El camino a Ítaca. Ben Pastor

La educación también como freno a la barbarie que provoca un conflicto armado

De Moscú a Creta. Corre el año 1941 y el “detective”, el entrecomillado es importante aquí, fetiche de Ben Pastor es enviado desde la embajada alemana en Moscú a un asunto trivial a la isla de Creta, que recientemente se ha conquistado de mano alemana tras una operación sangrienta. De lo trivial del viaje de Martin Bora, conseguir unas botellas de vino para Laurenti Beria, jefe del NKVD, a verse metido en una investigación sobre supuestos crímenes de guerra durante la toma de la isla.

Se ha producido una matanza y se cree que es producto de una compañía de paracaidistas alemanes. La investigación de Bora será complicada puesto que nadie parece estar a favor de la verdad. Su propio bando le mira con recelo pues creen que pretende incriminar a algunos de sus camaradas y por otro lado, el bando contrario, no ve con buenos ojos por motivos más que obvios y que tienen que ver con la actividad bélica.


una élite supuestamente culta que hizo estragos


Lo curioso y probablemente más interesante de la obra es el desarrollo personal del protagonista. Como paulatinamente se le van dando pinceladas sobre su pasado y sobre sus expectativas de futuro, que nos van ayudando a comprenderle. Martin Bora es un aristócrata prusiano. Ahora ya es una clase extinta resultado de la segunda guerra mundial pero durante una buena parte de la historia de Alemania fueron el núcleo de las clases dirigentes. Tipos con el apellido von… y con grandes raíces en la historia del país. Elevados por Bismarck y odiados por Hitler puesto que representaban un status y una clase sobre la que recaía la envidia y una malsana animadversión. Dirigían el ejército y también tenían profundos vínculos en la administración del estado. De alguna forma habían conseguido fusionarse con toda la clase capitalista del país, eran pues la elite social. 

Martin Bora es uno de ellos, con sus códigos éticos, su rígida educación pero también, gracias a la pluma de Ben Pastor, consigue que sea humano, que se caiga una parte de esa alambicada educación que es usada como parapeto para diferenciarse del resto. La educación como coto a la humanidad, incluso en las peores situaciones como son las que se presentan en la obra. Bora se distingue del resto por su frialdad que proviene de unos usos encorsetados, remilgados, profundamente arraigados desde su ámbito familiar. En nada se diferencia de otros aristócratas, en este caso ingleses que también se muestran, salvo por el idioma que emplean. La educación también como freno a la barbarie que provoca un conflicto armado y que hace que no todo sea destrucción, sino que se tenga bajo un cierto control. En ese punto la novela se enfrenta a lo que sabemos sobre la segunda guerra mundial, se habla de una elite como esta que se suponía era culta y que deparó no pocos estragos hasta fenecer a manos de la oleada proletaria que venía del este… En fin, dejo la épica y pasamos a la prosa.

La novela tiene un desarrollo un tanto forzado, la autora ha intentado sumarle a la trama retazos de un mundo minoico y con claras referencias al clasicismo que siempre tenemos presente cuando hablamos de Grecia. Incluso el título es una invitación a reflexionar sobre el poema de Kavafis pero ahí acaban las similitudes. Lo que nos ofrece Ben Pastor es otra cosa, no muy épica, no muy bella y sobre todo le falta esa sustancia que tan bien representaba Homero y que nos hacía sentir que cada línea de poema era un canto único.

Ben Pastor no interpreta ese clasicismo, ignora el poso dejado en gente como su protagonista en el que la cultura clásica era vital. Por ahí patina. En Bora, un militar, hay escasos restos de ese vasto aprecio que existía en toda Europa por la cultura griega clásica. El protagonista tiene otros intereses más modernos como por ejemplo la lectura del Ulises de Joyce.

La acción se retarda en la obra, lo mejor está al final y debería haber habido un desarrollo en ese sentido mucho antes. El final es sorprendente y sobre todo enigmático, algo que hace Ben Pastor con mucha gracia. Sin duda la idea se le ha escurrido entre las manos y también entre las montañas abruptas de Creta. Lo que en principio era una idea general de la obra, una relación estrecha con el mundo de los secretos, se ha ido difuminando a otra cuestión, quedando lo principal en un segundo plano.

Leer a Ben Pastor es un placer, es una buena escritora. Sabe llevarnos tras el personaje sin pestañear y hacernos disfrutar. Mostrarnos lo necesario para que el personaje siga siendo atrayente. Sumarle a la trama elementos que la hacen interesante y siempre es gustoso poder leerla. No se la pierdan, luego júzguenla con rigor.

Alianza, 2015
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Sergio Torrijos
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