En conciencia

Flotaba el pegajoso aroma de la muerte

Puestos a jugarse el cuello...
Tenías que ponerle voz, unos rasgos. Convertir un simple nombre en un ser de carne y hueso, porque no te atrevías a llamarlo humano. Hacerlo era equipararlo con el resto de la gente; presuponerle unos atributos de los que tipos como ese carecían.

Difícilmente puedes olvidar el miedo cuando lo ves impreso en los ojos de una mujer o de un niño y aquella chica de ojos vidriosos por la fiebre, te pareció el ser más indefenso que había sobre la faz de la tierra. Cuando te vio entrar en el zaguán en el que el doctor León M. la había aposentado, a salvo de miradas indiscretas, trató de levantarse, aparentando estar perfectamente, como si allí no hubiera pasado nada. Pero la chica se vino abajo como una muñeca de trapo y el galeno y tú tuvisteis que meterla de nuevo en la cama.

El médico ya te había contado toda la historia, aunque saltaba a la vista de qué se trataba. No sería la primera, ni desgraciadamente la última que se viera obligada a ponerse en manos de algunos que por falta de medios, o más comúnmente de escrúpulos, acababan matando a la paciente. Era un caso típico de la carnicería que se hacía para deshacerse del bastardo de algún prohombre intachable de la sociedad granadina que se había torcido. Unos desconocidos la dejaron en la puerta del doctor M. por eso de la mala conciencia y porque una muerte en semejantes circunstancias era algo muy jodido que podía acabar con más de uno en el garrote. Y puestos a jugarse el cuello, mejor uno ajeno que el propio. 


a ningún juez le temblaría la mano


El matasanos estaba blanco, frotándose las manos para calmar los nervios. Te miraba esperando a que dijeras algo, pero las palabras es lo que tienen, que salen cuando quieren y la noche no pintaba como para andarse con florituras verbales. 

«No iba a comerme el marrón yo solo», te dijo León M. con un hilo de voz al ver que tú seguías callado. 

Como comisario de Policía tenías dos alternativas: o cumplías con tu papel y te los llevabas a todos por delante o hacías de tu capa un sayo y ya verías cómo solventabas la papeleta por tu cuenta. Lo único cierto era que en el ambiente viciado del zaguán donde aquella chica se consumía por la fiebre, flotaba el pegajoso aroma de la muerte. La muchacha llevaba escritas esas cinco letras en la frente. Las podías leer y eso era lo que más te encabronaba: que una inocente estuviera a punto de perder la vida por culpa de un hijoputa. Porque si no la mataba la infección y una caritativa alma anónima denunciaba, podía darse por perdida. A ningún juez le temblaría la mano para sentenciarla a la pena capital. 

Le pediste al médico que se largara. Cuando te quedaste a solas con la chica, te sentaste en el borde del camastro, dejando el sombrero sobre los pies de la cama. Sin decir nada, sacaste el reloj del bolsillo de la americana, marcando la misma hora, las 6.20. Ella se removió inquieta bajo las sábanas. Pensabas en qué diría Marisa en una situación semejante. El silencio pesaba ya demasiado, así que decidiste quebrarlo. «¿De quién era?». Lanzaste la pregunta como un puñetazo directo al estómago. La muchacha balbuceó. Estaba claro que no delataría a quien sin duda seguía amando, a pesar de todo. No te quedaba otra más que exponerle con toda calma lo que le esperaba si no colaboraba, con todo lujo de detalles, sin omitir nada, como el buen profesional que se supone eres.

Costó pero terminó diciéndote el nombre de quien la había dejado embarazada y obligado a abortar porque no iba a tolerar que anduviera por el mundo un bastardo nacido de una mujer de tan poco fuste.

Y ese es el motivo por el que te hallas sentado en una mesa del café de la calle López Mezquita, fumando después de despachar de dos tragos justos una copa de coñac en una mañana de domingo. Lo llevas observando desde que entró acompañado por su mujer y los dos niños, con un aire de falsa amabilidad que no era más que el sentimiento de superioridad del que se adornaban los héroes de guerra que en el 36 buscaron los destinos más cómodos y sólo pegaron cuatro tiros cuando todo estaba finiquitado. Te repatea los hígados incluso el modo en que aquel fulano le dijo al camarero: «Excelente desayuno». O cómo les hablaba a los hijos, mientras su señora esposa mira a todos los parroquianos por encima del hombro, signo que la delata como una recién llegada que se sentía de una casta diferente. Seguramente el tipo había tenido el cuajo de confesar y comulgar en misa a pesar de todo.

Llamas al camarero y le indicas que le cobre el coñac a ese señor tan amable, que le ha dado tan buena propina. El muchacho se niega en redondo, pero todo se acaba cuando pones la chapa encima de la mesa dando un golpe seco. Con el rabo entre las piernas, el chico vuelve por donde ha venido y ves cómo se inclina sobre él, murmurándole algo al oído. Mirándote, el buen señor saca de nuevo su cartera y paga tu coñac antes de levantarse. Es ese momento el que aprovechas también para salir. Llegas justo en el momento en el que él va a salir y te interpones, impidiéndole el paso. Oyes cómo a tu espalda, su mujer intenta algo parecido a una protesta que no llega a más por el gesto autoritario de su marido, que la corta en seco. 

Te encoges de hombros y te largas, revolviéndole el cabello al hijo más pequeño a modo de coda final ante el estupor de sus padres, que no sabían a qué venía todo aquello. Podrías haberle soltado un puñetazo allí mismo y quedarte tan a gusto, pero no tenía sentido armar tal escándalo. Ya has conseguido lo que querías: confirmar que ese tipejo no valía ni la mitad que la muchacha. 

Carlos Martínez Carrasco
Atenas, febrero de 2015
Publicar un comentario en la entrada