La mano de Midas. Antonio Parra Sanz

Descartamos las hipótesis de accidente o suicidio

Gracia y agilidad
Nada más empezar a leer La mano de Midas, uno se da cuenta de que Antonio Parra consigue con facilidad —casi sin esfuerzo, como el que silba distraído— lo que para muchos es lo más difícil. Precisamente, se trata de escribir aportando una voz propia sin salirse de los márgenes de un género en el que a menudo aparecen lugares comunes o modelos fácilmente reconocibles.

Esa voz propia ayuda a que los personajes, las vicisitudes que atraviesan y el escenario en el que se mueven casen perfectamente. Con un tono relajado, que no elude el humor —pero busca más la sonrisa que la carcajada—, Antonio Parra nos sitúa en un escenario novedoso para la novela negra como es la ciudad de Cartagena. Allí ha llegado el detective Sergio Gomes, que tiene que investigar la muerte del masajista Benjamín Blaya, quien, como sabremos conforme avancemos en la lectura, ha tenido en sus manos a los hombres y mujeres más influyentes de la ciudad. Quedan por tanto descartadas las hipótesis de accidente o suicidio.


un entretenimiento eficaz


El detective Gomes, que no está ya precisamente en su mejor momento, tendrá que afrontar tanto la investigación que para algunos resulta molesta como el estancamiento de su vida personal.

La gracia de los diálogos, la agilidad a la hora de retratar ambientes y personajes y la soltura de su narrativa hacen de La mano de Midas un entretenimiento eficaz. Contando con la extensión precisa, no tarda en llegar el mejor de los finales posibles, aunque quizás en el tramo final, el rigor de la investigación acaba encorsetando en parte la espontaneidad de la novela.

Amarante, 2015
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David G. Panadero
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