Prólogo: Terminator: El recuerdo inacabado de la rebelión

Sobre Skynet y el futuro de la humanidad

El espectáculo crece de forma infinita
Para crear un universo narrativo transmedia eficaz y frondoso, que da pie a distintas posibilidades, a mundos confrontados, y que se sigue expandiendo treinta años después de su creación, se necesita una primera obra de tintes magistrales. Ese es el caso de Terminator (James Cameron, 1984), modesta serie B que tuvo una repercusión industrial insospechada e inauguró una de las sagas más rentables del cine hipermoderno, el que se basa en el impacto sensorial de sus efectos especiales, el “más difícil todavía”. Solo hace falta un poco de inventiva —mucha, en realidad— para seguir tirando del hilo, ensanchar y complementar los recovecos de la historia, aprovechar las pequeñas fisuras argumentales de las que brotan nuevos hilos narrativos, y el espectáculo puede continuar de pantalla en pantalla, de la oscuridad de la sala de cine a tu iPhone, de forma casi infinita.




aire melancólico para un futuro apocalíptico


En estas páginas, los críticos y escritores Adrián Sánchez, Iván Suárez, Miguel Díaz, Ángel García Romero, John Tones y Pedro José Tena vuelven a demostrar su inteligencia y perseverancia al sumergirse —y no perderse— en este universo narrativo que lejos de agotarse, sigue produciendo entregas, como Terminator Génesis (Alan Taylor, 2015). Que logren decir la última palabra sobre Skynet y el futuro de la humanidad es algo que está por ver. Pero no me cabe duda de que todo aquel que en un futuro, o que desde un futuro, quiera incursionar en el tema, forzosamente tendrá que leer este libro.

Pero retrocedamos, viajemos en el tiempo para ver cómo empezó todo. El éxito de Terminator fue posible gracias a la antigua distribución cinematográfica. No olvidemos que han pasado tres décadas desde el estreno de la primera entrega, y ya entonces se había iniciado la “huida hacia delante” de las superproducciones de Hollywood, que funciona como política de competición preventiva —para llegar a un mercado cada vez más monopolizado por menos manos hay que gastar más en producción y marketing, no encontrando límite alguno el gasto, que crece cada año de forma exponencial—. En 1984, decía, ya se había iniciado esa carrera hacia el infinito, seguramente con el estreno de Tiburón (1975), un verdadero hito en la distribución y modelo a seguir para los posteriores blockbusters. Pero todavía era posible un milagro como Terminator. Porque sin duda fue un milagro, al menos —añado: y no solo— desde el punto de vista industrial.

En España, la primera entrega de Terminator no fue precisamente un éxito de taquilla; tuvo poco más de un millón de espectadores. Pensemos que una película hoy en día olvidada como La joya del Nilo (Lewis Teague, 1985) casi dobló en taquilla a la película de Cameron. Además, ya sobre el papel, La joya del Nilo era un título de segunda fila: secuela de la simpática Tras el corazón verde (Robert Zemeckis, 1984), una cinta aventurera en la línea de Indiana Jones —prácticamente un sucedáneo— protagonizada por un buscavidas (Michael Douglas) y una escritora de novela rosa (Kathleen Turner). Para situarnos: películas de entonces como Gremlins (Joe Dante, 1984) o Regreso al futuro (Robert Zemeckis, 1985) triplicaron los resultados de taquilla de Terminator, aunque su rendimiento a largo plazo fue inferior, ya que sus universos narrativos no sobrepasaron el díptico en el primer caso y la trilogía en el segundo.




Nos hemos acostumbrado a la bulimia del Hollywood actual, que en su ansia de novedades trae el éxito inmediatamente o nunca, que concentra el grueso de los beneficios en el primer fin de semana de exhibición de la película, pero no siempre fue así. De hecho, Terminator es el ejemplo perfecto de sleeper, uno de esos títulos que van creciendo despacio pero de forma imparable, alimentado por el boca-oreja, conquistando casi uno por uno a sus espectadores. Fue además uno de esos clásicos del videoclub, una cinta que gastó cabezales y animó mil y una sesiones.



la batalla se libra en el presente


De otra forma no se explica: James Cameron acababa de debutar en el largometraje con la mediocre Piraña II: los vampiros del mar (1981), pobretona continuación de una producción modesta de Roger Corman. Para Terminator tuvo un presupuesto estimado de 6,4 millones de dólares, que no era precisamente el más holgado del Hollywood de entonces. En cifras: la mitad de lo que costó Gremlins, un tercio de lo que costó En busca del arca perdida (Steven Spielberg, 1981), o una quinta parte del presupuesto de El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983). En la década posterior, Terminator 2 batió records y redefinió el cine espectáculo con un presupuesto superior a los 100 millones de dólares. Que una película modesta de mediados de los 80, edad de oro del cine de efectos especiales, no solo no sea eclipsada por sus coetáneas sino que resurja en los 90 con una secuela tan ambiciosa, solo se explica por su calidad e inteligencia. Además, ese éxito nos recuerda que hubo otra manera de ver cine, cuando las películas tenían el tiempo suficiente para madurar e incluso llegaban a ser míticas

Me centraré en la primera Terminator para explicar el secreto de su éxito. Destaca ante todo el tratamiento maduro que se otorga a la película, y su aire trágico y melancólico, que contrasta con el aire familiar y desenfadado del cine fantástico de la época. Aunque nos enfrenta a un futuro apocalíptico, la batalla se libra en el presente, y ahí tenemos uno de los grandes aciertos de la cinta: los futuros rancios de sofisticada maquinaria inteligente quedan descartados a priori, ya que aquí no se ve tanto el triunfo de la tecnología, al estilo de 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), como un escenario bélico empobrecido y devastado en el que la tecnología es autónoma y decide someter al hombre. Unas breves secuencias bastan para presentarnos ese futuro sucio y desastrado que intentaremos evitar.




El tiempo es presente. El lugar, una ciudad norteamericana cualquiera. Un terminator (el rocoso Arnold Schwarzenegger, parco en palabras, que avanza lento e imparable) viene del futuro para eliminar a Sarah Connor (Linda Hamilton). También ha venido un líder de la resistencia (Michael Biehn) para proteger a Sarah, ya que ella será la madre —el padre será él— del revolucionario que acabará con el imperio de la tecnología. La fascinante paradoja temporal está servida: por más que repasemos la cronología de los viajes en el tiempo, nunca encontraremos una solución clara al enigma. Pasado, presente y futuro se contradicen y multiplican sin solución de continuidad. No olvidemos la deuda que este título tiene con el escritor Harlan Ellison, del que se tomó más de una idea.

Los sobrios genéricos acompañados de la música de Brad Fiedel —una reiterativa percusión de reminiscencias industriales que da paso a una melodía ambigua, ligeramente triste, de épica sombría— marcan la tónica de la película, que con ritmo ceremonioso y sonido de vacío industrial nos introduce en una pesadilla tecnológica que parece presagiar el fin de la humanidad.

Terminator es una película de ciencia ficción cercana al espionaje, más en la línea de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o Desafío total (Paul Verhoeven, 1990) que de La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977), sus continuaciones, derivaciones e imitaciones. Lejos queda el aire pulp y aventurero de Luke Skywalker y Han Solo. En efecto, por su estética urbana y contenida, por el barroquismo de su trama, la película de Cameron fue adelantada a su tiempo. Basta recordar la cantidad de películas de ciencia ficción que siguieron un camino parecido en los 90, e incluso lo radicalizaron al ser resbaladizas, desconcertantes, de argumentos complejos. Destacan en esta línea 12 monos (Terry Gilliam, 1995), Cube (Vincenzo Natali, 1997), Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997), Dark City (Alex Proyas, 1998), Pi, fe en el caos (Darren Aronofsky, 1998), El show de Truman (Peter Weir, 1998), Nivel 13 (Josef Rusnak, 1999), Matrix (1999), o eXistenZ (David Cronenberg, 1999).

No hace falta insistir en que Terminator fue una operación inteligente. Además encumbró a James Cameron como realizador de cine de acción y consolidó la carrera de Arnold Schwarzenegger. En las páginas de este libro, el equipo de Ultramundo te ayuda a fijar las fechas, los nombres, todo lo relacionado con Skynet y sus fatales máquinas. Aunque la electricidad se respire en el ambiente y cada vez haya menos horas de luz, no dejes de leer porque la batalla por el futuro se libra ahora.

Terminator. El imperio de Skynet
Coordinado por Miguel Díaz
Colección Ultramundo nº 2
Applehead, 2015
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prólogo de
David G. Panadero
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