Lucio Fulci. Autopsia de un cineasta. Javier Pueyo + Lucio Fulci. Epifanías del horror. Rubén Higueras

Conocido por sus películas de sangriento terror barroco

Las estupendas ediciones de José Frade
Dejó dicho Lucio Fulci que, pese a que la industria cinematográfica le dio la espalda, confiaba en ser reconocido después de muerto, como le sucedió a Mario Bava. No le faltó razón al autor de Aquella casa al lado del cementerio (1981): cuentan que cuando visitó el festival de Sitges a mediados de los 90, se limitó a dar paseos solitarios sin que nadie se detuviera a darle conversación. No hace falta decir que ahora, su visita, imposible por su fallecimiento en 1996, sería uno de los eventos más esperados.

Títulos suyos como Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (1980) o El Más Allá (1981) demostraban que los italianos podían apostar fuerte en la exploración de los límites, castigados con el emblema que supuso la clasificación "S"Conocido principalmente por sus películas de sangriento terror barroco, Lucio Fulci fue un reclamo para los que conocieron los últimos cines de barrio y los primeros videoclubes, en las estupendas ediciones de José Frade. Asimismo, el cineasta romano representó los años de decadencia del cine fantástico europeo, y acabaría lidiando con presupuestos irrisorios y condiciones de trabajo inaceptables.



su faceta de crítico de arte aporta densidad a su cine


Precisamente, esa generación que se crio con los Fulci, Argento, Martino y similares, emprendió una interesantísima labor de reivindicación a principios de los 90. Fanzines como Zineshock, de Jaume Balagueró, o 2000 maníacos, de Manolo Valencia, daban a conocer para nuevas generaciones el trabajo del realizador.

La riqueza de su cine
Pero es la distancia que da el paso del tiempo la que facilita una valoración completa del trabajo del cineasta. También influye la facilidad de acceso a la información y los materiales cinematográficos. Hasta hace bien poco no existía ninguna publicación monográfica en castellano sobre la obra de Lucio Fulci, y en breve espacio de tiempo aparecen dos estudios que llenan a la perfección este hueco. Primero llegó Lucio Fulci. Epifanías del horror (Scifiworld, 2013), del escritor cinematográfico Rubén Higueras, constituyendo un análisis cinematográfico serio y libre de prejuicios, que nos ayuda a comprender la riqueza del cine de este autor, que se formó como crítico de arte y aprendió cinematografía de la mano de maestros como Visconti.

Un buen complemento al libro de Higueras es Lucio Fulci. Autopsia de un cineasta (Tyrannosaurus, 2015), de Javier Pueyo. Más informativo que analítico, documenta todos los trabajos de Fulci —de comedias y musicales a spaghetti westerns y películas familares— y ofrece además numerosas curiosidades y entrevistas hechas para la ocasión por Pueyo a varios colaboradores del cinesta, de guionistas y operadores a actrices.

Los aficionados de siempre descubrirán un nuevo Fulci que casi estaba olvidado, pues antes de sacar las tablas de carnicero, ya había hecho aportaciones muy personales al género fantástico y de terror como Beatrice Cenci (1969), Una lagartija con piel de mujer (1971), Angustia de silencio (1972) o Siete notas en negro (1977). En definitiva, gracias a Higueras y Pueyo tenemos ocasión de profundizar en la obra de uno de los cineastas más inquietos y personales del cine popular italiano.

Lucio Fulci. Autopsia de un cineasta
Tyrannosaurus, 2015
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Lucio Fulci. Epifanías del horror
Scifiworld, 2013
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David G. Panadero
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