Mr. Holmes (2015)

Desde su venerable edad asiste como un extraño de sí mismo

En los postreros años de su vida
En el jardín de una historiada finca rural de Sussex, hacia mediados de 1947, una laboriosa mujer de mediana edad se afana en sacar adelante a su hijo y en prestarle servicio a un anciano gruñón, introspectivo, a veces ácido y desagradable, que consume largas horas dedicado a su panel de abejas, y que cuenta por miles las picaduras de avispas, tan similares y a la vez el reverso exacto de las abejas: ese anciano es Sherlock Holmes, o al menos así nos lo propone Mitch Cullin en la novela original, y Bill Condon en su adaptación fílmica. La mujer tiene un hijo, un vivaracho chaval de 12 años, que es el único confidente de un legendario detective en su fase final, y cuyo contacto con las avispas dará en la película la medida de las enormes dotes deductivas, casi póstumas de Holmes. Sobre esa mujer, sobre Holmes y sobre Hiroshima, ha pasado la segunda guerra mundial, es viuda de un piloto fallecido, de un modo que en el relato de la mujer tiene amarga vis cómica, en su primera misión. Hay en el aire que rodea al entorno de la granja el hecho de haber sobrevivido a una guerra mundial. Bill Condon invita a imaginar a Holmes en los postreros años de su vida, partiendo de una hipótesis tal vez delirante, pero en cualquier caso fascinante. Y este mes de agosto en que se conmemora el 70 aniversario del lanzamiento de la bomba atómica, es hasta cierto punto perturbador, y enigmático, que Sherlock Holmes acompañe centralmente el recuerdo de ese episodio.


por amor, y porque su vida se va


La película comienza presentándonos a un Holmes, muy anciano, en un tren que circula por la campiña de Sussex; como en cualquiera de los relatos de Watson, Holmes exhibe su carta de visita como empirista eximio capaz de adelantarse a la realidad (amonestando a un niño que está a punto de aplastar a una avispa,”¿cómo supo que iba a matarla?”, y nos invita a conocer que Holmes vuelve de Japón. Más adelante, mucho más adelante, conoceremos que vuelve, de hecho, de Hiroshima. El Holmes de 93 años es un anciano que ya no vive en Baker Street, vive retirado en una granja, un hombre entre jardines y plantas, que aún conserva fuerzas para viajar hasta Japón, por dos razones principales: porque en Japón hay alguien que le aprecia (y esto es importante), y porque la bomba atómica ha dibujado un jardín nuclear de pesadilla donde prospera una planta que Holmes, experto en botánica, necesita. Y necesita esa planta para colmatar un hueco en una memoria que se difumina. Y necesita recuperar o al menos mantener su memoria porque hay un episodio en el pasado que necesita revisitar. Y necesita revisitarlo porque quiere escribirlo. Quiere escribir, no deducir, un último caso, un caso que Watson no pudo dejar transcrito, porque el cliente apareció el mismo día en que Watson se mudaba de Baker Street, y Watson ya no estaba allí. 

Pero es un caso importante: lo es porque, en cierto sentido, el sentido mismo de la vida de Holmes está en él, y lo que confiere un novedoso e interesante punto de vista a la película es que Holmes no es un detective, Holmes se ha convertido en escritor, la historia del último años de su vida es la historia de un escritor, y la escritura le va a devolver su grandeza, quizá también una última perspectiva sobre el sentido de la vida. En último término, Mr. Holmes no es una película policiaca, es una película sobre el sentido de la literatura. Y cuando Holmes vuelve a ese caso, no vuelve por un interés policiaco: vuelve porque ahí estuvo la posibilidad del amor, y el amor se quedó en una trágica hipótesis abandonada, sobre un banco en un georgiano parque de Londres. Holmes escribe por amor, y porque su vida se va, no por un interés empírico en la trama de una historia policiaca, no por ningún asesinato que resolver, aunque finalmente las abejas devuelvan una psicosis que vagamente retrotrae al perro de los Baskerville. El amor de Holmes es una historia vaga en un cerebro donde la memoria se apaga, y en términos policiacos es elemental. Holmes la rememora: hay una mujer que ha perdido a sus dos hijos, hay un hombre, su marido, que pide a Holmes que siga a esa mujer por miedo a perderla como persona, sobre todo porque se ha obsesionado con la música de un instrumento extraño, un instrumento que lleva a un extraño reino. Holmes la sigue: en una escena se descubre ese instrumento, hecho como de conchas marinas, y que deja en el oído una especie de recuerdo del océano. El instrumento se desvela en una habitación de una casa que podría estar en Oliver Twist; el parque podría estar en un relato de Henry James, como también las implicaciones del diálogo entre Holmes y la mujer de la que también él está secretamente enamorado, y al final no solo secretamente. El amor y su imposibilidad, y el trágico desenlace al que ello da lugar, ocupa un lugar central en esa conversación, y sin embargo las frases son laberínticas y victorianamente elípticas, incapaces de nombrar el amor mismo, como si ello fuera una descortesía. La música del instrumento de conchas marinas podría estar emparentada con el sonido en las cuevas de Marabar, de Forster. Y Condon sirve una película con la excelencia visual de los ejemplos con los que hemos visto en cine esas historias, de la mano de Lynch o Prawer Jhabbala. El camcorder de la BBC es tan límpido y sugerente como siempre. 

Queda la historia japonesa, el hecho de que Holmes comprenda la importancia y el significado de la literatura, la posibilidad que tiene la literatura de transformar la vida de las personas, profundamente, como un instrumento de conchas marinas, a través del eco que Estudio en Escarlata, de su amigo Watson, tuvo en un diplomático japonés con quien Holmes se cruzó muchos años antes, padre de su huésped en Japón, y su guía por las ruinas de una Hiroshima calcinada, en búsqueda de una planta radioactiva capaz de restaura la memoria. Resulta no menos perturbador visualizar a Holmes en el Japón de 1947, en cuyas calles los PM norteamericanos se codean con una población derrotada (uno de esos PM podría ser el Robert Mitchum de Yakuza). Ninguna de las subnarraciones sobre las que se articula Mr. Holmes se sucede en orden cronológico, y ninguna acaba de yuxtaponerse en un orden plenamente convincente. Holmes hace alusiones a Moriarty, al Perro de los Baskerville, y de algún modo uno se pregunta si no las formula como alguien que se hace pasar o quiere hacerse pasar por Sherlock Holmes; desde su venerable edad asiste como un extraño de sí mismo, en cines de provincias donde se proyectan versiones de Sherlock Holmes, al mito tejido en torno a su persona, un mito ya ajeno a él. Pero mientras el mito se teje, la granja vive el pequeño drama doméstico de una viuda de guerra que necesita mudarse a otra ciudad para encontrar un trabajo más lucrativo, y en las convoluciones de ese drama y su repercusión sobre el niño, Holmes asoma postrero ante nuestra mirada, con una carta de visita que no engaña, es realmente Holmes, o es un Holmes asumiblemente posible. Son muchos los casos resueltos, pero hay un caso personal. La necesidad de redención ante el amor perdido, recuperar en un sentimiento perdido el hecho que justifique haber estado vivo, respirar el aire de un amor que no existió pero pudo haber existido. Las abluciones druídicas de Sherlock Holmes al final de la película, rodeándose frente a la costa de Britania de un círculo de piedra, un Stonehenge privado por cada Watson y cada Irene Adler de su existencia, son un final apto y conmovedor para un detective eximio que en el último momento saboreó el placer de la obra literaria, y el misterio de cuanto se escapa a la lógica racional de la deducción empírica.

Ramón García
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