Volverse público

Frank G. Rubio a propósito de Las transformaciones del arte en el ágora contemporánea, de Boris Groys (Caja Negra Editores. Buenos Aires, 2014/15)


Me atrevo a decir que lo que debemos ignorar
 es mucho más importante que lo que debemos saber

Joseph de Maistre (1753-1821)


Pomposas declaraciones teóricas
Una de las preguntas que llevo años haciéndome, desde el siglo pasado aproximadamente, cuando acudo a algún museo o galería donde se expone “arte contemporáneo” (AC), sin obviar las estremecedoras prevaricaciones que muestran las grandes ciudades en el marco de sus escenografías arquitectónicas (tanto públicas como privadas, exteriores o interiores), es: ¿qué ha hecho posible que tanta gente produzca cosas tan viles y mediocres en tan gran cantidad? 

¿Cómo una sociedad, presuntamente laica, puede dedicar tan copiosos recursos a algo tan irracional y dañino? 

Ciertamente que los “enterados” sonreirán con superioridad al insinuarles que el arte podría tener que ver, primordialmente, con la estética y por ello con la belleza o la verdad; no la coyuntural “verdad” política sino otra más relevante o elevada... y que la estética y la destreza son imprescindibles para juzgar una obra de arte, bastante más que puedan serlo las pomposas declamaciones teóricas y moralizantes, hoy obligadas, con las que han de justificar los artistas la mayor parte de sus perpetraciones y despropósitos. Algunos incluso sus “buenas” obras… 


la trayectoria y secretos de tan infecta deriva cultural


La respuesta a estas preguntas, y a otras mejor formuladas o convenientes, la podrá encontrar el lector leyendo esta interesante compilación de artículos escrita por una de las figuras más lúcidas del panorama de la reflexión filosófica sobre el “arte contemporáneo”. Doce ensayos, con una somera Introducción del propio autor, donde se desentrañan de manera rigurosa y especulativa la trayectoria y secretos de tan infecta deriva cultural; AC ya tiene más de cien años, aviso. Cuestiones como el diseño, la instalación, el espíritu cambiante de las vanguardias, el paradigmático motor de búsqueda de Google o la comunidad comunista vampírica de los de cuerpos eternos: Dr. A. Kula & Frank N. Stein…recorren sus intensas páginas. 

Boris Groys es un pensador de origen alemán que emigró de Rusia a Occidente en los 80. En la actualidad imparte enseñanza en la Escuela de Diseño de Karlsruhe (el hábitat académico de Sloterdijk) En su obra sobre Stalin (1878-1953) Obra arte total Stalin, a quien en modo alguno considera ajeno a las vanguardias, señala: los vanguardistas rusos estuvieron involucrados en los primeros movimientos bolcheviques. Lejos de ser progresistas, buscaban ir más rápido que la modernidad mediante su neutralización. Las luchas internas para conquistar el poder constituyeron una fuente de inquietud para las políticas que desconfiaban de estos intelectuales. Finalmente, el dominio artístico penetró el ámbito político, es decir bajo la dirección del Partido. El Realismo Soviético no hizo más que realizar el sueño de estos vanguardistas, que era obtener el poder demiúrgico. Stalin y sus compañeros de ruta modelaron de esta manera el mundo como ellos lo entendían y realizaron "milagros cotidianos", aboliendo así la frontera entre la vida y el arte. Toda obra autorizada se convirtió en una realización del socialismo. Más que los cuadros de caballete, es el mausoleo de Lenin su realización emblemática. 



La Ilustración concibió una experiencia estética independiente en la cual visiones utópicas guiarían a la Humanidad a reinos de belleza. Pero pronto el arte fue sujeto a la comercialización y a la mercantilización más exhaustivas. El arte profesional se concebía como educador de la mirada y de los sentidos, sin embargo, como había ocurrido en el pasado con las religiones monoteístas y no sólo con ellas, acabó siendo utilizado como propaganda política descarnada; paralelamente a la politización de la estética se acabó asistiendo a una estetización de la política donde, aviso, aún continuamos

Con el siglo XX y la disciplina simulacral de los “mass media”: cine, radio, televisión e Internet… se llevaron al límite determinadas técnicas de moldeamiento de las sensibilidades colectivas e individuales y surgió lo que podríamos llamar, caricaturizando más que metaforizando, “una nueva ágora política”. Gorbachov, Obama, “el de la coleta” o Al-Masīḥ ad-Dajjāl (pronto) son/serán parte de ese in-Mundo

Vivimos, sobre todo desde la aparición de la World Wide Web, en un estado continuado de exposición mediática donde ha tenido lugar un crecimiento exponencial del número de artistas. Ahora el arte ha de ser abordado desde una perspectiva autoral. Cualquiera puede ser artista, como insinuaba Joseph Beuys (1921-1986) desde su “Messerschmitt” de camelos, y la clave de bóveda hoy, recapitulando rancias doctrinas decimonónicas sobre la conversión en obra de arte de la vida del artista, está en el establecimiento de una imagen espectral de corte fundamentalmente narcisista (Second Face/Life)

Internet ha devenido una máquina de espionaje masivo, laberinto de espejos y festín de máscaras antes del Fin. “Todo” terminará seguramente en “el fondo” de algún ordenador, flotando en los abismos interplanetarios, pero comenzó en un espacio peculiar, abrasivo y neutralizador… una extensión que derivó superficie de mera exposición o exhibición: el museo. Donde todo pierde su vigor originario al mostrarse los soportes de modo descontextualizado y primordialmente visual; allá es donde se privilegia la “iluminación profana”, captadora y aniquiladora de auras. Pero no se nos ocurra reivindicar o meramente insinuar una re-sacralización de los espacios porque seremos acusados por la “turba philosophorum” de “fascistas”. ¡Pobre Walter Benjamin (1892-1940) no se enteró de la media...! 

Las vanguardias, hoy institucionalizadas y petrificadas, completaron una de las mayores y más catastróficas modificaciones del entorno social y humano: la sustitución de las tradiciones de las artes aplicadas por el diseño industrial. Groys desentraña este espíritu del diseño con su peculiar e inconsciente gnosis incorporada. 

La época anterior a la “muerte de Dios” venía consignada por el diseño del alma pero pronto comenzaron a aplicarse las reglas del diseño del alma a los objetos mundanos. Clara y estulta inversión de la que somos herederos y muy perjudicados usuarios. Donde alguna vez estuvo la religión ahí emergió el diseño. Figura destacada en esta innovación es la figura de Adolf Loos (1870-1933): arquitecto odiador de ornamentos, pedófilo contumaz y utopista “siónico”. Reverenciado por la más meretricia, y vinculada a la finanza, de las artes: la arquitectura. 

El cuerpo toma la forma del alma y el paraíso se vuelve tangible… Voces ventrílocuas cantan al Hombre Nuevo. Este “hombre nuevo" encarnará de manera sangrienta y grotesca en el ideal soviético del proletariado revolucionario. El constructivismo ruso teorizará y buscará sustituir el arte por el diseño, dando primacía ética a lo funcional y aboliendo el arte autónomo. Bastante antes pues que los fascismos llegó esta carnicera, abstrusa e ignorante secta de genocidas (la comunista), por motivos de “clase”, pretendiendo infructuosamente el rediseño de la totalidad social. Y encontró todo tipo de sicofantes con pretensiones demiúrgicas para configurar su imagen. De todo ello ha quedado la momia de Lenin (1870-1924): el infausto calmuco, como le calificaba acertadamente Baroja (1872-1956), por el que aun suspiran tantos botarates y fanáticos. Del diseño del alma al cadáver… pero no le pregunten a Zizek. 

La fuerza política del diseño moderno pretende hacer imposible la actitud contemplativa y el distanciamiento. Siendo clave en su reino de imágenes posicionarse visualmente en los medios masivos para experimentar la tentación de existir, generando la mitología de la construcción del sujeto y del autodiseño. Consecuentemente se produce una divinización, vía simulacro, de los entornos políticos que, aviso, no han de ser forzosamente los institucionales. La máquina de la cobertura mediática es mucho más efectiva que el sistema del arte contemporáneo. Hoy puede sacralizarse hasta la Puerta del Sol (15M), luego se llamará Vodafone Sol pero nadie responde… 




La secularización del arte llevó a su devaluación: Hegel (1770-1831) mismo, que había visto en el diminuto corso al “espíritu de la Historia”, señalaba que el arte era algo del pasado. Hoy el precio inmuniza al arte del gusto del púbico. Un público anónimo y fragmentado, desarticulado socialmente, sujeto de manera continua a acciones de propaganda, estéticamente cada vez más grotescas, desde los “mass media”. 

El arte contemporáneo se ha convertido en una práctica de exhibición combinada con arquitectura, diseño y moda. Hay intentos de recuperar un espacio común con el público, en general penosos, mediante un compromiso político o ideológico. Se teme, sobre todo, lo que yo desde aquí recomiendo a los espectadores potenciales de actividades estéticas: que observen de partida con una mirada gélida y no participativa pero atenta. Esto no sólo vale para lo estético también sirve para lo político, salvo que alguien provea un sendero de percepción con buenos modales, reciprocidad, destreza y visión filosófica compleja y elevada. Es decir: donde haya belleza y verdad, habrá que agradecer. Y donde no, evitar


la función del arte no es cambiar las cosas sino mostrar


La instalación, engendro donde los haya, transforma el espacio público de exhibición en una “obra de arte” expandiendo la presunta soberanía del artista. No olvidar que el lugar donde desencadena la instalación su epifanía morbosa y agnóstica es el espacio neutro de los museos. Las masas museísticas están ausentes de “politeia”, como muchas otras añado: incluidas las que conforman las filas de votantes. Forman parte de comunidades transitorias, frecuentes en la cultura de masas, cuyos postulados básicos son la deslocalización y la desterritorialización. Muchedumbres solitarias arrojadas al seguidismo vicario del impulso demiúrgico de cuatro botarates. 

Ahora se señala que la función del arte no es cambiar las cosas sino más bien mostrar, hacer visibles, realidades que generalmente se pasan por alto. Groys arguye que la instalación misma es una metáfora que desvela el poder heterotópico y soberano sito en la trastienda de nuestras democracias, tan entregadas ellas a la mendacidad denominada “transparencia”. Lugar oculto de la farándula global, de esa neoclase trans-estatal y extra democrática que toma ya las decisiones. Esos Gates, Rothschild y Rockefeller de los que es tan poco apetecible hablar en público, sin obviar a marbellíes honorarios con chilaba, turbante e insomne muecín. 

La noción de “proyecto” y el concepto de “archivo” permiten al autor engarzar las prácticas artísticas con las obvias irrealidades de una sociedad burocratizada hasta la médula que pronto dará origen a un infierno distópico: una sociedad de inclusión total que descartará “manu militari” toda forma de exclusividad. La desacralización, potenciada por un ideal de sociedad abierta basado en una comunicación secular desinhibida masiva y global, abre las puertas a un biopoder y a una consecuente biopolítica. Horrores muchos y variados, todos ellos por venir, alguno ya entre nosotros… 

Para terminar con este tema recordar que nuestro mundo se implanta en un tiempo de duda: un mundo que no acaba de morir del todo, el pasado, y otro que, conceptualizado como “futuro”, apenas merece nacer. Un mundo con síndrome de Down al que hay saludar como si fuese la apoteosis de lo apolíneo: lo horrible es bello, con o sin mujer barbuda… 

El artista contemporáneo con su apología del cambio por el cambio, su olvido de las tradiciones artísticas y estéticas y su denodada búsqueda narcisista de reconocimiento en una sociedad mal temperada, plena de simulacros e infamia, es un cómplice directo de la más aberrante inhumanidad. ¡Entra en una caja, querido/a pánfilo/a...!¡Tenemos algunas migajas para ti y tus 15M de fama...! 

El intento de movilizar al espectador, tan característico de las vanguardias, ha llevado, vía desarrollo de la cultura de masas y del uso propagandístico, al potencial de conversión por parte del artista de cualquier cosa en “obra de arte”; obras que curiosamente excluyen cualquier posibilidad de contemplación. Meta usted la cabeza en su urinario, señor Duchamp (1887-1968)

Las prácticas de las vanguardias nacidas a finales del XIX se verán codificadas rígidamente y actualizadas en los 50 y los 60 con la participación activa de los poderes políticos y financieros del “mundo libre”. El artista contemporáneo, cada día más desprofesionalizado, sin embargo se auto-otorga un papel de profeta secular. El fracaso de quienes pretendían producir imágenes trascendentales que abrieran el camino hacia un arte democrático y universal es ya patente. La vanguardia esta constituida desde siempre por fundamentalistas ideológicos que pretenden, más que mostrar el carácter transitorio del mundo moderno, contraer el tiempo para mejor avanzar hacia un “eschaton” virtual o de pega. 

El espacio digital contemporáneo, que provoca multitudes creativas y la proletarización consecuente del artista, es una puesta en escena de ideologemas que podríamos calificar como “maoísmo digital”: una búsqueda desaforada de la mente colmena. Internet sería una máquina de vigilancia, como ya hemos señalado con anterioridad, convocante de un supuesto campo de visibilidad, accesibilidad y transparencia total. Un cuerpo eléctrico donde la vida transcurre bajo la mirada de los otros. De la “humanidad comunista” al rizoma generalizado. Bajo el más absoluto imperio del Capital, en eso ha confluido al final la utopía posmoderna de autodisolución del sujeto. En una nueva y más perfecta forma de servidumbre: socialismo es capitalismo y también es barbarie. 

Pero toda esta museificación radical de la vida que se hace posible en la época del biopoder tuvo ilustres precedentes en el mundo ruso soviético. Alexander Syatogor (1899-1937) señalaba que la auténtica solidaridad social sólo podía darse entre inmortales. Autores como Nikolài Fiodorov (1828-1903), filósofo favorito de Vladimir Mayakovski (1893-1930), pontificaban por un ideal de resurrección artificial universal. Los límites de la muerte deberán ser superados por el Estado, borrando la barrera entre la vida y la parca. El biocosmismo de Konstantin Tsiolkovski (1857-1935), padre de la cosmonaútica soviética, o el inquietante misticismo del Instituto de Transfusión de Sangre de Bogdanov (1873-1928), daban cuenta de la posibilidad de una sociedad de vampiros como ideal oculto de una colectivización drástica que predicaba la electricidad y las oficinas de Correos como ideales de organización social al personal de servicio. Hoy a los “espectradores” , a los neomujiks, se les vende: interactividad, conectividad, transparencia... Pero no nos engañemos: otros artistas como Malevich (1878-1935) ya habían hecho hincapié en las imágenes básicas o arquetípicas convirtiendo la misión del arte en su exclusiva elaboración. Sin obviar la drástica paradoja de que la única imagen que sobrevive a la destrucción es la imagen de la destrucción misma. 

Más allá de la creencia en la inmortalidad del alma se encuentran los vampiros (Stoker + colectivización): un cuerpo de biopoder total, una comunidad comunista de cuerpos inmortales. Como en el umbral del siglo XX vuelven en el XXI las ensoñaciones, hoy bajo el paradigma transhumanista, de una inmortalidad corporal anhelada por muchos

Este fondo gnóstico peculiar de los saberes cientifistas no impide en la época de Internet un renacimiento de la religión en clave literalista y fundamental. La imagen digital misma con sus algoritmos generadores comienza ser concebida por los más turbios paladines de la locura tecno-científica en algo similar a los iconos bizantinos

El motor de búsqueda finita de Google disuelve los discursos al convertirlos en nubes de palabras, portadoras presuntas de campos semánticos...una variante deconstructiva práctica masiva que deshabita la lengua como “casa del ser”. 

Ontología entrópica en el umbral mismo de la incineración del planeta


En la superficie misma de nuestros discursos cotidianos 
se resuelve un ideal vanguardista: 
una transformación pertinaz de sustitución, 
coordinando globalmente el campo unificado de la cultura de masas..., 
todo ello al compás de un escenario fragmentado. 
Un periodo pues signado por el rediseño del momento utópico, 
también una posibilidad necromántica de retorno 
oculta.

Frank G. Rubio
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