, 1832 - París, 1873) inició su carrera profesional como cronista de sucesos, pero alcanzó la fama como escritor de novelas policiacas, especialmente las protagonizadas por Monsieur Lecoq, el primer policía protagonista de una serie literaria, iniciada con El caso Lerouge, publicada en 1865, tres años antes de que viera la luz el Míster Cuff de La Piedra Lunar, de Wilkie Collins. Sobre los origenes del género policial y la polémica sobre su atribución a británicos o franceses, remitimos a la interesante introducción de Juan María Barasorda con la que se abre esta edición de El crimen de Orcival.


tal vez… carezca ya de sentimientos o fisonomía propios


La novela, publicada por entregas en 1866, se inicia con el descubrimiento del sangriento asesinato de la bella condesa de Trémorel, hecho terrible que supone la ruptura de la bucólica paz de la villa de Orcival, a orillas del Sena y cercana a Paris. Desde ese momento asistimos a los esfuerzos por desentrañar el misterio que envuelve a este crimen.

El libro tiene dos partes claramente diferenciadas. En la primera, centrada en el descubrimiento del crimen y en el estudio de las pistas que puedan conducir a su resolución, nos encontramos con un relato en la mejor tradición de la novela realista francesa del siglo XIX. Aquí Gaboriau se muestra como un maestro en la descripción de las diferencias psicológicas de los personajes al mostrar cómo cada uno de los protagonistas de la investigación inicial (el policía Lecoq, el juez de paz Plantat, el juez de instrucción Domini, el alcalde Courtois y el Dr. Gendron) llevan a cabo distintos análisis de la misma realidad según sus diferentes personalidades.

La segunda parte de la narración es más deudora en la forma del género folletinesco imperante en la época, pero en ella cualquier apasionado del género de intriga advertirá las mismas confrontaciones pasionales desarrolladas más tarde por autores como James M. Cain. 

Y centrándonos ya en el personaje de Lecoq, se puede destacar de él su carácter histriónico y vanidoso, la pasión por su trabajo y sus admirables dotes deductivas (clara influencia del Auguste Dupin de Poe); es un gran profesional, experto en las más avanzadas técnicas de investigación del momento y maestro en el arte del disfraz. Más tarde, Sherlock Holmes tendrá esta misma característica. Gaboriau se inspiró para la creación de Lecoq en un personaje real que fue fructífera fuente para la literatura detectivesca del siglo 19, el famoso Eugène François Vidoq, ladrón redimido que se convertiría en el primer jefe oficial de la Sûreté y más tarde en el creador de la primera agencia privada de detectives, famoso entre otras muchas habilidades por su capacidad para el disfraz.

Pero para describir a Lecoq lo mejor es recurrir a las palabras que el mismo Gaboriau le dedica: «Este gran artista apasionado de su arte es un verdadero maestro en fingir los arrebatos del alma, del mismo modo que se ha habituado a vestir todos sus disfraces, y es tan concienzudo en su trabajo que… tal vez… carezca ya de sentimientos o fisonomía propios».

A la hora de elegir a un policía como protagonista de sus novelas, Émile Gaboriau se enfrentó al problema del descredito social que tenía esta profesión en la Francia del Segundo Imperio. Este baldón se debía al hecho de que este cuerpo se había consolidado bajo el mandato de Fouché como Ministro de Policía durante el reinado de Napoleón I sirviendo a los intereses de los gobernantes y no de los ciudadanos, utilizando para ello el espionaje y cayendo a menudo en la corrupción. Por ello en un momento de la narración de El crimen de Orcival, Lecoq, al que se le ha ofrecido un soborno, realiza un conmovedor alegato sobre su honradez:
 
Siendo tan fácil para mí abusar de lo que sé, de los que se han visto obligados a confiar en mí o de lo que he podido descubrir, tal vez podría haber algún mérito en no ejercer tal atropello. Y sin embargo, si mañana un banquero deshonesto, —o un negociante condenado por quiebra fraudulenta, un estafador, un notario que juega a la Bolsa— se viera obligado a travesar el Bulevard en mi compañía, creería comprometida su respetabilidad

Y es este espíritu apasionado de Lecoq, tan diferente al frío carácter de Sherlock Holmes, lo que más simpático nos lo hace al lector, porque Lecoq, miembro de una sociedad corrupta como la que fue la época de Napoleón III, puede saltarse la ley en aras de un noble fin, pero no venderse

En definitiva una gran novela de misterio, de la que se puede decir, parafraseando a uno de sus personajes, el Sr. Plantad, «que no le falta nada, ni el adulterio, ni el veneno, ni la venganza, ni el asesinato». En definitiva, todas las pasiones humanas se encuentran en esta muy recomendable novela, tan actual, por ello, hoy como hace 150 años.

dÉpoca, 2015
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José María Sánchez Pardo
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